«Cuando el mundo se vuelva borroso, yo veré por ti»: una reflexión sobre el amor en el duelo

«Cuando el mundo se vuelva borroso, yo veré por ti»: una reflexión sobre el amor en el duelo

Hace apenas un mes, en el funeral de la madre de una amiga, asistí a un acto de amor en medio de la tristeza.

Mi amiga ocupaba la primera fila, reservada para los familiares de la difunta, justo al lado del féretro. En esa ocasión, estar tan cerca del escenario, no era ningún privilegio. 

En un momento, se quitó las gafas que estaban empañadas por las lágrimas. Su compañero las cogió con naturalidad, le besó la cabeza y empezó a limpiarlas con su camisa. Lo hizo despacio, durante unos minutos, con dedicación y lidiando con su propia pena.

Fotografía de Esther Scanon.

Mientras él limpiaba los cristales, pensé sobre cómo vería en ese momento ella el mundo; incierto, duro, borroso...Y, sin embargo, aquel gesto me atravesó.

Mientras ella sostenía un dolor imposible, él sostenía sus gafas.

No cambió la realidad. La madre de mi amiga seguía allí, dentro de aquel ataúd. El duelo acababa de empezar. Nada podía reparar una pérdida así.

Pero durante unos minutos él cargó con una pequeña parte de lo que ella ya no podía hacer. Le devolvió unas gafas limpias para cuando pudiera volver a levantar la vista.

Curiosamente, eso es también lo que la ciencia lleva años diciendo sobre el duelo. Los psicólogos que lo investigan coinciden en que no son las grandes frases las que más alivian una pérdida.

Lo que realmente ayuda es algo mucho más sencillo y mucho más difícil de ofrecer: una presencia constante, el apoyo práctico y la certeza de que alguien seguirá ahí cuando todos los demás vuelvan a su vida.

Fotografía de Coskun.

Sabemos también que el duelo no solo rompe el corazón. Durante las primeras semanas afecta a la memoria, a la atención y a la capacidad para tomar decisiones sencillas. 

El cerebro está haciendo un esfuerzo inmenso por comprender una ausencia que parece imposible y, por eso, tareas tan cotidianas como cocinar, responder un mensaje o acordarse de comer, pueden hacerse cuesta arriba.

Quizá por eso los gestos pequeños adquieren un valor tan inmenso: porque durante un rato alguien piensa, organiza y sostiene por ti aquello para lo que tú todavía no tienes fuerzas.

Desde entonces pienso que el amor casi nunca llega vestido de verano. Se parece más a estas tareas invisibles que nadie recuerda: estar, ordenar, esperar, limpiar unos cristales mientras la persona que quieres tiene el corazón hecho trizas.

Fotografía de Asinkav.

Entonces, en aquella iglesia, unos bancos más atrás, empiezo a pensar qué es amor también y dónde reside cuando todo se viene abajo:

El amor es ocupar la primera fila de una iglesia cuando nadie quiere estar en ella.

El amor es atender una llamada que no era para ti.

El amor es quedarse cuando empieza lo más difícil.

El amor es aprender a estar sin saber qué decir.

El amor es cocinar cuando nadie tiene hambre.

El amor es hacer saber que no estamos solos. 

El amor es tener paciencia y respetar los tiempos y los procesos.

El amor es llenar la nevera con sus comidas favoritas.

El amor es ordenar y limpiar una casa cuando la vida ahora mismo es un desastre.

El amor es recordar que hay que comer para sobrevivir.

El amor es muchos paseos en silencio.

El amor es contestar mensajes que el otro no puede leer.

El amor es llevar el peso de los pequeños asuntos para que el otro pueda empezar a respirar.

El amor es sentarse al lado, aunque no haya nada que arreglar.

El amor es hacer sitio al silencio.

El amor es hacer reír sin borrar la tristeza.

El amor es ofrecer vida cuando una parte de la suya se acaba de ir.

El amor es recordarle a esa persona las cosas que tanto le gustan.

El amor es seguir escuchando música, aunque duela mucho, juntos.

El amor es conducir carreteras infinitas hacia lugares lejanos donde descansar.

El amor es acompañar. El amor es estar.

El amor es limpiar las gafas de la persona que quieres cuando las lágrimas ya no la dejan ver.

Fotografía de Sara Vargas.

Y es que, cuando estamos aprendiendo a vivir con una ausencia, las tareas más cotidianas se convierten en una ascenso al Everest: sin preparación, sin oxígeno, sin zapatos…

Por eso es tan importante tener cerca a personas que nos permitan derrumbarnos. Personas que se sienten en el suelo con nosotros mientras todo duele, que sostengan durante un rato el peso que nosotros no podemos cargar y que, cuando llegue el momento, nos tiendan una mano. 

No para obligarnos a volver a ser quienes éramos, sino para ayudarnos a dar el siguiente paso: sentarnos en el sofá, salir a dar un paseo, entrar en un cine o compartir una comida.

Son esas personas las que nos regalan ligereza cuando todo pesa demasiado. 

La ligereza de reír durante noventa minutos viendo una película, de tomar un café sin hablar de la pérdida o hablar sobre ella sin parar, de recordar, casi sin darnos cuenta, que seguimos vivos. Y que, aunque ahora no podamos verlo, llegará un día en que volveremos a salir al mundo. 

Ese mismo mundo que nunca dejó de girar y que, precisamente por eso, también nos hizo enfadarnos. Paso a paso.

Como el compañero de amiga, que sin decir una sola palabra, le estaba diciendo:

«No puedo evitarte este dolor. Pero mientras tú no puedas ver con claridad, déjame hacerlo por ti».

Suscríbete a nuestra newsletter

Únete a nuestra comunidad. Así podremos invitarte a los eventos que organizamos y estarás al tanto de convocatorias y concursos.