Hay efemérides que tienen la capacidad de devolvernos a un lugar concreto. Durante unos instantes reaparecen los momentos que viviste aquel día. Después llega el vértigo al comprobar cuánto tiempo ha pasado. Parece imposible que haya transcurrido tanto tiempo desde la muerte de Amy Winehouse y, al mismo tiempo, veinte desde el nacimiento de Back to Black, un disco que sigue sonando con la misma fuerza con la que irrumpió en 2006.
La muerte de Amy Winehouse me sorprendió en Manchester. En una ciudad donde la música forma parte de la identidad colectiva, el impacto se notaba en el ambiente.
Esa noche, de forma espontánea, los bares empezaron a dedicarle canciones. Recuerdo especialmente a un DJ veterano, de estética mod, cerrando su sesión en el pub pinchando la versión de Rehab de The Jolly Boys y, mucho más tarde, en la discoteca The Factory, el cierre al amanecer con el tema Back to Black. Decenas de personas cantando este himno al desamor en una especie de despedida espontánea y colectiva.
Creo que con Amy teníamos una sensación de cercanía. Pese a ser una de las artistas más importantes de su generación, nunca dio la impresión de pertenecer a un lugar inaccesible. Había crecido en Southgate, un barrio del norte de Londres, escuchando los discos de jazz y soul que sonaban en casa y cantando clásicos del repertorio popular cuando aún no imaginaba que algún día tendría una carrera musical.

Cuando alcanzó el éxito seguía transmitiendo la sensación de ser una chica corriente con un talento fuera de lo común. No interpretaba un personaje. Sus canciones eran directas porque nacían de experiencias que nunca trató de ocultar y con las que mucha gente terminó identificándose.
Esa cercanía tuvo también un reverso oscuro. Durante los últimos años de su vida, el interés por sus problemas personales acabó eclipsando la conversación sobre su música. Siempre me ha resultado llamativo cómo la exposición pública puede convertir el sufrimiento de alguien en espectáculo para, una vez desaparece, transformarlo casi de inmediato en compasión y admiración.
Si la muerte de Amy Winehouse nos recuerda todo lo que perdió la música aquel 23 de julio de 2011, el vigésimo aniversario de Back to Black sirve para celebrar su legado.

Cuando Amy Winehouse entró por primera vez en el estudio de Mark Ronson, ninguno de los dos imaginaba que estaba a punto de empezar uno de los álbumes más importantes del siglo XXI.Durante mucho tiempo se dijo que Ronson había llevado a Amy hacia el soul de los años sesenta. Ocurrió exactamente al revés.
En el documental Amy, dirigido por Asif Kapadia, más allá del retrato de una caída, la película descubre a una compositora con una cultura musical extraordinaria. El soul era el idioma musical en el que había crecido; no era una estética retro ni un recurso para diferenciarse del resto de artistas de su generación.
Ronson ya se había hecho un nombre como productor, pero venía sobre todo del hip hop y del pop. Amy, que acababa de publicar Frank, no tenía demasiado interés en trabajar con él. Fue la discográfica quien propició aquel encuentro.

En distintas entrevistas, el productor ha contado que cuando se encontraron la conversación derivó enseguida hacia la música que ambos escuchaban desde adolescentes. Empezaron a hablar de The Shangri-Las, The Velvelettes, The Supremes, Marvin Gaye, de los discos de Motown y Stax, de las producciones de Phil Spector y de aquel sonido que parecía contener tanta alegría como melancolía al mismo tiempo. Entendió que lo que Amy quería era escribir canciones nuevas utilizando el lenguaje de la música que más admiraba.
Para conseguir ese sonido, Ronson tomó una decisión poco habitual en una época dominada por la producción digital. En lugar de recrear el soul clásico con programas y samplers, llamó a los Dap-Kings, la extraordinaria banda que acompañaba a Sharon Jones y que llevaba años recuperando la forma de grabar de los grandes estudios estadounidenses de los años sesenta: una banda tocando al mismo tiempo, pocos artificios y músicos capaces de dejar espacio a la voz.
Por su parte, Salaam Remi desarrolló otra parte del álbum. Había producido Frank y conocía mejor que nadie la manera de trabajar de Amy. Sus sesiones conservaron una mayor presencia de los sonidos que habían definido su debut. Lejos de competir entre sí, ambos productores terminaron construyendo un disco coherente.

Amy Winehouse nunca escondió que Back to Black nació de la relación más importante y destructiva de su vida: la que mantuvo con Blake Fielder-Civil. Sería un error reducir el disco a esa historia de amor, pero también lo sería intentar entenderlo sin ella. Blake fue el detonante de unas canciones que Amy escribió con una honestidad brutal.
Cuando comenzó a trabajar en el disco, la relación acababa de romperse. Blake había retomado el contacto con una antigua pareja. En lugar de convertir aquella experiencia en un ajuste de cuentas, escribió desde la contradicción. En sus canciones hay reproches, pero también culpa. Hay dependencia, orgullo, deseo y resignación. Amy nunca ocupa el lugar de quien señala al otro como único responsable. Se analiza a sí misma con la misma dureza con la que observa a quien tiene enfrente.
Nos habla de todas las emociones que conviven cuando una relación termina y uno todavía no sabe muy bien qué parte de sí mismo ha perdido por el camino.
Aunque Back to Black terminó dando lugar a cinco sencillos y vendió millones de copias en todo el mundo, las canciones se sostienen por separado, pero juntas construyen un relato que va cambiando de tono sin perder nunca el hilo.
Todo comienza con Rehab, probablemente una de las aperturas más reconocibles de este siglo. La historia de su nacimiento es ya parte de la mitología del pop. Después de que su entorno le insistiera en ingresar en un centro de rehabilitación, Amy le contó a Mark Ronson que había respondido con un rotundo «No, no, no». El productor interpretó que aquella frase tenía el ritmo de un estribillo. Se trata de un tema lleno de desafío, orgullo y una vulnerabilidad que asoma justo debajo de esa fachada de firmeza.
En You Know I'm No Good Amy reconoce sus errores y convierte la culpa en parte del relato. Esa capacidad para asumir sus propias contradicciones atraviesa todo el álbum y explica por qué sus canciones siguen resultando tan creíbles.
En Me & Mr Jones, el enfado se disfraza de ironía. La leyenda suele relacionar la letra de la canción con Nas, uno de los artistas favoritos de la artista, a quien reprocha no haber acudido a un concierto que ambos habían comentado. Sin embargo, la letra acaba hablando de la decepción cuando depositas demasiadas expectativas en otra persona.
Después llega Just Friends, Amy sabe que algunas relaciones no pueden sobrevivir bajo la etiqueta de la amistad y escribe una de las canciones más contenidas del disco.
El punto de inflexión llega con Back to Black. Si hubiera que elegir una sola canción para explicar quién era Amy Winehouse como compositora, probablemente sería esta. La inspiración surgió cuando Blake Fielder-Civil decidió volver con su expareja. Amy convirtió el negro, asociado tradicionalmente al duelo, en una metáfora del regreso al dolor. Musicalmente también resume el espíritu del álbum. Los ecos de las grandes producciones de Phil Spector conviven con una interpretación que nunca necesita desbordarse para transmitir el golpe de la pérdida.
Love Is a Losing Game ,con muy pocos versos, consigue condensar el desgaste de una relación sin caer en el dramatismo. Prince la consideraba una de las mejores canciones escritas en los últimos años y llegó a incorporarla a su repertorio en directo. Tony Bennett, que grabaría con Amy poco antes de su muerte, confesó que le recordaba a los grandes compositores del cancionero estadounidense.
En Tears Dry on Their Own, Amy parte de la progresión armónica de Ain't No Mountain High Enough para darle un sentido completamente distinto. Mientras el clásico de Marvin Gaye y Tammi Terrell celebra la fuerza de una relación capaz de superar cualquier obstáculo, Amy llega a la conclusión opuesta: hay heridas que sólo puede aprender a cerrar uno mismo.
Wake Up Alone mira el vacío que aparece cuando termina la noche y llega el momento de enfrentarse a uno mismo. Es una de las canciones más sobrias del disco, y precisamente por eso transmite tan bien la sensación de desamparo.
Some Unholy War lleva la idea de fidelidad hasta un terreno extremo, donde el apego convive con la conciencia de que algo ya está roto. La canción presenta la relación como un vínculo marcado por la lealtad, pero también por el desgaste.
He Can Only Hold Her introduce una mirada distinta. Ya no habla desde dentro de la relación, sino que observa a una pareja desde fuera. El afecto sigue existiendo, pero ya no basta para sostener lo que se ha roto.
Cierra el disco Addicted una canción desenfadada sobre fumar hierba y sexo casual, casi un respiro cómico tras nueve canciones de enorme intensidad emocional. Sin embargo, bajo ese tono más juguetón, la canción vuelve sobre la dependencia y sobre la dificultad de salir de ciertos hábitos, como si el disco necesitara terminar con un gesto de resignación.
Si Back to Black sigue sonando contemporáneo es porque en la buena música las emociones no tienen fecha de caducidad.
Amy nos enseñó que una canción podía contener dos ideas aparentemente opuestas. El orgullo y la culpa. La dependencia y el deseo de marcharse. La rabia y el amor. Sus composiciones nunca ofrecen una única versión de los hechos porque ella misma tampoco parecía tenerla.

Veinte años después seguimos volviendo a estas canciones porque, cuando necesitamos ponerle música a ciertos sentimientos, pocos discos saben encontrar las palabras con tanta precisión como Back to Black.