Llevas una hora delante del ordenador y por fin consigues acceder a la cola virtual de una distribuidora de entradas cualquiera que está dispuesta a hacer realidad tu sueño y el de las 19.357 personas que tienes delante.
En este país, hay algo más difícil que acceder a la compra de una vivienda digna: conseguir entradas para un concierto de esos artistas que cuelgan en nanosegundos el SOLD OUT de recintos mastodónticos.
Desde que la mayor fuente de ingresos de un artista son los shows en directo, disfrutar de cantantes como Rosalía, Shakira, Billie Eilish, Beyoncé, Harry Styles, Bad Bunny o Coldplay es una proeza imposible para un altísimo porcentaje de los fans, sobre todo porque lo de vivir la música en directo ahora ya no es como era, ha sucumbido al elitismo y al capitalismo desaforado.

Además, hay que sumar al deshonesto e injusto modelo de negocio de las distribuidoras de entradas y de las promotoras de eventos, el hecho de que muchas de las personas que van a un concierto, parece que no van a disfrutar de arte y talento, van a generar contenido para aumentar su número de followers o están invitadas para aumentar el número de followers y el hype del artista en cuestión.
Muy atrás quedan los conciertos en los que comprabas tu entrada en papel a un precio razonable y disfrutabas de la experiencia tras hacer una cola física que te permitía conseguir un buen sitio en pista en función de las horas que decidieras estar esperando. No era cuestión de tener más dinero, ser cliente de un banco o ser influencer.
Demostrabas tu pasión y tu fanatismo acampando en el duro asfalto durante días de convivencia con otros fans o corriendo como si te fuera la vida en ello, una vez se abrían las puertas del recinto. La meta era tocar esa valla que había entre el foso y el escenario.
Hace unos días se viralizaba el vídeo de un chico que asistía al primer bolo que Bad Bunny daba en Barcelona. El sujeto en cuestión se quejaba de que después de pagar 500 euros para ver al icono puertorriqueño en la zona VIP, no podía ni moverse, casi ni respirar. Uno y una espera poder «perrear» hasta el suelo por ese precio, pero ese chico ni veía el suelo, ni veía a Benito escupiendo sus versos.

La verdad es que la queja viral de este chico me generó sentimientos encontrados. Por un lado, me parecía totalmente injusto que una persona que podía permitirse pagar ese precio, no estuviera disfrutando de su momento. Pero, por otro, pensé que estamos accediendo a ser las víctimas de un sistema que está especulando con nuestras ilusiones y jerarquizando el disfrute. ¿Nos merecemos todo lo que nos pase?
Como bien apunta la revista 20 minutos en uno de sus artículos, los precios dinámicos, la rentabilidad de los shows o las preventas exclusivas convierten la música en directo en una actividad inaccesible para la mayoría de los y las mortales.
La industria de la música se ha transmutado en la industria del directo. Simplemente proporcionaremos un dato: según el Anuario de la Asociación de Promotores Musicales y la SGAE, en el año 2024, el último con datos firmes, la industria de la música en directo generó en España 725 millones de euros.
Como ya hemos apuntado antes, todo es producto de la causa y el efecto. Al caer la facturación en áreas como la ventas de discos o la cada vez más fragmentada industria del streaming, los grandes actores del negocio se esfuerzan en compensar los ingresos que obtenían antes en estas áreas con la venta de entradas, aumentando el margen de beneficio de los conciertos (lo que conlleva un precio cada vez más alto de los tickets) y convirtiendo los espectáculos en experiencias de lujo y exclusivas que justifiquen tanto los precios del boleto como los propios gastos logísticos a los que se enfrentan las promotoras.

La estrategia del SOLD OUT
Por ejemplo, cualquiera que haya querido obtener una entrada de alguno de los artistas citados y otros muchos, habrá sido testigo de que a pocos minutos de salir a la venta las localidades para un concierto ya se anuncia su SOLD OUT. Incluso se ha encontrado con conciertos que tienen el cartel de entradas agotadas y luego se ha topado con el recinto casi vacío o con parte de las gradas cubiertas con una tela negra para disimular que solo se han sacado a la venta una parte de las localidades.
Aunque parezca contraproducente, la estrategia de colgar el SOLD OUT antes de tiempo, sirve para generar FOMO: siglas en inglés de fear of missing out o miedo a perderse algo. Así se logra que el cliente compre con impulsividad los tickets movido por la obsesión de pertenecer a esa élite que luego hará alarde de su experiencia en redes lanzando un mensaje claro: el triunfo es estar aquí viviendo esto.
La publicidad híbrida
Además, hay otra explicación tras el rápido cuelgue de los carteles de sold-out que tiene que ver con los cachés y el circuito de festivales en España: se usan los conciertos en solitario como un escaparate.
«No es lo mismo pasarle un caché hinchado a un festival teniendo a tus espaldas una gira con todo vendido que hacerlo con una gira normal».
Jorge Robles, promotor independiente en MOBZZ.
Otra técnica que se está usando mucho también para la venta de entradas es la llamada publicidad híbrida. Mediante la contratación de productos financieros de una entidad bancaria, puedes tener la tremenda suerte de ver al artista al que le rezas todas las noches. Se abren preventas exclusivas para clientes del banco en concreto y todos y todas contentos y contentas. La banca siempre gana.

Del total de entradas que pueden salir para un concierto, la promotora suele bloquear una cierta cantidad que solo es accesible en la preventa exclusiva, lo que hace todavía más complicado conseguir un ticket y refuerza la jerarquía capitalista.
Los precios dinámicos
Si no teníamos suficiente con las estafas que se llevan a cabo en las tramposas y abusivas reventas que llevan años siendo un negocio en sí mismas, debemos sumar una última trampa: los precios dinámicos.
Funciona según las leyes de la oferta y la demanda de tickets que sucede en tiempo real. La OCU denunció a una conocidísima distribuidora de entradas por cobrar entradas de 80 euros para Bad Bunny por 269 tras sumársele los gastos de gestión. En la gira europea de Oasis, una parte de las entradas fue vendida mediante precios dinámicos alcanzando variaciones en su precio de más de un 150% en una misma entrada: pasaron de tener un coste de 160 euros a valer 415.
Actualmente, la fijación dinámica de precios es legal en España. Siempre que la información sea clara durante el proceso de compra y respete la actual normativa de comercio electrónico y protección de consumidores, las personas que compran entradas bajo este sistema no pueden reclamar posteriormente por haber pagado un precio mayor.

La pregunta ante todo esta espiral de conflictos de intereses está clara: ¿Dónde queda el amor por la música y la magia de vivirla en directo? Quedó años atrás, en los días en los que un concierto no sólo era una experiencia llena de sensibilidad, romanticismo y pasión, era una experiencia totalmente democrática al alcance de casi cualquiera.