Con Sentir Baeza tuvimos una intuición. Y no nos defraudó. El pasado fin de semana, desde Cultura Inquieta decidimos descubrir una de las propuestas festivaleras del verano que nos atrapó desde el primer momento por un cartel cuya selección de artistas estaba hecha con tanto gusto, mimo y detalle que supimos que no podíamos perdérnosla.
Para quienes llevamos años recorriendo festivales, estos también pasan a ser una forma de medir el paso del tiempo. El auge de estos eventos nos ha permitido disfrutar de una oferta inmensa y acercarnos a artistas que de otro modo jamás habríamos visto sobre un escenario. Pero también hemos asistido a la transformación de muchos de ellos en experiencias cada vez más ligadas a la tendencia, al consumo rápido y a una cierta uniformidad donde el lugar en el que se celebra importa poco y la música, a veces, tampoco parece lo más importante.
Desde el primer momento, en Sentir Baeza se respiraba esa energía que nos recuerda por qué empezamos a ir a los festivales. Donde la música está en el centro y donde el entorno no es un mero decorado.
Antes de empezar el repaso a lo acontecido durante el fin de semana, queremos destacar uno de los grandes aciertos del festival. Justo al lado del escenario principal convivía un segundo espacio que evitaba que la energía decayera entre concierto y concierto. Allí aparecieron Bita y Bea Miau, las DJs responsables de mantener encendida la mecha durante todo el fin de semana. Mientras unos aprovechaban para acercarse a la barra o reencontrarse con amigos, otros seguían cantando y bailando sin interrupción. Su selección musical convirtió cada transición en una prolongación natural de la fiesta. No hubo tiempos muertos. Solo música sucediéndose de distintas maneras.
Otro detalle que merece ser resaltado es que durante todo el fin de semana desaparecieron las etiquetas generacionales. Delante del escenario convivieron adolescentes que descubrían algunas bandas por primera vez, padres que las escuchan desde hace años y, en general, público de distintas edades que sigue encontrando motivos para emocionarse con la música en directo. Porque el disfrute, el asombro y el buen rollo no son exclusivos de ninguna generación.
Y por último, queremos destacar también algo en lo que no suele ponerse el foco y que, sin embargo, condiciona por completo la experiencia de un festival: la comodidad. En Sentir Baeza era posible acercarse a la barra, pedir algo de comer o ir al baño sin sacrificar media actuación por el camino. Enhorabuena a los organizadores.
Viernes 12 de junio
Cuando el sol comenzaba su descenso para perderse entre el océano de olivos que rodea Baeza, la música empezó a hacernos volar de la mano de Iceberg Matrioska.
Este grupo incipiente resume buena parte del espíritu del festival. Fueron profetas en su tierra. En tiempos de estridencia y apariencias, la banda transmite una autenticidad que no es habitua en los tiempos que corren. A su elegancia musical se une el poderío de la voz de Luis Alonso y una forma de entender la canción en la que sigue importando lo que se canta. Su propuesta nos remite a esa tradición del mejor indie español donde melodía y palabra avanzan de la mano. Nos quedamos con ganas de escuchar más de un grupo al que deseamos y pronosticamos un largo recorrido.
A los baezanos les siguieron Comandante Twin, que desplegaron sobre el escenario esa mezcla de contundencia melódica y energía que les ha convertido en una banda importante del indie nacional. El público respondió desde el primer momento y confirmó que buena parte de los asistentes había llegado con los deberes hechos.
Después llegó uno de esos grupos capaces de atravesar generaciones sin perder vigencia. Treinta años después de su nacimiento, La Habitación Roja sigue demostrando que la honestidad también puede ser una forma de resistencia. No importaba la edad ni el momento vital desde el que cada uno llegara a sus canciones: durante algo más de una hora, miles de historias personales encontraron un punto de encuentro frente al escenario. La emocionante aparición de Jaime, de Supersubmarina, terminó de convertir el concierto en uno de esos momentos que trascienden lo musical.
Cuando todavía seguíamos procesando la emoción que nos dejaron los valencianos, Marlena irrumpió sobre el escenario con una energía arrolladora. El dúo formado por Ana Legazpi y Carolina Moyano confirmó por qué se ha convertido en una de las propuestas más sólidas y queridas del pop español actual. Su actuación combinó fuerza, cercanía y una seguridad escénica que contagió al recinto desde el primer minuto. Una cámara las siguió durante buena parte del concierto, proyectando imágenes en directo que añadían dinamismo a la puesta en escena y multiplicaban la sensación de cercanía con el público.
El broche a los conciertos del viernes lo puso Modelo. El dúo de zaragozanos que comenzó su carrera en Brighton demostró que la elegancia y la diversión no son conceptos incompatibles. Su propuesta es sencilla, pero luminosa y elegante. Pusieron el cierre perfecto a una noche de conciertos que había transitado por registros muy distintos sin perder intensidad.
La jornada terminó con Chinches DJ, encargados de prolongar la fiesta hasta bien entrada la madrugada con una selección musical que mantuvo a los asistentes en movimiento cuando muchos pensaban que ya no quedaban fuerzas para seguir bailando.
Sábado 13 de junio
La masificación de muchos festivales ha terminado por convertirlos en pequeñas ciudades temporales desconectadas de su entorno. En Sentir Baeza ocurre exactamente lo contrario. La ciudad forma parte de él.
Pasear por sus calles supone sumergirse en un lugar mágico, con uno de los conjuntos renacentistas más importantes de Europa, reconocido por la UNESCO por su extraordinario valor histórico y arquitectónico. Vecinos de toda la vida y visitantes llegados desde distintos puntos del mapa conviven con absoluta naturalidad en Sentir Baeza.
El festival por sus calles
Sentir Baeza AOVE Fest volvió a convertir el mediodía del sábado en una fiesta abierta para toda la ciudad. La Barbacana acogió una programación que permitió descubrir algunas de las propuestas más interesantes del cartel en un entorno privilegiado.
Los encargados de inaugurar el espacio fueron los baezanos Dirección Contraria. Ante una gran cantidad de asistentes, defendieron sus canciones con actitud y personalidad. Se percibe en ellos una ambición y una capacidad evidente para seguir creciendo.
Tras ellos llegó el turno de Bauer, una banda que fue creciendo a cada minuto sobre el escenario. Con un repertorio lleno de matices y una propuesta muy cohesionada, fueron conquistando poco a poco al público que se congregaba frente al escenario.
La descarga de energía llegó de la mano de Bum Motion Club. Su combinación de garage, noise y rock de alta intensidad transformó la Barbacana en una auténtica caldera. Son una de esas bandas que convierten cada directo en una experiencia física.
Después apareció Paco Pecado, uno de nuestros artistas predilectos. Su propuesta dialoga con la tradición sin quedarse atrapada en ella. Hay ecos de la copla, del folclore y de la canción popular, pero filtrados a través de una mirada contemporánea y libre. Entró entre el público como quien se suma a una conversación y terminó conquistando a todos con una mezcla de sensibilidad, gamberrismo y carisma.
La sesión de Isaac Corrales puso el punto final a una mañana y una tarde que demostraron que el festival se expande con calidad y cercanía más allá del recinto principal.
En el recinto del Festival
La jornada en el recinto comenzó con Oslo Ovnies, una banda capaz de combinar contundencia y sensibilidad en una propuesta que bebe de las influencias del metal alternativo y que va adquiriendo una personalidad propia cada vez más definida. Defender una actuación a plena tarde nunca es sencillo, pero lo hicieron con muchísima solvencia.
Después llegó Rufus T. Firefly. Disfrutar de ellos en directo se ha convertido en una experiencia inmersiva. Cada detalle parece pensado para construir una atmósfera propia donde la psicodelia, la elegancia y la experimentación conviven con absoluta naturalidad. Durante su actuación el tiempo pareció adquirir otra velocidad, como si el festival hubiera entrado temporalmente en una dimensión paralela creada exclusivamente para ellos.
Uno de los conciertos que esperábamos con muchas ganas era el de Carlos Ares. Y superó nuestras expectativas. El músico gallego, que ha construido una de las propuestas más personales y difíciles de etiquetar de la nueva escena española mezclando folk, electrónica y pop de autor, convirtió el escenario en un universo propio. Todo en su concierto parecía responder a una misma visión artística: la escenografía, los silencios, la interpretación y la manera de relacionarse con el público. Fue una demostración de que todavía existen artistas capaces de crear mundos completos alrededor de sus canciones.
La M.O.D.A. asumía una de las responsabilidades más delicadas del festival: ocupar el lugar central de la noche del sábado. Y respondió con la contundencia emocional que ha convertido a la banda burgalesa en uno de los fenómenos más singulares de la música española de las últimas décadas. Canciones convertidas en himnos y miles de voces cantando al unísono. Su conexión con Baeza era evidente y el público respondió entregándose por completo.
Barry B confirmó por qué se ha convertido en una de las voces más interesantes de la nueva generación. Su propuesta desafía etiquetas y se mueve con libertad entre distintos lenguajes musicales sin perder personalidad. El concierto tuvo que convivir con algunos problemas técnicos de sonido, una circunstancia que habría descolocado a muchos artistas. Sin embargo, el músico arandino supo sobreponerse a ellos. Sobre el escenario despliega una presencia magnética, capaz de mantener el asombro del público a pesar de las adversidades.
El fin de fiesta llegó con JUANCA & POPE Supersub DJ. Supersubmarina fue una presencia constante durante todo el fin de semana. Muchas de las bandas participantes hicieron referencias a una formación que forma parte inseparable de la identidad cultural de Baeza. Hubo emoción, memoria y gratitud
Domingo 14 de junio
Puede que en otros festivales la crónica hubiera terminado en el momento en que salimos por la puerta del recinto y la claridad volvía a iluminar los muros de Baeza. Pero cuando vives un festival como este vuelves a sentir cosas que habías olvidado. Percibes que algo se ha removido dentro de ti y empiezas a concederte el tiempo y la pausa necesarios para que todo lo vivido se pose lentamente y puedas tomar verdadera conciencia de ello.
Pudiera parecer una reflexión melancólica, pero no lo es. Un festival es aprendizaje y descubrimiento, aunque no solo de los grupos que aparecen en el cartel. También del entorno en el que se desarrolla y de las personas con las que compartes la experiencia. Cuando descubres que no solo te une a ellas el amor por la música, sino también una manera de estar en el mundo.
De ahí nacen vínculos que perduran mucho más allá del último concierto. Y por eso Sentir Baeza se ha ganado un hueco en nuestro corazón y también en nuestra agenda cada mes de junio.
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