La inteligencia artificial suele entrar por los ojos como algo frío, casi incómodo. La miras y sabes que no es verdad, que alguien ha doblado el tiempo y el espacio para fabricar una escena imposible.
Hay una pequeña resistencia inicial, pero entonces aparece alguien como Agu Méndez y esa barrera se deshace. Porque deja de importar el cómo y empieza a pesar el qué.
Y lo que hay es emoción. Una emoción inesperada, de las que te pillan por sorpresa. Agu consigue algo difícil: que la tecnología desaparezca para que solo quede la sensación, como si esas imágenes hubieran estado siempre en algún rincón de tu memoria.
Y quizá por eso funciona: porque no estamos hablando de un recién llegado jugando con prompts. Agu Méndez lleva más de dos décadas dibujando, pensando y contando historias.
Es ilustrador, diseñador y storyteller, fundador de La Gauss (una de las escuelas de diseño más reconocidas del sur) y alguien que ha trabajado para agencias, marcas y medios durante años. Viene de lo analógico, del rotulador, del trazo imperfecto, de llenar hojas de garabatos hasta que aparece algo que tiene sentido.
Y ahora, simplemente, ha decidido sumar la IA a ese lenguaje. No sustituirlo, sino expandirlo. Porque su obra siempre ha ido de lo mismo: de mezclar referentes, de reinterpretar el cine, la cultura pop y la memoria personal hasta convertirlos en algo propio.
Lo que hace ahora no deja de ser una evolución natural de todo eso. Hay un hilo invisible, de los de cobre, de los de antes, que nos conecta directamente con esa nostalgIA que no sabías que seguía tan viva.
Nos lleva a las sillas en la puerta de casa cuando caía el sol de agosto, al murmullo del barrio, a las calles sin normas donde éramos pequeños pero nos sentíamos gigantes.
A las BMX, a las rodillas abiertas, a camisetas de Naranjito. Y entonces, en mitad de ese paisaje tan nuestro, aparecen rostros que también nos construyeron: actores, escenas, películas que vimos mil veces y que son parte de una herencia vital y universal.
No deberían estar ahí… pero lo están. Y encajan perfectamente.
Porque lo que Agu entiende , y ejecuta con una precisión casi artesanal, incluso cuando usa IA, es que la nostalgia es reconstruir cómo nos sentíamos.
Hay algo en la luz, en los detalles, en ese grano que imita a la memoria más que a la tecnología, que hace que bajes la guardia. Y cuando te das cuenta, ya no estás analizando si es IA o no. Estás dentro. Estás recordando algo que nunca pasó, pero que podría haber pasado perfectamente.
Y ahí está la clave. Que en un momento donde todo parece rápido, artificial y replicable, alguien utilice esa misma herramienta para hacer justo lo contrario: parar el tiempo.
Agu Méndez usa la inteligencia artificial para conectar. Para demostrar que, si detrás hay oficio, mirada y algo muy humano latiendo, incluso lo que nunca existió puede tocarte como si fuera un recuerdo tuyo, un recuerdo nuestro.
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