Hay vidas que parecen escritas en capítulos muy distintos. La de Pepe Gallart podría dividirse, a primera vista, entre dos mundos: el de los números y el de los pinceles.
Pero, si uno se detiene un poco más, descubre que ambos tienen algo en común: la paciencia, la observación y esa manera de mirar el mundo que solo tienen las personas que nunca han dejado de aprender.
La pintura llegó a su vida cuando ya había recorrido un largo camino. No fue un sueño de juventud ni una vocación temprana. Llegó después, cuando los años habían dejado recuerdos suficientes como para llenar muchos lienzos. Y quizá por eso sus cuadros tienen algo especial: no son solamente pinturas, sino pequeñas ventanas abiertas a una vida.
En ellos aparecen Valencia, el mar, sus calles, los barrios de su infancia, escenas cotidianas y paisajes que forman parte de su memoria. Pintar se convirtió, de alguna manera, en otra forma de recordar.
Pepe nació el 15 de julio de 1940, apenas un año después del final de la Guerra Civil, en una casa del Camino Viejo del Grao. Su infancia transcurrió entre Nazaret, el Cañamelar y el Cabanyal, en una Valencia que todavía llevaba muy presentes las heridas de la posguerra.
Era una ciudad de tranvías, de plazas llenas de niños, de balones de trapo, de vendedores ambulantes y de solares que todavía hablaban, en silencio, de lo ocurrido pocos años antes. También estaba el mar, siempre cerca. Y estaban aquellas pequeñas cosas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en grandes recuerdos.
Pepe fue desde muy joven un hombre con inquietudes. A los once años comenzó sus estudios de Comercio en la Academia San Fernando. Mientras muchos de sus amigos empezaban a trabajar, él decidió seguir estudiando. No tenía prisa. Tenía algo más importante: curiosidad.
Aquella voluntad de aprender le llevó a obtener el título de perito mercantil y, con tan solo diecisiete años, a incorporarse al Banco Comercial Transatlántico, posteriormente Deutsche Bank.
Lo que entonces parecía simplemente el inicio de una vida laboral acabaría convirtiéndose en una trayectoria de cuarenta y dos años. Toda una vida profesional en la oficina principal de Valencia, pasando por distintos departamentos, asumiendo responsabilidades y creciendo al mismo tiempo que lo hacía una profesión que también estaba cambiando.
Y llegó la informática. Para quienes habían comenzado trabajando entre papeles, números y máquinas de escribir, aquella transformación supuso todo un cambio de época. Pepe supo adaptarse. Aprendió, evolucionó y continuó avanzando hasta llegar a ocupar el cargo de director regional, al frente de una estructura que llegó a reunir cien oficinas y cerca de cuatrocientos empleados.
Pero nunca dejó de estudiar. Quizá porque para él aprender no era una obligación, sino una manera de vivir. Compaginó trabajo y familia con nuevos retos académicos.
Retomó el Profesorado Mercantil, estudió Empresariales en la UNED y obtuvo la licenciatura en 1980. Incluso tuvo tiempo para ejercer durante una breve etapa como profesor de Economía en los Jesuitas, una experiencia que conserva con especial cariño.
Y mientras tanto estaba la familia. En junio de 1966 se casó en la Iglesia del Grao con Carmen. La víspera de la boda, con la casa llena de invitados y los nervios propios de un momento así, Pepe sufrió un desmayo que hizo saltar todas las alarmas.
Durante unos instantes, la celebración pareció quedar en segundo plano. Por suerte, todo terminó en un susto y al día siguiente pudo vestirse de novio y poner rumbo a Mallorca para disfrutar de su viaje de bodas.
Con Carmen construyó una familia y una historia compartida. Llegaron Vicente, Pablo, David y, más tarde, Mario. Cuatro hijos que fueron llenando la casa de vida y convirtiendo el paso de los años en una colección de recuerdos familiares.
Después llegó la jubilación Y cuando podría haber pensado que tocaba detenerse, Pepe hizo lo que había hecho siempre: buscar algo nuevo que aprender.
En 1999 descubrió la pintura en una academia municipal de Pinedo, de la mano de Carmen Madrid y Antonio Abellán. Al principio era una actividad más, una manera de ocupar el tiempo. Pero pronto dejó de serlo.
El pincel le ofreció una forma diferente de mirar. De detenerse. De recuperar lugares y momentos. De convertir en color aquello que llevaba tantos años guardado en la memoria.
Así fueron apareciendo sus paisajes, sus rincones de Valencia, el mar, las calles conocidas y esas escenas sencillas que, precisamente por haber formado parte de su vida, adquieren una enorme fuerza cuando pasan al lienzo.
Con el tiempo llegó también una exposición en la sala de cultura del Ayuntamiento de La Pobla, rodeado de familiares y amigos. Un momento especial, porque aquella afición que había comenzado casi como un entretenimiento se había convertido ya en una parte importante de su vida.
Pero Pepe tampoco se conformó con eso. Durante doce años acudió a las aulas de La Nau Gran, donde estudió Historia del Arte, Psicología y Humanidades. Una elección que dice mucho de él, su alma despierta sigue en una búsqueda infinita Quizá esa sea una de las claves para entender su historia.
Primero fueron los números. Después llegaron los pinceles. Pero entre unos y otros siempre estuvo la misma persona: alguien con curiosidad, disciplina y ganas de aprender.
Por eso, cuando uno contempla sus cuadros, resulta difícil ver solamente paisajes.
Está el Grao de su infancia. Está el mar que siempre estuvo cerca. Está aquella Valencia de tranvías y plazas. Están los recuerdos de una época. Está Carmen. Están sus hijos. Están los años dedicados al trabajo. Están los libros, las clases y todas esas horas de estudio que nunca consideró suficientes.
Y está, sobre todo, una manera de entender la vida: seguir mirando, seguir aprendiendo y seguir encontrando motivos para emocionarse.
Algunos lienzos cuentan lo que una persona ha visto y los de Pepe cuentan, además, lo que ha vivido.
Son fragmentos de una vida que empezó entre números y responsabilidades y que, con el paso de los años, encontró en los pinceles otra forma de dejar memoria.
Una vida en la que nunca hubo un punto final. Solo nuevos capítulos.
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