La noche oscura del alma es ese momento de inflexión en el que la soledad y la desesperación que nos provoca alguna situación vital nos lleva a no creer en nada, a perder la esperanza en todo y en todos.
La expresión para determinar ese estado interno se acuñó de una de los poemas que escribió San Juan de la Cruz. Su poema narra el viaje del alma desde su casa corporal hasta su unión con Dios. El periplo se denomina como una noche oscura en parte porque la oscuridad representa el hecho de que su destino, Dios, es incomprensible y requiere de una fe que no es de este mundo.

Aunque la expresión parezca tener connotaciones puramente religiosas, lo cierto es que esos periodos sombríos y desasosegantes en los que perdemos la fe y la esperanza, pueden estar relacionados también a una desolación terrenal, a un transitar por el mundo sin creer ni siquiera en uno mismo.
Hay muchas películas en las que sus protagonistas viven sus propias noches oscuras al alma y abordan temáticas tan diferentes como la soledad, la incomprensión, la pérdida, la falta de amor, el nihilismo, la represión o la enfermedad como condenas que hacen la vida insoportable.
Algunas de ellas acaban con un mensaje luminoso y esperanzador que llega como las calmas después de las tormentas. Otras simplemente se convierten en un descenso a los infiernos que sólo tiene billete de ida. Te dejamos con diez obras maestras que van a demostrarte que hay una grieta en todo, una por la que siempre acaba entrando la luz.
1. Hamnet, de Chloé Zhao

El aclamado título de la directora Chloé Zhao narra el romance entre William Shakespeare y su esposa Agnes, centrándose en la figura de ella (una increíble Jessie Buckley). La feliz crianza de los tres hijos que tuvieron mientras él marcha a Londres para convertirse en uno de los autores más importantes de la literatura, se quiebra en el momento que Agnes sufre la pérdida de su único hijo varón.
La cinta transita con maestría y belleza el insoportable dolor y la tristeza que les provoca el devastador acontecimiento, pero culmina con uno de los finales más luminosos y emotivos del cine reciente para lanzar un esperanzador mensaje: incluso la pena más profunda puede convertirse en un arte que invita a la resiliencia.
2. Cold War, de Pawel Pawlikowski

El cineasta polaco Pawel Pawlikowski sigue la historia de amor entre un músico y una cantante en la Europa de la Guerra Fría. Este romance que se desarrolla durante dos décadas, está lleno de los encuentros y desencuentros de dos almas que están condenadas a amarse y a odiarse en mitad de una espiral de toxicidad de la que no pueden escapar.
Rodada en blanco y negro con una belleza que alivia el dolor que provoca, Wiktor y Zula se embarcan en una lucha absurda contra sus sentimientos que destroza sus mundos al mismo tiempo que el mundo también parece desmoronarse a su alrededor.
3. About Schmidt, de Alexander Payne

El director de Entre copas, Los que se quedan y Nebraska, entre otras, ha demostrado que es experto en contar historias con toques de humor negro y ácido que se sumergen en miserias y dramas que dejan una sonrisa amarga dibujada en la cara del espectador.
De todos los finales redondos que tienen sus cintas, el de About Schmidt desarma especialmente. El primer plano de Warren (un inmenso Jack Nicholson) llorando ante el dibujo que le ha mandado el niño que tiene apadrinado, es el triste y perfecto reflejo de esa pandemia silenciosa que asola el mundo: la soledad de nuestros ancianos y ancianas.
4. Taxi Driver, de Martin Scorsese

En esta cinta de culto de Martin Scorsese incómoda y llena de violencia, Robert De Niro dio vida a Travis Bickle, el taxista que se convirtió en uno de los personajes más icónicos del actor. Insomne desde que regresó del infierno de Vietnam, Travis recorre en su taxi las calles y las noches de una Nueva York decrépita, corrupta y llena de escoria humana.
En su noche oscura del alma, que es más una noche de furia, el taxista emprende un camino de no retorno que lo llevará a tomarse por su cuenta lo que él entiende por justicia desencadenando una oleada de acontecimientos que no tienen otra finalidad que la búsqueda de un lugar en un mundo cada vez más enfermo de rabia y odio.
5. Tres colores: Azul, de Krzysztof Kieślowski

Esta fue la primera cinta de una trilogía dedicada a explorar los ideales de la Revolución Francesa (libertad, fraternidad e igualdad). En Tres colores: Azul, Kieślowski presenta la historia de una mujer (Juliette Binoche) que tiene que enfrentarse a un duelo insoportable en el momento en el que pierde en un accidente automovilístico a su esposo y a su pequeña hija.
Un intento de suicidio del que sobrevive, la llevan a enfrentarse a su tragedia aislándose del resto del mundo y pasando sus días sumida en el más absoluto vacío físico y emocional. Sin embargo, la realidad misma se encarga de cuestionar su encierro empujándola a seguir adelante.
6. Cafarnaúm, de Nadine Labaki

El visionado de Cafarnaúm es una de las experiencias más crudas y realistas a las que puede enfrentarse el espectador más aguerrido. Pero, a veces, es absolutamente necesario llevarse ciertos golpes. Esta experiencia cinematográfica que traspasa la pantalla y la piel dividió a la crítica entre los que pensaron que era una cinta imprescindible y los que creyeron que hacía abuso de la pornografía emocional.
La directora libanesa Nadine Labaki descubrió a su protagonista en las calles de Beirut. El refugiado sirio Zain Al Rafeea obra el milagro de hacer posible la historia un niño libanés indocumentado que harto de luchar por sobrevivir a la pobreza y la marginación en los tugurios de Beirut, decide denunciar a sus padres por traerlo al mundo.
7. Las vírgenes suicidas, de Sofía Coppola

Sofia Coppola se quitaba de encima su etiqueta de nepo baby demostrando con su segundo trabajo tras las cámaras, que sí tenía un sitio dentro de esa jungla llamada Hollywood. Con Las vírgenes suicidas, la directora nos invitaba a entrar en la casa y los sueños de cinco hermanas adoradas por sus compañeros de clase, pero castigadas por el fanatismo y la disciplina de unos padres muy rígidos.
Pocas veces una pesadilla ha sido tan evocadora y onírica. Pocas veces se ha llevado a la pantalla la angustia vital que puede provocar en la juventud la represión desmedida, esa que nace de una paternidad y una maternidad mal entendidas.
8. Train Dreams, de Clint Bentley

La película de Clint Bentley más que un largometraje es una odisea, el viaje de un héroe anónimo que tiene por bandera la aceptación y la gratitud ante lo que la vida quiera darle. Magníficamente interpretada por Joel Edgerton, narra la historia de Robert Grainier, un jornalero que construye ferrocarriles en el Oeste americano de principios del siglo XX mientras sueña con volver a su casa para estar con su mujer y su hija.
Esta historia sencilla en apariencia, contiene algunos de los diálogos más trascendentales de los últimos años y unos de los finales que mejor resume la esencia de la vida. La esencia de lo que hemos venido a hacer a ella, a pesar de todas las vicisitudes que encontremos en nuestro camino.
9. Shame

En el momento del estreno de Shame, fueron muy comentados los desnudos frontales de Michael Fassbender que funcionaron como un gran reclamo para ver la cinta de Steve McQueen. Un hecho que quedaba relegado a un segundísimo plano cuando te sumergías en la demoledora trama de este adicto al sexo nihilista e incomprendido. La perspectiva que muestra el director sobre esta adicción que sigue siendo un tabú actualmente, es totalmente reveladora.
El gran mérito de McQueen es hacernos empatizar con Brandon y Sissy dándonos tan poca información sobre su perturbador pasado y su destructiva relación. A veces, da igual no saber el origen de un sufrimiento, es un sentimiento universal con el que todos y todas conectamos.
10. Memorias de un caracol, de Adam Elliot

Adam Elliot ya nos conquistó con Mary and Max, la historia con corazón de plastilina que narraba la larga amistad por correspondencia entre un cuarentón judío y obeso de Nueva York y una niña australiana de ocho años que vivía en los suburbios de Melbourne. En Memorias de un caracol, Elliot repite lo que mejor sabe hacer: crear un universo animado que a través del humor, el sarcasmo y la tristeza logra transmitir un poderoso discurso que en última instancia, siempre está lleno de esperanza. Como la vida misma.
A través de sus extravagantes y outsiders personajes, el director australiano nos vuelve a hablar de la familia, la soledad, la incomprensión, el amor, la muerte y el imperante deseo de cumplir esos objetivos vitales que son sentirse valorado y querido. Porque quién no quiere sentir que forma parte de algo, que forma parte de alguien.