María Moreno y Antonio López, dos mitades de una misma luz

La Fundación Bancaja de Valencia ha inaugurado una retrospectiva total de la obra de Antonio López, por medio de la cual María Moreno (fallecida en febrero de este 2020, a los 87 años) y su marido Antonio López (84 años) dialogan juntos en idéntico haz de luz, relámpago blanco, amor eterno, llama y candor vivo, amor más allá de la muerte, temblor rojo en pleno temor, fuego de dos corazones y cuatro manos.

Por Diego Medrano

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María Moreno y Antonio López, durante una exposición de éste en 2012 en Bilbao. AFP/Rafa Rivas

Cien piezas, desde los 50 años de López a la actualidad, con lo más desconocido de Moreno, donde 30 instituciones y particulares aportan el legado para el milagro exacto: Reina Sofía, Fundación Ico, Artium Vitoria, Galería Marlborough, Colección Rocandio, Michel Soskine, Museo Valdepeñas, etc. Los comisarios de lujo son Tomás Llorens y Boye Llorens.

López nos enseñó cómo el frío es una nevera abierta, la soledad un abrigo viejo y lleno de un hombre sobre una cama repleta de amor, la mejor muda todos los utensilios juntos del afeitado sobre un lavabo con espejo empañado, el único mapa unos huecos sobre el colchón hechos a dúo. Seguiremos discutiendo si es hiperrealista o realista mágico, mientras su realidad se impone sobre toda letra impresa, porque creó un mundo cuya vigencia no se extingue.

Toda realidad (sueño o acto) no es más que una composición, sin más tiovivo, y toda poesía es frontalidad, la ascua del presente que ya se va por el desagüe en cuanto queremos comenzar con su análisis. López, entre membrillos, jamás tuvo prisa, y ese fuego lento fuera del lienzo, sí, fue peto y espaldar de una vida en común con un ángel negro: María Moreno.

 

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Antonio López. Niño con tirador, 1953

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Antonio López. Lavabo y espejo. 1967
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Antonio López. Gran Vía de Madrid 1974-1981

¿Qué es el amor? Hacer feliz al otro. Generosidad, por tanto. Salir del yo, la cárcel del ego, para vivir desde otros ojos y otro asombro. El tándem Moreno/López fue una manera segura de viajar. Los demás y por edad hacían Abstracción (Tapies, Saura, Millares, Chillida...) cuando ellos se perdieron en la luz de una Figuración poética ajena a cualquier horma.

Fueron felices, miraron juntos hacia idéntica dirección, sincronizaron sístole y diástole, dieron vida a los objetos cotidianos; supieron, a la manera de Víctor Hugo, de la melancolía como "la felicidad de estar tristes". La poesía es niebla y sorpresa sobre todos los días del calendario, de lo contrario se queda en gesto, vacío, nada. Lo urgente e incendiario de la misma es vivir como poetas.

 

«¿Qué es el amor? Hacer feliz al otro. Generosidad, por tanto. Salir del yo, la cárcel del ego, para vivir desde otros ojos y otro asombro».

 

Muchos cuadros, mucha vida, mucho chocolate como el que compartía López en la película de Erice con Enrique Gran y sus sentencias ("Tu pintura es real como una enfermedad"), mucho vino negro y trapos viejos, con todas las hijas por casa para cortarnos el pelo como un corro de gitanas: a lo Nonell, a lo Solana, a lo Rusiñol, a lo Ramón Casas (viéndose los pelitos de casi todo).

María y Antonio, dos remos de la misma barca, el mismo beso para dos labios, amor entero y dos mitades cortadas al unísono, aliento compartido, la felicidad azul de estar tan juntos.

 

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María Moreno junto a Antonio López en 1994

La vida merece la pena con tal de hacerse una leyenda. Lo cantaba el poeta y podría ser una copla: tendrás amigos, tendrás amor, tendrás un techo, tendrás algo por lo que luchar. Abrigo largo de mucha noche y alba de pescadero, afeitado a la deriva. Bandolera eterna de silencio entre todo el ruido de Madrid. Lluvia, paraguas, caballete y unos pinceles. La calle como alucinación o fiesta primera. El amor como la mejor ancla: pintar desde un sitio, vivir para alguien, crecer juntos sin rivalidad posible.

Los hiperrealistas madrileños (Francisco y Julio López, Isabel Quintanilla, Moreno y Antonio, etc), pese a mucho envidioso, dieron al mundo una lección moral: es posible ser felices, avanzar y no competir. La amistad es como el amor: se aprende juntos.

María y Antonio, separados los cuerpos, unido su arte por vez primera en una exposición donde el mar son dos olas. ¿Para qué más? López nos enseñó, antes de la pandemia, cómo la Gran Vía no necesita gente, ni un vaso de agua precisa mayores subrayados para vivir en paz junto a la ventana, ni hay mayor razón que una cabeza de bebé junto a todos los trenes.

Una sola voz, en Valencia, y dos pulmones. La auténtica obra de arte es esa: quien provoca bisagra entre la vida y la muerte, sin meter apenas ruido. La vida en voz baja grita verdades gigantescas e ininterrumpidas. Hay amor mientras sigue la vida. La ausencia es otra presencia. Sí, Antonio, unas frutas frescas pueden ser la mejor joyería de una gran mesa familiar. Enhorabuena.

Por Diego Medrano, El vigía de los colores

 

 

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