'El imperio de los sentidos', la provocación inmortal de Nagisa Ōshima

'El imperio de los sentidos» es un clásico de la cinematografía japonesa por méritos equivocados'.


Por Galo Abrain

La obra de Nagisa Ōshima, ha conquistado el corazón de los culturetas por el contexto de su parto, ya que en 1976, fecha de su realización, la censura a la que estaba sometido Japón -y por supuesto el mundo-, obligó a su director a realizar el montaje en Francia, esplendida tierra de comequesos, siempre con el angular cultural bien abierto y dispuesto a profundizar más allá de moralismos.

La productora Argos Film, hoy un referente del cine europeo, se arriesgó con ese peligroso gigante que, visto el porno al que tiene acceso ahora un niño con una Tablet, hoy mengua hasta convertirse en un triste y viejo molino. Bien, y ¿por qué digo que son los méritos equivocados los que la han hecho famosa?

 

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Fotograma de 'El Imperio de los Sentidos'


Porque más allá de su leyenda, del riesgo que corrieron sus actores y del revuelo que causaron sus explícitas escenas sexuales, 'El imperio de los sentidos' es una cinta que merece la pena ser vista, en los tiempos que corren sobre todo, para recordarnos qué significa el erotismo; esa líquida expresión de eternidad que lejos está de la pornografía, y cómo el amor, tenso, puro y descorazonador, puede llevarnos a la adicción y la autodestrucción; crueles, pero inexplicablemente bellas.

 

Basado en hechos reales

Este film narra la historia de Abe Sada, curiosa similitud nominal con el Marqués de Sade al que la historia real parece rendir homenaje, y de Kichizo Ishida, dueño, mejor dicho amo, del hotel en el que Sada trabaja.

Nuestra protagonista, hermosa representación de la abstracta e introvertida belleza nipona interpretada por Eiko Matsuda, carga con la pesada mancha de un pasado dedicado a la prostitución, habiendo sido una reconocida profesional en un lujoso, pero no por ello respetable, lupanar de Osaka.

A Sada, a la que no tardamos en guardar cariño cuando se presta a satisfacer las pasiones que despierta en un mendigo próximo a la posada con un amago de masturbación infructuosa, al pobre diablo no se le levanta, varias de sus compañeras le hacen la vida imposible. Tildándola de puta e indecente, Sada se desespera hasta el punto de amenazar, cuchillo jamonero en mano, a la más purista y rompemuelas de las trabajadoras del lugar.

Es aquí cuando Ishida, también exquisitamente interpretado por Tatsuya Fuji, que nos ha sido presentado con anterioridad en la primera escena del metraje donde se le ve practicando sexo de buena mañana con su parienta, interviene y queda prendado de la antigua meretriz, abordándola con el sutil, entiéndase la ironía, comentario de: 'Manos bonitas.¿Por qué usarlas para la violencia si pueden usarse para el placer?'.

En ese instante, y vestida la imagen de tonalidades claras y primeros planos que invitan a la incomodidad, centrados en la fascinante capacidad de los japos para decirlo todo con un gesto casi vano, comienza la vorágine sexual que se extenderá por los siguiente 110 minutos de película.

 

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La mítica escena del cuchillo protagonizada por Abe Sada

Japón se ha caracterizado, sobre todo entrado el siglo XX, en una bizarra hipocresía sexual

Inventores de cosas como el hentai, las máquinas expendedoras de lencería usada, el desarrollo de las más innovadoras muñecas sexuales, y esa curiosa idolatría de lo que Foucault llamó el ars erótica, el arte del erotismo, la sociedad nipona ha sido perversa en la intimidad y recatada, hasta bien entrado lo monjil, en la res pública.

'El imperio de los sentidos' da fe de esta contradicción, y pone de manifiesto cómo su cultura del honor y la pasión desmedida de los ideales los ha empujado a enrarecer sus apetitos. Sin embargo, la película no parece querer hablar de eso, sino más bien de dos cosas.

Por un lado, de la sexualidad cómo expresión de la jerarquía social, dónde los amos son respetables pervertidos y las mujeres impúdicas sumisas y, por otro, de cómo el sexo es la navaja que, bien afilada, alcanza a rajar el corsé de la dominación estructural.

Pero no todo en la obra de Ōshima viene destacado por el idealismo del contenido. La estética es el pincel con el que el director decide plasmar las tonalidades de lo innombrable, haciendo de los gestos una expresión polvorosa, y al mismo tiempo discreta, de la cultura japonesa y de la esencia del amor.

Ejemplo de ello es la primera felación practicada por Sada a Ishida, escena que, como otras, ha pasado a la posteridad por su explícita realización. Esta escena podría perfectamente contemplarse por muchos como pornográfica, pero profundizando nos percatamos de que está plagada de sensualidad, de sombras y errores carnales con los que se humaniza un acto natural e instintivo (hay que comer para vivir), que el ser humano ha desplazado tan religiosamente a las costas de la insalubridad mental y espiritual.

Es palpable la veracidad práctica con la que se realizó la película. El final de la susodicha escena es un grito a ese eclecticismo cultural de lo estético, pues cuando Ishida eyacula en la boca de Sada, acto que se llevó a cabo realmente, sin mejunjes raros, ni yogur de melocotón, esta derrama el semen con la dulzura picara de una niña, síntoma de esa extraña afición de los japoneses por la pureza, en muchos casos encarnada en lo infantil.

La sensualidad planea libre por casi todas las demás escenas, ejercitando el músculo de la intensidad y el descontrol, más potente a cada nuevo plano.

Sada y su amo dan comienzo a un romance inagotable que se da cita en hostales y pensiones, en las que las habitaciones se convierten en prisiones del placer durante días. Es en esos espacios donde transcurren la mayoría de las siguientes escenas.

También son los lugares en los que el apego de Sada, al principio compungida y obediente a los dictados de Ishida, pasa, poco a poco, a obsesionarse con su amante, a necesitarlo como el oxígeno, pues comparar la expresión de dependencia que germina en ella con una droga sería una banalidad.

El caso es que aquí Ōshima da un giro a los acontecimientos. La actitud distendida, empapada de superioridad y nihilismo de Ishida, quien llega en un momento a introducir sus dedos en la vagina ensangrentada por el periodo de Sada, para después sorber el líquido asegurando: '¿Qué diferencia hay?', se ve paulatinamente ensombrecida por el poder que la sierva despierta en sí misma a través del sexo que practican.

Es patente, a medida que avanza la película, que entre ellos nace una relación simbiótica, todo poderosa, que como toda posesión, se torna egoísta y déspota. Sada no tolera que Ishida esté con otras mujeres, e Ishida, quien jamás ha aceptado los dictámenes de nadie, no digamos de una mujer, termina cediendo ante el apego deífico despertado en sus entrañas por esa muchachita, joven y preciosa, que no tardará en anudarle una soga al cuello.

 

'Mi placer radica en darte placer a ti y obedecer todos tus deseos'.

 

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Una de las escenas más sensuales de la cinta de culto 'El Imperio de los Sentidos'

 
De esta unidad orgánica nacen las consiguientes bizarradas que vemos en la cinta. Huevos duros introducidos en la vagina de Sada, en plan aborto de la gallina, como expresión de hacer de cualquier cosa algo relacionado con el placer, un casamiento secreto donde las geishas, habitualmente acompañantes cultivadas y no obligatoriamente sexuales, terminan en orgía con la recién casada pareja, e introduciendo la cola de una pájaro de madera en el sexo de una de las geishas novatas.

Hasta una crítica a la gerontofobia, tan característica de la modernidad, expresada a través de un coito en el que Ishida mantiene relaciones consentidas por Sada, las únicas del film, con una anciana geisha de más de setenta años a la que, literalmente, el amo asesina del polvo, rematando, nunca mejor dicho, con la fantástica frase: 'Tuve la impresión de estar follándome el cuerpo moribundo de mi madre'.

No es difícil intuir que nos encontramos ante una producción arriesgada, más por la complejidad moral de la narrativa, que por lo explícito de las imágenes. El cenit de esta ópera cinematográfica de estímulos nos alcanza al final.

Los últimos minutos son, podría asegurar a ciencia cierta, aquellos que sobrecogerán a todo espectador y, de nuevo, no por lo explícito de la imagen, sino por la ternura con la que alcanza a disfrazarse el ansiado final de este mosaico sexual en constante equilibrio ante el abismo.

Cierto que antes de llegar se han producido situaciones que nos venían advirtiendo de ello. Sada comienza a precipitarse en los torbellinos calientes del dolor como última forma para experimentar un placer que se le queda corto.

Así comienzan los golpes, el eterno hambre sólo mojado por incontables jarras de sake, los ahogamientos, y esa necesidad por alcanzar una sensación, una vibración diferente que justifique su existencia.

Dolor y placer son naciones vecinas, a las que los humanos podemos rendir homenaje en sus fronteras haciéndonos con lo mejor de cada una. Desgraciadamente, pasear por la vasta planicie de los límites puede hacer que nos perdamos en la tierra equivocada.

 

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Uno de los clímax de la polémica cinta
 

Tanto Ishida, como Sada, acaban como el alma errante, desconcertada por no tener hogar, que se refugia en lo único que conoce, en la excepción que la mantiene con vida, que es su propia mente. Y es ahí, en ese extraño limbo de soledad atestado de materia, donde sale a relucir la locura, que no es sino la confirmación de que sólo nos poseemos a nosotros mismos.

Los dos amantes, solos en el mundo, incapaces de comprender algo que no sean sus cuerpos pudriéndose por un eterno deseo, terminan enloqueciendo, hasta el brillante punto final en el que, como dos adictos a poseerse, toman la decisión; mutua, hipnótica y elegante, de adquirirse para siempre.

Sada, quien ha demostrado ser la caprichosa alma que necesita absorber la vida, toma, con una cuerda alrededor del cuello, el alma sumisa, y debilitada de amor, de Ishida.

Una vez el corazón de su amante queda sin cuerda, Sada, como una mantis religiosa, corta el pene y los testículos de Ishida, disponiendo así eternamente de aquello que alimenta los agujeros negros de su aliento.

 

Escena final de 'El imperio de los sentidos'.

La leyenda cuenta que en aquellos años previos a la segunda guerra mundial, una mujer serena y embriagada de vida paseaba por la calles de Tokio con los órganos de su amante acunados en las manos.

El pueblo, todavía de mentalidad imperial, no la condenó, conscientes, como sólo los japoneses pueden serlo, de que el imperio de los sentidos es déspota y totalitario, caprichoso, incluso hasta la conquista de la cordura, y de la propia vida.

La verdadera Abe Sada tras ser arrestada en Tokio, 1936.

P.D. Imprescindible mención a la espectacular banda sonora de la cinta a cargo de Minoru Miki. Toda una delicia, esta sí, sin reservas sádicas, para los sentidos.

 

Os dejamos por aquí con el tráiler

 

Por Galo Abrain

 

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