Manuel Ferrol fotografió el drama de la emigración gallega

La memoria histórica gallega más reciente se sustenta, en gran medida, en miles de relatos sobre la emigración. De hecho, es tal el peso de la emigración gallega en Iberoamérica que a los españoles en el Cono Sur se les conoce como “gallegos”.

La historia recoge que sólo entre 1860 y 1970 alrededor de 1,2 millones de gallegos se vieron obligados a dejar atrás su tierra natal empujados por las hambrunas, la guerra y el franquismo.

Con el dinero justo para comprar el billete de barco; la incertidumbre de no saber qué encontrarían al llegar a su destino; y la maleta llena de esperanzas, hombres y mujeres, procedentes de todos los rincones de Galicia, se embarcaron para hacer las Américas.

 

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En el subconsciente colectivo de los gallegos, el drama de la emigración se describe con una emotiva y dolorosa imagen: un hombre con el rostro crispado por la pena acurruca el rostro lloroso de un niño al que consuela, pasándole el brazo alrededor de su cuello.

Es una fotografía tomada un 27 de noviembre de 1957 en la estación marítima de A Coruña. El hombre y el niño lloran por unos parientes que acaban de embarcarse en el transatlántico Juan de Garay rumbo al continente americano.

La icónica imagen forma parte de un reportaje que el veterano fotógrafo, Manuel Ferrol, hizo a petición de la Comisión Nacional Católica, antecedente de las ONG actuales, que organizaba la salida de los emigrantes gallegos hacia Suramérica. Los protagonistas del retrato fueron identificados años después como Xan y Xurxo Calo, naturales de Finisterre.

 

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Padre e hijo lloran al despedir a la madre que partía hacia Argentina (1957). Fotografía por Manuel Ferrol (1923-2013)

 

Este trabajo, que fue encargado oficialmente, no pudo ser publicado en España durante varios años debido a su crudeza, por su visión directa, totalmente contraria a lo que realmente le pidieron.

El cometido era contar una historia de reagrupamientos familiares, edulcorar la historia real del durísimo éxodo migratorio. Sin embargo, las sensaciones vividas por Ferrol en aquel momento le impulsaron a reflejar lo que sentía: una profunda y cruda tristeza por el destino incierto al que estaban a punto de enfrentarse cientos de compatriotas.

 

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Ferrol, junto a su inseparable cámara Rolleiflex, se coló en las salas de espera, en las improvisadas misas que se hacían en los almacenes de carga, en las oficinas donde se tramitaban los visados, en las escalerillas donde los que se iban se despedían de los que se quedaban. Estuvo allí todo el día, e incluso se subió al barco, y los acompañó hasta Vigo.

"Parecía un barco fantasma, no se oía nada, nadie hablaba", diría tiempo después el fotógrafo.

 

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El estilo empleado incorporaba rostros desenfocados, composiciones heterodoxas y luces demasiado saturadas. Todos estos “errores” enfatizaban el dramatismo del momento, mostraban el espíritu de quienes se iban y de quienes quedaban. Sus imágenes captaron, como nunca antes, el alma de los fotografiados.

Su trabajo ha sido y sigue siendo reconocido a nivel internacional, las fotos que componen este excepcional reportaje han sido expuestas junto a los trabajos de Robert Capa o Cartier Bresson.

Un merecido reconocimiento para Manuel Ferrol, un apasionado fotógrafo que, sin pretenderlo, fue capaz de capturar el profundo sentir de un pueblo que, sin quererlo, se vió obligado a acuñar la palabra morriña y convertirla en símbolo indiscutible de toda la nación.

  

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Manuel Ferrol: Web

 

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