La vuelta a la vida tras un “infarto social”

Patricia Fernández Martín ejerce como Psicóloga Clínica en el madrileño Hospital Ramón y Cajal. En el Servicio de Psiquiatría. Patricia pertenece al Equipo de Rehabilitación Cardiaca.
En el artículo que compartimos a continuación, nos explica los paralelismos entre el trauma provocado por un infarto y el trauma provocado por la pandemia. Traza una analogía entre sobrevivir a un infarto y al confinamiento.

 

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Foto, Timon Studler | Unsplash

 

El vídeo de Antonio Banderas promocionando Andalucía refleja, con gran emoción, lo que significa sobrevivir a un infarto y recuperar la ilusión por vivir. El lema ”sólo volvemos a la vida cuando nuestro corazón bombea nuevos sentimientos”, se asemeja al espíritu de trabajo en los equipos de Rehabilitación Cardiaca, que desde hace años, incorporan el trabajo psicológico para ayudar a los pacientes en su transición a su “nueva normalidad”.

En esta realidad poscoronavius, podemos encontrar similitudes, entre lo que significa adaptarse psicológicamente a convivir con el COVID-19 y a un evento cardíaco. Los pacientes que acuden a nuestras consultas, llevan años dándonos lecciones de lo que supone hacer frente a la aparición de un incidente nuevo, desconocido, repentino, amenazante, y de gran impacto sobre sus vidas, y con el que necesariamente hay que convivir porque está latente. Y de sus testimonios y vivencias, nos gustaría rescatar varias claves inspiradoras, para hacernos reflexionar sobre el posconfinamiento.

Para los que lo desconozcáis, en las Unidades de Rehabilitación Cardiaca, la intervención psicológica se integra en el contexto de un abordaje multidisciplinar junto a otras disciplinas: cardiólogos, enfermeros, fisioterapeutas, médicos rehabilitadores, nutricionistas…cuyo objetivo principal es dar respuesta a las necesidades del paciente con cardiopatía. Superado el riesgo vital del inicio, es fundamental conseguir una actitud adecuada para afrontar la enfermedad. Como decía Séneca: “el deseo de curarse es la mitad de nuestra salud, y el poder de la mente debe tenerse en cuenta para alcanzarlo”.

Es frecuente encontrar en algunos pacientes un estilo muy pesimista; o en el extremo opuesto, un estilo negador de la propia enfermedad. Estas reacciones, resultan similares a las que experimentan algunas personas en el tránsito ante la nueva normalidad. Unos han optado por una negación precipitándose a una vida “excesivamente” normal de forma irresponsable; mientras que otros, experimentan una reacción excesiva de ansiedad y se encuentran paralizados por el miedo. Resulta prioritario encontrar un “equilibrio sabio” entre las dos posturas, como cuando a los pacientes les ayudamos a evaluar de manera realista las repercusiones de su cardiopatía.

A medida que avanzan en el programa, comprenden la situación por la que han pasado, al proporcionarles información clara y coherente, que contribuye a reducir sus niveles de incertidumbre. Se reflexiona sobre lo sucedido, y se analiza con detenimiento los factores de riesgo que tengan que ver con un estilo de vida nocivo previo. Los clásicos, son de sobra conocidos: el tabaco, la hipertensión, el colesterol, el sedentarismo... mientras que los factores de riesgo psicológico (entre ellos, el estrés y el Patrón de conducta tipo A con rasgos característicos como la hostilidad y el inadecuado manejo de la ira), y que han demostrado gran repercusión sobre el estado de salud, son menos reconocidos socialmente.

Rescatando el símil del artículo, sería interesante detenernos en analizar qué factores de riesgo de nuestra vida previa al confinamiento podrían resultar nocivos (problemas laborales, inadecuado manejo del estrés, relaciones tóxicas…) y cuáles eran nuestros malos hábitos de vida previos; para que con coraje y valentía podamos enfrentarnos ahora en su mejor gestión, en caso de ser posible; y en caso de no serlo, aprender a manejarnos mejor emocionalmente ante esas situaciones con mayor templanza. Si no podemos resolver nuestros problemas, resolvamos nuestras emociones. Pero al igual que existen factores de riesgo en los pacientes, también encontramos factores de protección, es decir aquellas defensas o recursos psicológicos, que les han servido para adaptarse a otros eventos vitales impactantes, durante su vida previa al infarto; y que en este momento particular, también nos resulta relevante rescatar en nosotros, en nuestra transición a la nueva normalidad.

 

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Foto, Scott Stephens | Unsplash

 

En nuestras intervenciones, proporcionamos un espacio terapéutico a los pacientes en un entorno de seguridad, favoreciendo la expresión emocional de las dudas, temores, miedos, pensamientos y sentimientos sin juicios de valor, validando que son normales. Es decir, no patologizamos lo que es inevitable sentir tras haber experimentado que “has podido morir”.

Del mismo modo que ahora, no podemos patologizar reacciones normales de miedo, dudas, ansiedad ante el futuro ante una situación, que por mucho que tratemos de darle un matiz de “reto”, nadie en su sano juicio habría elegido. Pero también es cierto que las situaciones adversas, transforman nuestra visión de nosotros mismos, del mundo y del futuro, por lo que sería aconsejable no victimizar en exceso, y en vez de quedarnos anclados en el pensamiento: ¿por qué nos ha tocado esto? esforcémonos por transformemos esa rumiación en un afrontamiento activo: ¿a partir de ahora, qué puedo hacer en esta nueva situación? Y pueden servirnos de referencia las conductas saludables que todos tenemos muy claras cuáles son, al igual que los pacientes con cardiopatía.

Al margen de proporcionar técnicas concretas o dar pautas de una adecuada gestión del estrés, el trabajo terapéutico con los pacientes, se nutre de una reflexión existencial, junto con una acción comprometida acorde a sus valores personales y a sus necesidades.

Se trataría de integrar la filosofía estoica y epicúrea, a los nuevos tiempos tras el “infarto social” que hemos sufrido. Las mismas claves que trabajamos con ellos, pueden ser de utilidad en el ahora: detengámonos en distinguir entre lo prioritario y secundario de nuestras vidas; diferenciemos lo que está y lo que no está bajo nuestro control; analicemos cuáles son nuestras principales virtudes, y en qué podemos invertir el tiempo en nuestra nueva vida para llevarlas a cabo; establezcamos objetivos realistas y gestionemos el tiempo de una forma adecuada; vivamos con templanza; centrémonos en el corto plazo sin olvidar que podemos reilusionarnos de otra manera; practiquemos el autoconocimiento o meditación (desde el mindfulnes moderno, hasta las meditaciones de Marco Aurelio); aceptemos nuestras limitaciones, dejémonos de obsesionar por unas expectativas no realistas; sintámonos útiles en la sociedad donde vivimos y practiquemos la gratitud.. Nada de esto, es fácil sin esfuerzo y sin flexibilizar nuestros pensamientos.

 

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Foto, Victoriano Izquierdo

 

Lo que más nos emociona en nuestras Unidades de Rehabilitación Cardiaca, es el efecto poderoso y la ayuda que se proporcionan los pacientes entre ellos. La participación en estos programas favorece sentimientos de pertenencia e identidad, y sus conductas de cambio sirven de inspiración y de ejemplo entre ellos. La pandemia nos ha demostrado, que estamos desamparados sin el grupo. Es tiempo de cuando nos juntemos con nuestros amigos y con nuestros familiares, no nos dediquemos a celebrar de manera histriónica el desconfinamiento, sino que tratemos de poner en valor lo que nos ha ayudado a sobrellevarlo mejor verbalizando de lo que estamos orgullosos. Después de una experiencia compleja, se necesita un espacio de diálogo constructivo. Optemos por no aislarnos.

Diversos estudios científicos, concluyen que la inclusión de la intervención psicológica en los programas de Rehabilitación Cardiaca, favorece una reducción en la incidencia de estos trastornos. Recuperando la analogía, para que se reduzca la incidencia de una “nueva epidemia de malestar”, reconozcamos en primer lugar con humildad que no va a ser fácil, pero que nos esforzaremos en intentarlo. Y si lo necesitamos, porque nuestra vida se atasca y nos sentimos desprotegidos, pidamos ayuda. Como dice el anuncio de Antonio Banderas, que también sobrevivió a un infarto: “salgamos a vivir con ganas, disfrutemos de la vida con todo nuestro corazón”. Incrementar emociones saludables es necesario en esta transición, pero sin olvidarnos de nuestra razón. Seamos optimistas, pero prudentes. Nuestro corazón nos lo agradecerá.

Por Patricia Fernández Martín

 

Patricia Fernández Martín es Facultativo especialista en psicología clínica. Trabaja en el Hospital Universitario Ramón y Cajal, de Madrid. Licenciada en Psicología por la Universidad de Oviedo. Ha dado clases de ética empresarial en Cunef. Co-funder InquietaMENTE y organizadora de eventos en The Thinking Campus

 

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