Bastardos de la impaciencia: Byung-Chul Han y el tiempo de la posmodernidad

El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han es un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo.

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El ensayista y filósofo surcoreano Byung-Chul Han | Foto: Editorial Herder

 

Por Galo Abrain

La posmodernidad nos arrolló hace lustros con un frenesí ocioso desaforado, del que desprendernos es tan difícil como resolver los debates sobre los orígenes de nuestra existencia.

La fluidez con la que experimentamos nuestra cotidianidad ha quedado lejos de esa modernidad en la que los avances científicos, ideológicos, sociales y creativos sustentados en la razón, la lógica y la voluntad humana, emancipadas del ethos oprimido en el oscurantismo de la Edad Media, hicieron las delicias del desarrollo del conocimiento.

Para Byung-Chul Han, el filósofo favorito de la Era RR. SS., esta vetusta modernidad era un “tiempo con aroma”, pues en ella se produjeron unas circunstancias históricas que favorecieron la idea de un hombre proyectado al futuro suscrito, salvando las distancias de clase social, a la visión del ocio aristotélico. Un ocio según el cual la actividad contemplativa, entendida en el sentido clásico cómo la búsqueda de la verdad a través de las artes y el conocimiento era el camino a la felicidad, a la eudaimonía.

Según el coreano, Midas indiscutible del pensamiento posmoderno, hemos abandonado ese tiempo de progreso. Nos hemos desviado de esa visión del tiempo con “sentido histórico” que nos dotaba de la capacidad de percibir un “tiempo con aroma”, para caer en una disincronía; que básicamente supone enfrentamos a una atomización del tiempo. Dicho de otra forma, hemos roto con el concepto de linealidad del tiempo y hemos trascendido a una sucesión de experiencias vividas unas detrás de otras sin transcendencia. Han determina que la posmodernidad nos ha empujado a un mundo donde nada concluye, nada comienza y no vamos a ninguna parte. Nuestro único valor seguro se ha refugiado en el rendimiento lo cual, sumado a la angustia existencial, nos ha llevado a acabar con la contemplación. ¡Currad, malditos, currad! ¡Comprad, malditos, comprad!

"¿Y qué más da?" dirán algunos, "si la única contemplación que he vivido fue empanándome en clase de historia porque a mí eso de la Guerra del Peloponeso me la traía floja", pues Byung-Chul Han, la versión intelectual del guaperas japo de Fast and Furious Tokio Race, apunta a la desaparición de la experiencia y del conocimiento, sustituidos por la vivencia y la información. Debemos entender que la experiencia y el conocimiento están sometidos a una visión lineal del tiempo acumulado, a un pasado atado a una memoria, mientras que la vivencia y la información son elementos erigidos sobre el instante y los datos, ambos elementos vaciados de tiempo.

 

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Escena de Byung-Chul Han en Seúl y Berlín, documental de I. Gresser. 

Veamos…a un servidor esto le venía recordando al leerlo, y ahora lo comparte con infiel humildad, a Nietzsche y a su visión del “Ultimo Hombre”; un ser individualista, mediocre, conformista, únicamente obsesionado con su cuerpo, su salud, la evasión de la muerte y, consiguientemente, con lo único que percibe real, su yo- seamos sinceros ¿quién no conoce a ese tío? Hay mañanas que hasta yo me acojono de verlo reflejado en el espejo-.

Y es que este sujeto, que a mí me suena muy posmoderno, con valores luteranos respecto al privilegio del trabajo productivo sobre el valor contemplativo, percibe un tiempo sin rumbo ni narración donde se ha convertido en un “turista”, en términos de Han, que vive series de acontecimientos distintos como iguales y tiende a aniquilar la espera, en vez de ser más como un “peregrino”, que atesora los intervalos que organizan su existencia con un destino y un ayer.

Como podemos observar, Han nos plantea un ideal estético de la belleza sostenido sobre la contemplación, sobre la idea de un tiempo que transcurre con “sentido histórico”, viviendo pasado, presente y futuro y no un eterno ahora vacío de contenido.

Para él resulta imprescindible el ocio vivido como la tarea, y no como la excusa para la continuación del trabajo ludificado, que hace de los intervalos no productivos meros momentos de desconexión, sin nada que ver con el reclamo del autor, el del “tiempo festivo”, durante el cual se vive una recreación y una durabilidad demorada del tiempo.

En otras palabras, para este hegeliano con dificultad para la lectura ágil- ojito que es él mismo quien lo admite-, pretender que nuestro ocio sea una excusa para producir más y mejor- me suena de algo esto…como si me oliese a mindfulness- es una forma de eviscerar su objetivo de producir en nosotros una memoria lineal, con historia, y no un simple punto y aparte en nuestras vidas, como un sándwich mixto de madrugada al que le agradecemos evitar acabar como el Santo Bebedor de Joseph Roth; ayudándonos a empapar la priva, pero del que no nos acordaremos ni aunque se lo regalemos al váter a la mañana siguiente con un lacito y purpurina.

En definitiva, EL TIEMPO. El tiempo, debemos tener presente, es condición sine qua non para la belleza… La durabilidad demorada del tiempo es el elemento intrínseco de la creación y la pulsión estética del Eros. Un tiempo que requiere aroma, como un buen vino que alumbra con los años matices cada vez más tiernos y reservados, y que desgraciadamente se vuelve, a medida que envejece la humanidad, más inocuo y pervertido por el frenesí utilitarista de la posmodernidad.

Por eso lean esto con atención, con calma, sin prisas, dejando que las palabras violen todo aquello que habían dado por sentado previo al encontronazo con este artículo. Pásenselo a sus enemigos, los amigos ya lo habrán leído, y hagan lo posible por contemplarse a sí mismos y cuanto les rodea, sin apartar la vista de lo importante; recordar que alguna vez lograron ver.

 

Por Galo Abrain