Mi mujer dice que me he convertido en una vieja del visillo. Debe ser porque he acercado el sillón a la ventana y me paso mis ratitos observando lo que se mueve. Al principio no lo hacía por gusto, pero ahora se lo he cogido.
Me entretengo jugando a conseguir ver a cinco vecinos en sus casas y seguirlos en sus quehaceres. Tienen que ser cinco. A veces tardo un par de minutos, a veces toda una tarde. Me fijo en cómo se mueven, con qué se distraen, a qué hora suelen estar.

Mi mujer cree que lo hago por puro cotilleo, pero en realidad es una forma como otra cualquiera de sentirme parte de su cotidianeidad. Porque mira que es triste vivir a centímetros, pero a años luz de lo que de verdad importa. Y yo no puedo evitar que me duela esta intimidad sin vínculo, esta cercanía sin consecuencias, como si de alguna manera hubiésemos firmado un pacto para compartir el ruido pero no la vida.
Por eso me imagino quitándome las alpargatas y tirándome al sofá con ellos «¿a quién le cantan tanto los pies?», dándonos los buenos días en pijama o compartiendo la paella de los domingos «hoy se te ha quedado algo dura, Amparo».
En invierno, por lo general, para llegar a cinco hay que esperar a que el sol se vaya y enciendan las luces, o a que su sombra quede atrapada entre la ventana y la televisión. Cuando el buen tiempo empieza, las formas de encontrárselos se multiplican, pero también la dificultad; ya no hay luces artificiales que los proyecten, la vida ocurre ahora en la calle.
A Vicente y María suelo verlos leer en la terraza. Laura tiende la ropa. Alberto riega las plantas con la mitad de una garrafa recortada.

La hija pequeña de Carmen tira el móvil a la cama y coge el libro en cuanto alguien entra en la habitación. Silvia no para de hacer collages.
Al señor Eusebio le sigue dando miedo abrir la ventana por si la brisa traicionera de estas fechas le juega una mala pasada. Choco es al único al que veo en cualquier época dándole a su pelota en el patio del bajo. Como también a Johana, que monta puntual a las 9 la terraza del bar de enfrente.
Si estamos de suerte, el acontecimiento de mayor épica ocurre en primavera a eso de las 20 h. Marisa, que debe rondar los ochenta y cinco, con la actitud adecuada pero hecha la pobre un ovillito, comienza a correr una maratón a lo largo de su terraza en L con dos puertas.

El observador impaciente o poco adiestrado podría obviar el tipo de competición que aquí se narra, porque Marisa es una corredora atípica.
Después de perderse por un extremo de la terraza, Marisa se queda un rato en el interior de su casa —quizá tumbada en el sofá, quizá echando mano de un refrigerio—, para salir de nuevo a toda prisa —a veces por la misma puerta por la que ha entrado— hasta que por fin alcanza el otro lado. Y vuelta a empezar. La carrera suele durar aproximadamente cinco minutos, o hasta que empieza Pasapalabra.
Algún día me los he encontrado por la calle y he sonreído como una boba «a ver si el Valencia este año se salva antes de la última jornada, menuda fiesta se corrió anoche Carlos el del segundo», pero ellos miran hacia otro lado. No lo hacen por mala educación, no: es que no me conocen. Como yo tampoco a ellos, ni siquiera sus nombres. Entonces, bajo la mirada al suelo y sigo mi camino mientras me golpea la sinrazón de haber levantado entre nosotros muros de tres capas de hormigón.
Tal vez no haya sido por desinterés, sino por esta telaraña de pudor moderno que ahora lo cubre todo. O tal vez por haber entendido que conocer al de al lado implica necesariamente algo peligroso: la obligación de importarnos.
Texto de: La Vermutera