El humor es algo tan complejo como la vida misma. No a todas las personas nos hacen gracia las mismas cosas porque no todas las personas sabemos hacer humor de lo que nos ocurre. Eugenio supo hacer humor, aunque jamás tuvo ganas de reírse.
Unas gafas de sol, un cigarro, un combinado en vaso de tubo y una camisa negra le bastaron a Eugenio Jofra Bafalluy (1941-2001) para llegar al corazón, la cabeza y la risa de millones de espectadores en las décadas de los años 80 y los años 90.
El narrador de chistes barcelonés, como a él mismo le gustaba denominarse, llevó a la carcajada a su audiencia a través del cinismo, la seriedad, la sobriedad y el desencanto más absolutos, ese mismo desencanto que habitaba detrás del personaje que se bajaba del taburete y del escenario después de cada actuación.

Las armas de este joyero reconvertido en humorista fueron básicamente dos. Una frase que convirtió en su seña de identidad: «Saben aquel que diu…?» y el manejo de unos silencios que lo hicieron un maestro del control narrativo.
Hasta en los momentos en los que exponerse al público empezaron a ser una tortura y esos silencios era más una muestra de su deterioro que de su genio, supo hacer uso de ellos a su favor. Porque si una cosa supo hacer Eugenio, fue convertir en su fuerte las debilidades de un hombre lleno de dudas y tristeza.
El motor que puso en funcionamiento esa máquina de la risa que llegó a acumular más de 50.000 chistes diferentes en su carrera, fue una mujer: Conchita, la morena más guapa de Sierra Morena. Los hijos que tuvieron juntos y todos sus allegados dicen que fue ella la responsable tras el éxito del humorista más oscuro de la historia española.
Eugenio estaba a punto de casarse en 1965 cuando se cruzó en su vida Concepción Alcaide, una joven onubense delineante de profesión, que sin embargo soñaba con la canción. El flechazo fue tan inmediato, que Eugenio anuló un matrimonio en ciernes y se casó con Conchita dos años después.

«La artista era mi madre. Cuando se conocieron, mi padre era joyero y ni se le había pasado por la cabeza subirse a un escenario».
Gerard Sofra, primer hijo de Eugenio y Conchita.
Juntos formaron el grupo Els dos llegando a participar hasta en Eurovisión. Conchita cantaba y Eugenio la acompañaba con la voz y la guitarra. Les empezaron a surgir muchas actuaciones, pero al no tener un repertorio demasiado amplio, sus shows los rellenaban en muchas ocasiones con algún que otro chiste. Cuando la gente empezó a acudir a sus actuaciones esperando los chistes en vez de las canciones, Conchita entendió que debía cederle el espacio a esa estrella que acababa de empezar a brillar en mitad de sus sombras.
Justo en el momento más dulce de Conchita y Eugenio, a ella le detectan un cáncer de mama, una noticia que producía una enorme grieta en la fulgurante carrera del humorista y en el alma del hombre. Llevaron el fatal destino de Conchita tan en secreto, que ni siquiera los hijos supieron de qué moría su madre hasta pocos días antes de romper el vínculo más fuerte que habían creado en sus vidas.
Conchita fallecía en 1980 dejando a dos hijos de 11 y 8 años y a un marido que tradujo su pérdida en un descenso a los infiernos que lo convirtieron en un padre ausente y una persona con una irremediable tendencia a la autodestrucción.
Cuanto más subía la fama y la popularidad del artista, más se hundía en un pozo que lo llevó a tener diversas adicciones y a buscar la esperanza en refugios como el esoterismo, el ocultismo e incluso una carrera como pintor que duró 5 años. Pintar, decía, que era algo que sólo tenía que hacer para él y que además, le ayuda a conectar con un universo que describía como perfecto. Para Eugenio, lo único que desequilibrara la armonía del cosmos y la galaxia era el ser humano.
Eugenio tuvo otras relaciones, un tercer hijo e incluso otro matrimonio, pero la depresión que tuvo en sus últimos años junto con el intento de varios interesados en que resurgiera su genio y rentabilizarlo, lo llevaron a un final prematuro y que además, se convirtió en el broche fatal de una vida llena de luces y sombras.
El día que nació su primera nieta, Eugenio fue a conocerla y al despedirse de su hijo, le confesó que ni siquiera el hecho de haberse convertido en abuelo le daban fuerzas para seguir adelante, que quería morirse. Su hijo le dio un abrazo que sabía que era el último, y lo acompañó a la puerta hasta que desapareció detrás de ella. Desapareció para siempre.

Al día siguiente, Eugenio quedó para tomar unas copas con unos amigos que fueron los testigos de su último chiste: murió de un infarto mientras daba sus últimos pasos de baile en la pista de un pub que presenció la actuación que fundió en negro al mito.
Sus hijos confiesan que su padre nunca superó la muerte de Conchita, que durante años llevó su DNI en la cartera y su alianza de boda colgada de la cadena con esa cruz que no se quitó jamás. Cuentan, también, que su padre murió de pena, habiendo amado mucho a su mujer y arrepentido por sus errores.
Es una paradoja corrosiva que una persona que supo hacer reír a los demás, muriera de pena. Es un mal chiste que uno de los mejores humoristas de este país, jamás supiera reírse.