Ni logros, ni reconocimiento: el verdadero lujo es vivir sin prisa

Ni logros, ni reconocimiento: el verdadero lujo es vivir sin prisa

¿Hay mañanas en las que abres los ojos antes de que suene la alarma del despertador y, aun así, sientes que ya vas tarde? Es normal, vivimos con prisas. O sería mejor decir que no vivimos por la prisa.

Texto de Jennifer Delgado.

La sensación de estar siempre corriendo, siempre ocupados, siempre con retraso, se ha convertido en la banda sonora de nuestras vidas. Y eso puede hacernos más productivos, pero no nos hará más felices ni más conectados con quienes amamos. Porque cuando vivimos acelerados, dejamos de prestar atención a cómo vivimos. Por ese motivo, el verdadero lujo moderno no es tener éxito o alcanzar el reconocimiento, sino tener tiempo para ir con calma.

Fotografía de Cultura Inquieta.

¿Por qué tenemos tanta prisa? Un legado industrial y un sueño roto
La idea de que la velocidad y la eficiencia son intrínsecamente buenas es bastante reciente. Hasta la Revolución Industrial, la mayoría de las personas trabajaba la tierra o eran artesanos, de manera que iban a su propio ritmo, como cuenta Brian Merchant en el libro Sangre en las máquinas (que recomiendo).

Obviamente, sentían la presión de obtener resultados y rendir porque su bienestar dependía de ello, pero podían gestionar su trabajo. Tenían el control del tiempo. Con la llegada de la industrialización todo eso dio un vuelco radical.

Las fábricas no solo llegaron con sus máquinas, sino también con los relojes, que impusieron una lógica de horarios, productividad y aceleración.

Al final, esa lógica acabó traspasando los muros de las fábricas e impregnó la vida cotidiana. El tiempo dejó de ser una experiencia propia y subjetiva para convertirse en una unidad de producción y rendimiento.

Chloe Jiang.

Curiosamente, en 1930 el economista John Maynard Keynes había hecho una profecía que hoy vuelve a ser extrañamente familiar ya que encierra la promesa recurrente de que las máquinas (o la IA) nos permitirán trabajar menos.

Keynes estimó que a medida que aumentara la productividad, el tiempo libre sería abundante y reduciríamos las horas de trabajo. Predijo que en 2030 solo trabajaríamos 15 horas semanales.

Obviamente, su vaticinio no se cumplió. Las semanas de 40 horas laborales (o más) siguen siendo la norma, pero lo peor es que corremos mucho más que hace siglos.

Producimos más, pero nuestras necesidades (las inoculadas por el sistema) se han multiplicado, de manera que también pagamos más, por lo que sentimos que el tiempo no nos alcanza y necesitaríamos que el día tuviese al menos 48 horas.

Fotografía de Cultura Inquieta.

Las consecuencias de vivir siempre acelerados
Detente un segundo e intenta rememorar cuándo fue la última vez que realmente disfrutaste un momento sin pensar en lo siguiente que tenías que hacer. Quizá ni siquiera lo recuerdes.

La prisa tiende a empañar nuestra percepción del tiempo y la experiencia emocional. Cuando comes sin saborear, hablas sin escuchar del todo y caminas pensando en lo que tendrás que hacer a continuación, es normal que gran parte de tu vida se vuelva borrosa e inasible.

Con una agenda saturada de tareas, obligaciones y distracciones, vives con una sensación de urgencia permanente que, a la larga, le pasará factura a tu bienestar. De hecho, la prisa no es inofensiva.

La tensión continua y la falta de espacios de descanso mental se han relacionado con un aumento del estrés, el cual puede alterar el funcionamiento del sistema nervioso y la química cerebral, afectando tanto tu estado de ánimo como la salud.

Vivir corriendo aumenta el riesgo de desarrollar ansiedad, ocasiona alteraciones del sueño y, en no pocos casos, causa niebla mental ya que altera el pensamiento y la atención. Sin embargo, eso no es lo peor. Lo peor es que te empuja a vivir en piloto automático.

Cuando te limitas a correr de una obligación a otra, pierdes el contacto con tus sensaciones internas, te desconectas de ti mismo y se difumina el sentido de propósito que da significado a tus acciones. Como resultado, la prisa no solo desgasta, te roba la vida porque vas por el mundo funcionando en modo hacer en vez de preocuparte por ser.

Fotografía de Cultura Inquieta.

Vivir sin prisa, un acto de amor propio
Cuando vivimos deprisa, acelerados con la ilusión de ganar tiempo, en realidad pensamos cada vez menos, sentimos menos y, en muchos sentidos, vivimos menos. Por ese motivo, intentar vivir sin prisas es un acto de reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestras necesidades.

Implica decirnos que no somos máquinas, que nuestra mente y nuestro corazón requieren espacio para sentirse, reflexionar, conectar y descansar.

Ese lujo moderno es, hoy por hoy, una de las formas más radicales y necesarias de amor propio que podemos cultivar.

Cuando reducimos la velocidad empezamos a notar detalles que antes pasaban desapercibidos: la flor al borde del camino, la belleza del sol al caer la tarde, la magia del silencio compartido con una persona cercana o simplemente el placer de estar a solas con uno mismo.

Fotografía de Cultura Inquieta.

Por supuesto, soy consciente de que no podemos simplemente pedirle al mundo que se detenga. Sin embargo, a veces bastan pequeños actos para cultivar una vida más plena. Puedes empezar con gestos simples que te vayan devolviendo al presente:

Comer sin distracciones electrónicas para que puedas saborear cada bocado sin apuro.
Caminar prestando atención a tu cuerpo y al entorno, en vez de ir pensando en la próxima tarea que te aguarda.
Escuchar atentamente a un ser querido sin anticipar la respuesta. Solo escuchando.
Reservar cada día unos minutos para la contemplación y levantarte solo cuando sientas que ha llegado el momento.
Preguntarte más a menudo qué te apetece hacer realmente, en vez de moverte solo por las obligaciones.
Estos actos parecen sencillos, pero reconfiguran nuestra relación con el tiempo y con nosotros mismos. Nos devuelven, poco a poco, la capacidad de estar aquí y ahora, para recuperar el lujo de vivir sin prisas.

Texto de Jennifer Delgado.

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