Hay días en los que no ha pasado nada… pero dentro de nosotros ya ha pasado todo. El cuerpo se despereza, el café humea, la ciudad arranca… y, sin embargo, hay una tristeza que se instala como una neblina en el pecho.
¿Por qué? ¿Quién la puso ahí?
Julio Ramón Ribeyro lo intuyó con una precisión que solo tienen los poetas silenciosos: “Dentro de nosotros hay como una oficina meteorológica que emite cada mañana su parte sentimental”.

Un boletín invisible que anuncia si estaremos en calma, en cólera, en llanto o en fiesta. Sin explicación. Sin control.
Ribeyro fue uno de los grandes narradores peruanos del siglo XX. Maestro del cuento breve, caminante solitario de las ciudades y del alma humana, dejó en sus obras un mapa íntimo de pensamientos, intuiciones y estados de ánimo.
«Prosas Apátridas» de Ribeyro es una obra literaria que explora nuevas formas de representar una realidad fragmentada, a través de pensamientos, ideas y aforismos.
El estilo elegante y preciso de Ribeyro, y su enfoque en las cosas pequeñas para la historia de la humanidad pero grandes para sus protagonistas, lo sitúan dentro de la tradición de escritores como Maupassant y Carver.

Escribía con una sencillez que nunca era simple, con una melancolía lúcida que hacía visible lo invisible. Le importaba lo que nadie cuenta, lo que parece no importar, lo que sentimos cuando nadie nos ve.
A veces, cuando más esperamos luz, llega la sombra. Y otras, cuando todo parecía perdido, una mirada, una música, un gesto nos cambia el día entero.
Quizás amanecemos tristes porque sentir —incluso sin motivo— es una forma profunda de estar vivos. Porque la tristeza no siempre es un error: a veces es solo el cuerpo dándonos la oportunidad de parar, de mirar hacia adentro, de escuchar lo que solemos silenciar.
Y porque, como el clima, el alma también cambia.
Y siempre, siempre, vuelve a salir el sol.