Hay un desvío, justo después de la ermita, que lleva directamente a una especie de felicidad. Es el que reza que quedan cinco kilómetros para llegar al pueblo, una carretera de curvas con los paisajes todavía pelados por los incendios de hace unos años, pero en los que, poco a poco, empieza a volver la vida.
Alguna familia de corzos suele darnos la bienvenida cuando llegamos, justo a la caída del sol.
Otro agosto más, y van muchos, hemos llegado al pueblo.
Acaba de celebrar sus fiestas y todavía está cubierto de banderines de colores. El aire cambia nada más entrar, hoy hay solano, el calor reina y las sillas en las puertas le ganan el pulso. Entonces llega la encuesta formal: «¿Cuándo habéis venido? ¿Hasta cuándo os quedáis? ¡Qué grande está el chiquillo!».
Una encuesta que, en realidad, es un abrazo; una forma de decirte que alguien ha reparado en que has vuelto, de preguntarte cuánto tiempo vas a estar antes incluso de preguntarte qué tal te va. En las capitales, donde a nadie le importa demasiado cuándo has llegado y quizá tampoco cuándo te vas, esto parece una cosa pequeña, pero aquí no lo es.
Cuando llevas un par de días, notas cómo la relajación se va instalando en todos los campos de tu vida: en el sueño, en el pulso, en la tensión —a mí me baja a índices propios de una persona que ya no está en este plano—, en la ropa, en el pelo, en las urgencias.
La única prisa consiste en ir pronto a coger número el día que llega el tío de los congelaos o el del pescao, o en conseguir mesa en el bar antes de que se llene. Y ya está. El resto puede esperar.
Quizá por eso me gusta tanto estar aquí: el amanecer con los pájaros, desayunar uvas e higos recién cogidos por mi padre, la siesta de la que despiertas también en otro plano de la existencia, como si durante un par de horas hubieras cambiado de planeta.
La tapa del mediodía con los paisanos, los bancos de la plaza tomados por justicia poética por los más mayores del lugar, la piscina que fue alberca mirando a los pinos, ir a la panadería juntando monedillas y empezar a oler el pan dos calles antes de llegar.
Me gusta saludar a mis vecinas y comprobar que siguen ahí un año más, como una garantía de que hay cosas que, por mucho que crezcas, permanecen.
Y la charanga, que sigue tocando pasodobles por las calles durante las fiestas, las campanadas de la iglesia que dan todas las horas aunque una madrugada te despierten de golpe y te hagan pensar que estás teniendo un infarto, pero me gusta, sobre todo, ver cómo los vecinos continúan sacando sus sillas a la puerta para tomar el poco fresco que baja de la sierra.
Hay algo profundamente político en ese gesto, aunque nadie lo haga pensando en política: sentarse en la calle con los demás me parece un acto de resistencia al individualismo, al paso del tiempo, al mandato de una sociedad que nos quiere consumiendo rápido y ferozmente, produciendo, contestando mensajes, mirando pantallas, llegando tarde a todas partes y creyendo que descansar es perder el tiempo.
Aquí solo hay un reloj, el del campanario, y mide los minutos de otra manera: en conversaciones, en silencios, en quién se ha sentado ya en la plaza, en cuánto hace que no pasa un coche.
Cuando estoy en el pueblo siento que soy alguien. Que formo parte de algo. Que el resto me importa y que, de alguna manera, yo también le importo al resto.
La vida quizá sea menos dura aquí que en la ciudad, o quizá solo lo parece en agosto, cuando todavía cuelgan los banderines de la verbena y el invierno queda lejos, con su frío y esa amenaza silenciosa de que cada año falte alguien más.
El pueblo en fiestas es un espejismo de lo que podría ser la vida si dejáramos nuestras existencias ajetreadas en las ciudades y nos mudáramos aquí con nuestra relativa juventud, nuestros talentos, nuestros sueños y nuestras tristezas, todo puesto al servicio de una comunidad que todavía sabe quién eres.
A esa España que dicen vaciada yo muchas veces la veo más llena de verdad que ningún otro sitio. Llena de cosas que en otros lugares hemos ido perdiendo sin darnos demasiada cuenta: tiempo, conversación, memoria, vecindad, aburrimiento, tiendas donde todavía conocen tu nombre y bares donde una tapa puede convertirse en una sobremesa de tres horas.
Quizá romantizo la vida del pueblo porque no vivo aquí, diréis, y quizá sea verdad. Porque también es cierto que aquí una, al ser conocida y, en ocasiones, incluso querida, pone al servicio de la comunidad su vida, su intimidad y sus miserias.
Aquí saben quién eres, quién es tu padre, quién era tu abuelo por el mote, dónde estudiaste y cuánto tiempo llevas sin venir. No hay anonimato, y el anonimato, en determinados momentos de la vida, también es una forma de libertad.
Pero ¿no es un buen precio a pagar? Creo que aquí la soledad es menos sola, que el hambre es menos hambre, que el tiempo se estira como un chicle y que la vida se para un poco, como un planeta cuando frena su ritmo y entra en retrógrado: sigue ahí, pero más despacio.
Este año, además, he visto un eclipse en el pueblo, mirando a los pinos, entre las montañas que separan La Mancha de Andalucía. ¿Dónde mejor? Un eclipse total desde un pueblo de cuatrocientos habitantes.
Y pensé que la belleza del mundo debería ser, precisamente, un regalo para todos, también para los lugares pequeños, también para los pueblos que envejecen, para esos sitios a los que el fantasma del envejecimiento amenaza con borrar del mapa como si fueran una línea mal trazada.
Porque, además, esta zona fue mar. ¿Te lo puedes creer? El mar de Tetis. Durante millones de años, buena parte de esta tierra estuvo cubierta por un océano cálido y poco profundo. Y ahora aquí hay pinos, conejos, zorros, jabalíes y olivos.
Una vez, cogiendo aceituna con mi padre en una pendiente donde no pueden entrar los tractores, encontramos un fósil de una esponja marina. Una esponja marina. Aquí. En plena Sierra de Segura, donde los vientos ábrego y solano peinan las laderas y hoy corren animales que nada tienen que ver con aquellos que un día nadaron por aquí.
Un día, en este mismo lugar, hubo un mar. ¿No es un sueño?
Quizá por eso pienso tanto en todo lo que habita en los pueblos y que poco a poco va desapareciendo en otros lugares, como desapareció el mar de Tetis: las relaciones, las fiestas en comunidad, las albercas, las puestas de sol, las tiendas locales, los bancos ocupados por los más sabios del lugar, las sillas al fresco, las conversaciones sin mirar el reloj, las campanas, el olor del pan, los vecinos que siguen ahí. Los corazones abiertos. Todo eso que parece pequeño hasta que un día deja de existir y entonces descubrimos que era enorme.
Quizá los pueblos no sean solamente lugares que hay que salvar porque pierden habitantes. Quizá también tengan algo que enseñarnos a nosotros.
Que una vida no tiene por qué ser una carrera. Que cuidar de alguien también es una forma de riqueza. Que saber cuándo has llegado y cuándo te vas puede ser una forma de amor. Que cuatrocientos habitantes pueden ser suficientes para que nadie sea completamente invisible. Que una silla en la puerta puede ser una declaración de principios. Que no todo tiene que servir para algo.
Y quizá por eso, cuando llega el día de marcharse, cuesta tanto.
Cogemos el coche cargados de maletas, de vivencias y de productos que solo existen aquí: tomates que saben a tomate, aceite de la cooperativa, melones, higos, alguna botella de vino, pan, embutido y esas bolsas que mi padre insiste en que nos llevemos porque «eso allí no lo vais a encontrar».
El coche va demasiado lleno y nosotros también. Salimos del pueblo con la sensación de que hemos metido en el maletero cosas que no caben en ningún maletero: las conversaciones de la plaza, las tardes interminables, el olor a pan y a la parra, los pasodobles, los pájaros de la mañana, el eclipse sobre los pinos, las voces de quienes nos preguntaron cuándo habíamos venido y hasta cuándo nos quedábamos.
Deshacemos la carretera de curvas. Volvemos a pasar por los paisajes de la sierra, por los pinos, por los lugares donde quizá volveremos a ver a los corzos el año que viene. Y llegamos al desvío de la ermita.
El mismo.
El que a la venida decía que quedaban cinco kilómetros para llegar al pueblo.
El que llevaba directamente a una especie de felicidad.
Ahora no lo veo.
No puedo. Me lo impiden las lágrimas.
Eso es el pueblo, un lugar al que una llega creyendo que va a pasar unos días y del que termina marchándose con la sensación de haber estado, por un rato, exactamente donde tenía que estar. Un lugar que quizá no podamos habitar todo el año, pero que nos recuerda cómo queremos habitar el mundo.
Hasta el año que viene.
