«La muerte está mal hecha», una reflexión sobre la suerte de vivir

«La muerte está mal hecha», una reflexión sobre la suerte de vivir

Pero que muy mal hecha. De repente llega, te pisa lo fregao, arrasa con todo lo que conocías y se larga, tan pichi.

Ni siquiera te ofrece un tiempo de transición, de hacerte a la fechoría que está a punto de cometer; una especie de tercer grado por el que no puedas ver al ser querido por las noches o, qué sé yo, martes, jueves y sábados, pero que después regrese y sea como siempre ha sido.

Texto de La Vermutera

Fotografía vía Pinterest.

Así el cuerpo se acostumbra a lo que el alma nunca podrá, pero al menos se da un empujoncito a lo fisiológico, que no está de más.

Lo que tampoco estaría de más sería darle una vuelta a la tradición, tan española como deshumanizada, del tanatorio y el entierro multitudinario; la pérdida lo que pide es introspección, un tiempo para lamerse las heridas y saber por dónde te da el aire.

No sé a quién se le ocurrió que podría ser una gran idea lanzarse al escrutinio social con los huesos rotos y la brújula desnortada. Al menos no de esa manera. Al menos no tan pronto.

Fotografía vía Pinterest.

Dicen que nos falta comprender la muerte, y yo creo que no hay nada que comprender, que, sencillamente, llega y que lo que tenemos que hacer es aprender a integrarla como parte de la vida. ¿Qué sentido tiene vivir de espaldas a la única verdad inexorable?

Séneca no paraba de darle la vara a Lucilio para que pensara en ella con frecuencia y así no le sorprendiera; anticipar el peor escenario, decía, nos hace más fuertes ante la realidad. Yo, frente a semejante afirmación, no puedo sino confesarme vulnerable.

No soy heredera de la virtud romana. Me veo incapaz de sobrellevar la pérdida de mi mujer, de mis padres, de mi hermana, de mi gatita, la mía propia.

Así que he pensado en invertir la enseñanza: si no voy a poder amortiguar la caída, al menos me gustaría no perderme cada etapa del viaje; estar atenta a las texturas, a los cambios de compás; dejar de una vez por todas de acostumbrarme, de ver en la suerte de tenerlos, rutina.

Fotografía vía Pinterest.

Desde ahora quiero aprender a escuchar una sobremesa sin pensar en lo siguiente, a ponerle nombre a lo que sienten antes de que ellos lo sepan, a discutir sabiendo que incluso las discusiones son un privilegio doméstico.

Uno cree que la vida ocurre fuera, pero la vida sucede sobre todo en una cocina cualquiera, en un sofá vencido, en el silencio compartido que no incomoda.

Disfrutar de los tuyos no es hacer grandes planes, es llegar a tiempo: a la historia repetida, al gesto mínimo, a anticipar que el Madrid ha jugado fatal pese a ganar 5-0, a lanzar ratones de juguete una y otra vez, a darnos cada mañana los gumonin con tono infantil.

Es quedarse un poco más cuando ya te ibas. Es, sobre todo, entender que todo esto, ellos, tú, este instante, no se repite. La muerte está mal hecha. La vida, no.

Texto de La Vermutera

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