Todo en la vida tiene su antítesis, el calor tiene al frío, el día tiene a la noche, lo dulce tiene a lo amargo, el ying tiene al yang, la cal tiene a la arena o la luz tiene a la oscuridad, pero el concepto de antítesis o contrario, no tiene por qué llevar implícita una connotación negativa.

Sin ir más lejos, siempre hemos preferido a los perdedores que a los ganadores. Nuestra empatía, a menudo, nos ha hecho posicionarnos del lado del outsider, del que va contracorriente, del que no lo tiene fácil, del misántropo de manual y del que no consigue lo que quiere o no consigue que lo quieran.
La memoria infantil y adolescente de muchos de nosotros destila olor a loser, una esencia que permanece intacta al hacernos adultos y contínuamente nos despierta recuerdos de esos pardillos que fuimos (y que probablemente sigamos siendo), dibujándonos una sonrisa cínica ahora que hemos aprendido a reírnos de ello, a reírnos de nosotros mismos.
Probablemente nos entiendes si fuiste de los y las que odiaba la clase de gimnasia porque cualquier contacto con un balón ponía en evidencia tus escasas capacidades locomotoras y coordinativas, si eras siempre el último al que pedían para formar equipo.
Si escondías el acné detrás de un flequillo, si disfrutabas del cine para freaks cuando no estaba de moda o si pasabas los viernes y los sábados en tu habitación pensando en cómo los pasaban los demás fuera de ellas.
No estás solo si sufriste eso de no estar en las listas de invitados a los cumpleaños, si ir a la piscina y dejar tu cuerpo huesudo o rechoncho al aire suponía noches sin dormir, si acercarte a hablar con alguien conllevaba la sudoración espontánea de casi todas las partes de tu cuerpo (huesudo o rechoncho), si pasar delante de un grupo de gente siempre iba unido al pensamiento de poder ser invisible, si sufrías por amor sin que te dieran la posibilidad de experimentarlo o si “y si...” era siempre no.
Los y las que tenemos dentro un loser latente, admiramos a otros fracasados que, definitivamente, no lo son tanto porque al final, la derrota pierde su significado cuando caes en la cuenta de que hay muchos perdedores que se han ganado el corazón de alguien, cuando descubres que son muchas personas que más que tener alma de perdedor son perdedores con alma.
Os dejamos con algunos de ellos, ¿cuál fuistéis o sois vosotros?

Rachel Earl (My Mad Fat Diary, Alex Winckler, 2013)
Rae es la perdedora desequilibrada. Tiene 16 años, está gorda, no es agraciada, se autolesiona y ha estado ingresada en un centro psiquiátrico por problemas de ansiedad. Vive enamorada en secreto de Finn y su mejor amiga, Chloe, es perfecta.
Pero Rae también es tremendamente inteligente, irónica, ácida y divertida, lo que le hace tener una personalidad arrolladora que usa para luchar contra los demonios de una adolescente en los años 90 que está descubriendo todo por primera vez, el amor, la amistad, las drogas y el dolor.
Pocas series plantean el bullying y la enfermedad mental con tanta ternura y pocas series pueden presumir de estar en el club del “8” en Filmaffinity.

Seymour (Ghost World, Terry Zwigoff, 2001)
Seymour es el perdedor misántropo. Tiene cuarenta años, es aficionado a comprar vinilos y a coleccionar extraños objetos vintage. Como no puede presumir de tener inteligencia emocional o habilidades sociales, busca el amor poniendo anuncios en los periódicos.
La vida de Seymour da un vuelco cuando contesta a su anuncio Enid, una desencantada adolescente que va a darle las alas que nunca ha tenido, va a darle confianza en sí mismo y a mostrarle que no puede vagar como un fantasma por el mundo. Lo que él no sabe es que Enid lo hace por diversión, que ella está todavía más decepcionada con el mundo que él.
Ghost World es un melodrama muy kistch y su genuino prisma la ha convertido en una auténtica película de culto.

Fúsi (Corazón Gigante, Dagur Kári, 2015)
Fúsi es el perdedor entrañable y uno de los personajes más maravillosos y bondadosos del cine contemporáneo. A sus 43 años, esta mole de amor y generosidad adicto a la leche, al heavy y a hacer maquetas de la Segunda Guerra Mundial, es todavía virgen y no ha conocido el amor.
Un día, empujado por su madre y el novio de ésta, decide ir a clases de baile y allí conoce a Sjöfn, una chica con serios trastornos mentales a la que cuidará dando sentido a sus anodinas existencias. Corazón gigante es una experiencia dolorosa, pero totalmente luminosa desde el momento en que te entregas a ella.
Fúsi entra directo al podio de fracasados incansables que llegan directos a la cabeza y al alma.

Carrieta N. White (Carrie, Brian de Palma, 1976)
Carrie es la perdedora vengativa. Está en su último año de instituto y todos se burlan de ella por su timidez y su candidez. Para colmo, vive totalmente maltratada por su madre, una fanática religiosa que la impide relacionarse y vivir con normalidad.
Lo que nadie sabe es que Carrie oculta un secreto, tiene poderes telequinésicos y es una auténtica bomba de relojería. Esta adaptación de una novela de Stephen King es el claro ejemplo de cuan divertida puede ser una fiesta de graduación y de las terribles consecuencias que puede tener el acoso escolar llevado al extremo.
En algún momento de nuestras vidas, muchos quisimos ser Carrie.

Rob Gordon (Alta Fidelidad, Stephen Frears, 2000)
Rob es el perdedor divertido. Está en la treintena, su novia lo ha abandonado, regenta una tienda de discos y pasa sus días manteniendo eternas discusiones melómanas con sus dos excéntricos amigos.
Bajo su apariencia feliz y despreocupada, Rob ocupa todos sus pensamientos en recuperar a Laura sin importarle que su adorado negocio está en quiebra.
Toda una generación de veinteañeros disfrutamos de esta historia de amor por el amor y por la música, una historia que hoy en día sigue siendo una de las mejores playlists con la que pueden deleitarse nuestros oídos y una de las mejores películas con la que pueden deleitarse nuestros sentidos, sobre todo el del humor.

Ben Boyd (Disconnect, Henry Alex Rubin, 2012)
Ben es el perdedor frágil, un adolescente invisible que no se comunica con sus padres, es ninguneado por su popular hermana y deambula por los pasillos del instituto escondido tras su pelo y su música, el único refugio en el que no se siente un don nadie, lo único que da sentido a una vida que no le apetece vivir.
Ben va a ser la fácil víctima de sus compañeros de clase y de las redes sociales en una película que se convierte en un alegato sobre las trampas mortales que encierra la era Internet, y que nos representa como personas desconectadas entre sí debido a que andamos buscando conexiones en otras realidades virtuales.
El relato sobre Ben nos anima a abrir los ojos a todos los que nos rodean en un acto de conexión que conlleva otro de desconexión.

Zac (C.R.A.Z.Y, Jean-Marc Vallée, 2005)
Zac es el perdedor rebelde, el cuarto de cinco hermanos que son totalmente diferentes a él. Siente que es “especial” mientras escucha canciones de Bowie y de Pink Floyd, cuando tiene viajes psicotrópicos o sale a bailar. Le gusta, además, tener sueños new age y maquillar sus ojos en la intimidad de su habitación.
La devoción que siente desde pequeño por su padre empieza a tornarse en odio cuando el progenitor empieza a percatarse de que Zac es homosexual.
El retrato de las tres épocas en la vida de Zac, es el retrato de un perdedor que se niega a serlo, que decide gritar que quiere ser aceptado tal y como es y que pide tolerancia a golpe de glam en mitad de un revelador viaje vital.

Marcus y Jayden (Short Term 12, Destin Cretton, 2013)
Marcus y Jayden son dos de los perdedores heridos que habitan en el Shot Term 12, un hogar de acogida para adolescentes problemáticos.
A través de un acercamiento sutil, casi pudoroso, a su día a día, vamos conociendo las relaciones y la unión que surge entre ellos por haber sido víctimas del lado desfavorable de la vida; ese apoyo mutuo es la única parte bonita de la batalla que libran a diario contra sus demonios post traumáticos.
Marcus y Jayden son dos de las fichas que hay en esta cinta coral que nos atreveríamos a recomendar a todo el mundo sin filtros, porque es una historia honesta y sencilla que muestra muchos de nuestros miedos, pero haciéndonos mantener la fe en que siempre hay esperanza, que podemos redimirnos y salir victoriosos tras haber perdido mil batallas.

Lars Lindstrom (Lars y una chica de verdad, Craig Gillespie, 2007)
Es el perdedor raruno. Un tímido de manual que vive solo y tiene como vecinos a su hermano y su cuñada; su rutina la sobrelleva del trabajo a casa y viceversa y anda por la vida pidiendo perdón por existir.
Un día, como otro cualquiera, Lars sorprende a todos cuando recibe un paquete que ha pedido por Internet y que contiene a Bianca, una muñeca que él empieza a tratar como si fuera real y por la que siente amor a primera vista. La inocencia de Lars despierta la empatía de todos, que sin dudarlo ni un instante, comienzan a seguirle la corriente y a alimentar su delirio.
Es ahí donde reside la magia de este cuento moderno con moraleja. Lo que podía haberse convertido en algo esperpéntico, por su bizarro punto de partida, se convierte en una experiencia maravillosa sobre los sacrificios que hacemos por cumplir los sueños y los deseos de la gente que amamos.

Theodore (Her, Spike Jonze, 2013)
Es el perdedor 3.0. Un maduro que no supera una dolorosa ruptura y que vive enfrascado y aislado en un futuro no muy lejano de ascensores de inspiración kabuki, videojuegos hiperinteractivos e inteligencias artificiales que llevan al día tu correo, te consiguen trabajos, te escuchan, te entienden e incluso te aman.
Para llenar el vacío que le ha dejado Katherine, intenta mantener, sin éxito, relaciones con otras chicas, hasta que decide comprarse un sistema operativo inteligente del que acaba enamorado, Samantha.
Her es un ensayo sobre cómo llenar nuestra soledad de individuos alienados en una sociedad que dificulta, cada vez más, las relaciones personales en pro de un mundo ficticio creado a nuestra imagen y semejanza.
Es inimaginable hasta que punto puedes entrar en el juego que esta historia propone y hasta que punto vives el "absurdo" romance entre Theodore y Samantha, un romance plagado de sentencias que nos llevan a reflexionar sobre lo de que no podemos permitirnos que el pasado sea solo una historia que nos contamos a nosotros.
