Fotografía de Nick Cave, por Megan Cullen.
Fotografía de Nick Cave en concierto.
Fotografía de Nick Cave durante su proceso creativo.
Fotograma de 20.000 Days on Earth.
Fotografía de Nick Cave, por Gareth Cattermole.
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Nick Cave: la belleza que nace de la herida

Nick Cave: la belleza que nace de la herida

Nick Cave: la belleza que nace de la herida

Hay una escena en Tierras de penumbra, la película dirigida por Richard Attenborough, en la que Joy Gresham, interpretada por Debra Winger, gravemente enferma, le dice a su pareja, C. S. Lewis ( Anthony Hopkins): «El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato».

La vi hace muchos años y ese momento se me quedó tatuado en la memoria. Siempre me ha parecido una de las frases más hermosas que se han escrito sobre el amor.

Mientras escuchaba a Nick Cave el sábado pasado, no podía evitar volver una y otra vez a esa idea, con la sensación de que su obra reciente ha ido creciendo alrededor de ella.

El sufrimiento no invalida el amor. Lo confirma. El precio de haber amado profundamente es aceptar que algún día también llegará la pérdida. Pero cerrar la puerta al dolor significaría cerrar también la puerta a la belleza.

Fotografía de Nick Cave, por Megan Cullen.

Aunque agradezco que muchos festivales me permitan ver a artistas que, de otro modo, sería difícil encontrar en otro contexto, mi expectativa en ellos suele limitarse a disfrutar de buena música, casi siempre en buena compañía. Sé que quienes suben al escenario tocan ante un público muy diverso, donde conviven seguidores de toda la vida con personas que apenas conocen su repertorio. Y aunque eso no impide que den grandes conciertos, tengo la idea (puede que equivocada) de que es difícil que ocurra algo verdaderamente excepcional. 

Nada hacía pensar que aquella noche fuera a ser distinta. No se celebraba ningún aniversario. No era el último concierto de la gira. Madrid, en definitiva, no tenía nada de especial. Y, sin embargo, sucedió algo que me voló la cabeza (y el corazón).

No quiero escribir una reseña de aquel concierto. Llego tarde, como siempre, en este mundo de inmediatez, ya se han publicado algunas magníficas que describen perfectamente lo que ocurrió sobre el escenario.

La urgencia por contar lo sucedido desapareció al día siguiente. En su lugar apareció otra necesidad: entender por qué, durante dos horas, un concierto de música se convirtió en una experiencia catártica, casi mística y, al mismo tiempo, profundamente humana, compartida por decenas de miles de personas.

Fotografía de Nick Cave en concierto.

Cuando la emoción empezó a asentarse y dejó paso a una reflexión más serena, llegué a una conclusión: Nick Cave ha llegado, a través del dolor, a abrazar algo que solemos repetir hasta vaciarlo de sentido: vivir el presente.

Regalaba al público un momento irrepetible, sí, pero sobre todo parecía regalárselo a sí mismo. La posibilidad de interpretar a carne viva, habitando cada canción con una intensidad absoluta, como si durante esos minutos no existiera nada fuera de ella.

Al verlo, en toda su grandeza y también en toda su vulnerabilidad, tuve la sensación de estar ante alguien que ha ido desprendiéndose de todas las capas que durante años lo protegieron para abrazar la belleza que la vida sigue ofreciendo, incluso después del sufrimiento. Esa es también la impresión que dejan sus últimas obras.

Quizá el momento que resume todo es la interpretación de Joy, cuya emoción ha sido compartida por mucha gente. Nick Cave conteniendo las lágrimas mientras la cantaba. De repente, la música cesó durante unos segundos mágicos y decenas de miles de personas guardaron un silencio absoluto. Como si nadie quisiera romper algo extremadamente frágil.

Hace unos meses Bob Dylan escribió unas palabras sobre esa canción . Contaba que le había impresionado escuchar en directo a Cave cantar: «We've all had too much sorrow, now is the time for joy» («Henos tenido demasiada tristeza; ahora es tiempo de alegría»). Y añadía que, al escucharlo, pensó simplemente: «Sí, eso está bien».

Quienes hemos aprendido a escuchar las canciones prestando tanta atención a las palabras como a la música solemos mirar a Dylan como una especie de horizonte inalcanzable. Quizá por eso, mientras volvía a casa después del concierto, no podía dejar de pensar que la fuerza creativa y la capacidad interpretativa que hoy tiene Nick Cave pertenecen ya a esa misma categoría de artistas que no dejan de crecer cuando la mayoría empiezan a repetirse.

Creo que hay algo verdaderamente extraordinario que no reside únicamente en la calidad de sus canciones. Es algo que se aloja en la persona que ha llegado a ser para poder escribirlas.

Fotografía de Nick Cave durante su proceso creativo.

No voy a descubrir a estas alturas su enorme trayectoria, siempre excepcional. Ahí están The Boatman's Call, No More Shall We Part, Abattoir Blues, Dig, Lazarus, Dig!!! o el maravilloso Push the Sky Away. La mayoría de artistas y bandas pactarían con el diablo para firmar cualquiera de esos trabajos . Pero mi sensación es que el Nick Cave que escribió esas canciones todavía mantenía cierta distancia con el mundo. Incluso cuando se confesaba, había una máscara, un personaje, una teatralidad fascinante que protegía al hombre que había detrás.

En Push the Sky Away (2013), el último disco publicado antes de la muerte de su hijo Arthur, Warren Ellis termina de consolidarse como su principal compañero creativo. Musicalmente, el álbum se aleja del rock abrasivo de Dig, Lazarus, Dig!!! (2008) y apuesta por composiciones más abiertas, minimalistas y atmosféricas, un camino que desembocará en Skeleton Tree, Ghosteen, Carnage y Wild God, los trabajos publicados tras las muertes de Arthur, en 2015, y Jethro, su hijo mayor, en 2022.

En uno de mis temas favoritos del disco, Jubilee Street, Cave canta: «I'm transforming, I'm vibrating, I'm glowing» («Me estoy transformando, estoy vibrando, estoy resplandeciendo»).Escuchada hoy, la canción adquiere otro sentido.

En julio de 2015 murió su hijo Arthur Cave. Es imposible comprender al Nick Cave actual sin detenerse ahí. No porque toda su obra posterior hable de esa tragedia, sino porque toda ella nace desde un lugar diferente.

La muerte de su hijo sorprendió al artista en pleno proceso de creación del álbum Skeleton Tree . Algunas canciones cambiaron inevitablemente después de la tragedia. El resultado es un disco que parece escrito desde el borde mismo del abismo, aunque no naciera enteramente de él. Después llegó Ghosteen, un disco que explora la pérdida, la trascendencia y la posibilidad de encontrar algún tipo de consuelo cuando el lenguaje no es suficiente. Más tarde, junto a Warren Ellis, publicó Carnage, casi una conversación íntima entre dos amigos intentando orientarse en mitad del desconcierto. Y con Wild God , su última creación, Cave ha encontrado una manera de hablar de la alegría sin negar nunca el dolor que sigue habitando en él. 

Fotograma de 20.000 Days on Earth.

Esa transformación también se percibe en la manera en que entiende el propio acto de crear. Basta comparar el Nick Cave que aparece en 20.000 Days on Earth (2014) con el que conocemos años después en Fe, esperanza y carnicería (2022), el libro construido a partir de más de cuarenta horas de conversaciones con el periodista Seán O'Hagan. 

En el documental, filmado mientras daba forma a Push the Sky Away, habla del proceso creativo desde el oficio: la memoria, la imaginación y la disciplina con las que construye sus canciones. En el libro, en cambio, el centro ya no es el artista, sino lo que ocurre entre la canción y quien la escucha. El duelo le lleva a renunciar a parte de ese afán de control y a asumir la creación como un acto de apertura, de escucha y también de responsabilidad hacia los demás. 

Durante mucho tiempo entendimos el arte como la expresión del genio individual. Cave parece haber tomado otro camino. Sus canciones ya no buscan demostrar nada. Intentan acompañarnos. Creando un lugar donde las preguntas pueden seguir existiendo sin necesidad de resolverse.

¿Cómo se sigue viviendo después de perder a alguien?¿Es posible volver a sentir alegría? ¿Qué lugar ocupa la fe cuando ya no quedan certezas?

Cave nunca responde de forma definitiva. Más bien propone permanecer cerca del misterio. Ha contado que desconfía de las explicaciones demasiado cerradas y que prefiere convivir con la posibilidad de que existan cosas que escapan a nuestra comprensión.

Tras la muerte de Arthur relató el siguiente episodio: dos días después de la tragedia, él y su mujer, Susie, regresaron al acantilado donde había caído su hijo. Arthur adoraba las mariquitas. Hablaba constantemente de ellas. Las dibujaba. Mientras permanecían allí sentados, una mariquita se posó sobre la mano de Susie.

Ninguno dijo nada. No quisieron convertir aquel instante en una explicación mágica de la tragedia. Pero tampoco pudieron ignorar que había algo conmovedor en aquel encuentro. Desde entonces, cada vez que Cave ve una mariquita siente una pequeña sacudida, el recordatorio de que quizá la realidad sea un lugar más amplio de lo que alcanzamos a comprender.

Esa apertura al misterio atraviesa también su música.

Fotografía de Nick Cave, por Gareth Cattermole.

The Red Hand Files, la página en la que desde hace años responde personalmente a las cartas de personas de todo el mundo, nació tras la muerte de Arthur, cuando empezó a recibir cientos de mensajes de desconocidos compartiendo sus propias pérdidas.

Con el tiempo terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que un intercambio entre un músico y sus seguidores. Es una conversación sobre el amor, la culpa, la fe, el duelo, la esperanza y la fragilidad de estar vivos. Una comunidad construida desde la vulnerabilidad, no desde la admiración.

Creo que por eso un concierto suyo ya no funciona como el de cualquier otro artista. La distancia entre el escenario y el público prácticamente desaparece. Cuando Nick Cave sale a cantar, no parece alguien que venga a interpretar unas canciones, sino alguien dispuesto a compartir con miles de desconocidos aquello que ha aprendido intentando sobrevivir al dolor.

Dicen que la música permanece cuando casi todo lo demás empieza a desaparecer. Sospecho que dentro de muchos años no recordaré el orden exacto del repertorio de aquella noche. Confundiré algún detalle, mezclaré momentos. La desmemoria hará su trabajo.

Pero al menos espero conservar el aprendizaje de que la alegría no consiste en olvidar las heridas, sino en aprender a vivir con ellas. Joy Gresham tenía razón. El dolor forma parte de la felicidad que un día conocimos. Ese es el trato.

Hay gente capaz de hacernos sentir que, incluso aceptando el sufrimiento, la vida sigue siendo un lugar donde merece la pena buscar la belleza.

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