Ozzy Osbourne falleció el 22 de julio de 2025. Pero lleva décadas habitando la eternidad. Desde que en 1970 apareció en escena con la primera canción de Black Sabbath y cambió la música para siempre.
John Michael Osbourne nació en Birmingham, en 1948, en una familia obrera de seis hermanos. Abandonó la escuela a los 15 y antes de cantar, fue fontanero, operario en una fábrica y carnicero, entre otros oficios. Pasó una breve temporada en la cárcel por robo.
En 1968 se unió a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward para formar una banda, primero llamada Earth, y después Black Sabbath. Inventaron un sonido. No lo sabían entonces, pero estaban creando el heavy metal.
Ozzy fue la voz de Paranoid, War Pigs, Iron Man, N.I.B. y Black Sabbath. Letras que hablaban de guerra, alienación, drogas, locura. Nada parecido había sonado antes. Ozzy no era un vocalista técnico, pero su voz era tan honesta y humana que se convirtió en parte de la historia.
Fue expulsado de Sabbath en 1979, en parte por sus excesos con las drogas y el alcohol. Nadie esperaba que sobreviviera, mucho menos que renaciera. Pero lo hizo. Su carrera en solitario empezó con Blizzard of Ozz. En ese disco estaba “Crazy Train”, convertido hoy en himno intergeneracional. Lo acompañó un joven guitarrista prodigioso: Randy Rhoads, que moriría trágicamente en 1982, en un accidente de avión. Fue un golpe brutal. Ozzy siguió adelante.
Vivió como cantaba. Su vida estuvo marcada por excesos, recaídas y episodios tan insólitos como reales. Su figura se convirtió en una mezcla de mito y caricatura: mordió la cabeza de un murciélago en un concierto en Iowa; fue arrestado en Texas por orinar en el monumento a El Álamo; pero debajo de la excentricidad había una voz que seguía emocionando.
En los 2000, The Osbournes, su reality familiar en MTV, lo convirtió en figura mediática global. Lejos de destruir su imagen, lo humanizó. Mostraba su torpeza doméstica, su afecto por sus hijos, su fragilidad. Fue una nueva forma de exponer al rockstar, sin máscaras.
Colaboró con artistas tan dispares como Lemmy, Elton John o Eric Clapton. Fue pionero en normalizar el desorden emocional, en hablar sin filtros del deterioro físico y mental.
En 2020 anunció que tenía párkinson. A eso se sumaron lesiones de columna y problemas neurológicos. Aun así, grabó Patient Number 9 (2022), con Jeff Beck, Eric Clapton, Zakk Wylde, Chad Smith y Duff McKagan. El disco fue una despedida digna, grabada en plena lucha por mantenerse en pie.
El 5 de julio de 2025, diecisiete días antes de su muerte, Ozzy Osbourne se despidió del escenario en Villa Park, Birmingham. Su ciudad. El lugar donde todo empezó. Frente a 45 000 personas -y millones conectados desde todo el mundo-, cerró una historia que cambió el curso del rock. La crítica habló de uno de los conciertos más conmovedores de la historia del metal. Un retorno al origen para despedirse a lo grande.
Ozzy Osbourne no fue solo el “Príncipe de las Tinieblas”. Fue el niño con dislexia que encontró en la música un idioma propio. Ozzy no negó nunca sus caídas, y por eso fue tan querido. No fue un ídolo perfecto. Fue un superviviente. Y sobre todo, fue un hombre que nunca dejó de amar lo que hacía. En sus propias palabras: “Solo quería hacer música y, si tenía suerte, que alguien me escuchara”.
Fotografía de Ozzy Osbourne.
Su voz se ha apagado y el heavy metal pierde uno de sus grandes emblemas. Pero lo que construyó sigue vivo: en cada alarido que nace de las entrañas, en cada estribillo que gritamos con el alma, en todas aquellas chicas y chicos-de antes y de ahora- que con las camisetas desgastadas de Black Sabbath encontramos en su música un refugio y un lugar de pertenencia.
