Hay artistas que observan el mundo y artistas que parecen escuchar aquello que sucede detrás de él. Raquel Figueiras pertenece a esa segunda estirpe.
Su obra nace de una mirada atenta a la naturaleza, al cosmos, a las plantas, a los animales y a esos mundos sutiles que existen aunque no siempre logramos verlos.
En sus esculturas conviven lo simbólico y lo profundamente humano, lo tangible y lo invisible, como si cada pieza fuera una puerta entre diferentes formas de existencia.
Psicóloga de formación, Figueiras ha vivido el arte como una presencia natural y constante. Poesía, pintura, objetos intervenidos y otros artefactos han acompañado su recorrido creativo hasta desembocar, desde hace más de una década, en la escultura como lenguaje elegido.
El barro, y ocasionalmente la madera, se convierten en materia para pensar, sentir y dar cuerpo a aquello que resulta difícil de nombrar.
En sus manos la escultura es, más bien, una pregunta hecha materia. Sus últimos proyectos parten de una idea tan cotidiana como inabarcable: la casa.
Pero la casa de Raquel Figueiras no es solamente un lugar físico. Es metáfora del ser, refugio, territorio íntimo, espacio sagrado. Es aquello que habitamos y que, al mismo tiempo, nos habita.
La ciudad amplía esta reflexión hacia lo colectivo. Si la casa representa al individuo, la ciudad representa al ser comunitario: el lugar donde nuestras vidas se cruzan, se transforman y se contaminan unas con otras. Pero también aparece la ciudad como algo que llevamos a cuestas.
Hay seres nómadas que transportan sus propias edificaciones en la cabeza. Casas en ruinas, casas atacadas, casas exiliadas, casas todavía en construcción. Arquitecturas interiores que hablan de desplazamiento, memoria y pertenencia, pero también de nuestra condición de criaturas permanentemente inacabadas.
Esta idea de transformación atraviesa toda la obra de Figueiras. Sus animales no son exactamente animales. O quizá lo son de una manera más profunda. Al alterar su condición, la artista nos coloca frente a la metamorfosis como una de las pocas certezas que compartimos todos los seres vivos.
En el universo de Raquel Figueiras, las criaturas no permanecen quietas dentro de una identidad cerrada. Se transforman. Mutan. Se desplazan. Habitan distintos espacios y distintas versiones de sí mismas. Son, de alguna manera, reflejos de nuestra propia existencia.
Porque también nosotros habitamos muchas casas a lo largo de una vida. Está la casa de la infancia, la casa que abandonamos, la que construimos con otra persona, la que perdemos, la que imaginamos. Está el cuerpo, primera y última morada. Está la ciudad. Está la memoria. Está el mundo interior.
Y quizá esté también aquello que no podemos ver.
La obra de Figueiras parece moverse precisamente en ese territorio fronterizo: entre lo visible y lo invisible, entre lo racional y lo intuitivo, entre lo que conocemos y aquello que apenas intuimos. Su formación en psicología aporta una mirada hacia el interior, pero su sensibilidad artística abre esa mirada hacia algo mucho más amplio: la naturaleza, el cosmos, los ciclos de transformación y los seres que pueblan su imaginario.
Después llegó Amores ciegos, una serie en la que esa exploración adquiere una dimensión todavía más orgánica y corporal.
En Amores ciegos IV, los bustos humanos adoptan rasgos animales y los animales parecen adquirir una condición humana. La frontera entre especies vuelve a desaparecer. Ya no sabemos exactamente quién mira a quién, quién pertenece a qué mundo, dónde comienza lo humano y dónde termina lo animal.
La materia también cambia. Hay algo más orgánico, más visceral, en estas esculturas. Como si el barro pudiera contener no solamente una forma, sino también una pulsión, una memoria ancestral, un deseo.
Los amores, además, son ciegos por naturaleza, no necesitan ver para reconocerse. Quizá por eso esta serie encaja de manera tan poderosa en el universo de Figueiras: porque habla de vínculos que escapan a la lógica, de fuerzas que nos conectan con otros seres y de esa parte de nosotros que permanece misteriosa incluso para nosotros mismos.
Toda la obra de Raquel Figueiras parece estar atravesada por una misma intuición: existir es transformarse.
No somos una forma definitiva. Somos tránsito, construcción, metamorfosis. Habitamos cuerpos, casas, ciudades, relaciones y paisajes que también cambian mientras nosotros cambiamos con ellos.
Por eso sus esculturas parecen estar siempre a medio camino entre algo que fue y algo que todavía está por suceder. Son criaturas, arquitecturas y cuerpos en construcción. Materias que guardan dentro de sí la posibilidad de convertirse en otra cosa.
Quizá ahí resida la belleza inquietante de su trabajo: en recordarnos que lo que vemos nunca es todo lo que existe.
Bajo la superficie del barro están las casas que hemos habitado, los animales que aún nos acompañan, las ciudades que llevamos dentro, las raíces que nos conectan con la tierra y esos mundos sutiles que, aunque no podamos ver, siguen formando parte de nosotros.
Raquel Figuerias esculpe precisamente ahí: en ese lugar incierto donde lo humano se encuentra con la naturaleza, donde el cuerpo se convierte en paisaje, la casa en identidad y el animal en espejo.
Un territorio invisible, pero profundamente nuestro.
Raquel Figueiras: Instagram
