Encerrada en casa aquejada de una enfermedad, así pasó sus últimos días una de las personas más importantes en la vida del fotógrafo gaditano, quien retrató su agobio y fragilidad como homenaje a la fortaleza de ella.
En 55 metros cuadrados cabe una vida que, pese a irse apagando poco a poco, se aferra a la rutina para mantenerse activa. Todos los días, a las 10 a. m., esa vida se despierta y vuelve a repetir el mismo ciclo una y otra vez, hasta que se apaga.
La vida de la abuela de Pablo Padira cupo entera en su casa, encerrada a causa de una enfermedad que la mantuvo en un espacio delimitado hasta el final de sus días. Su nieto, fotógrafo, quiso romper esa vergüenza que acompaña al enfermo, al que se siente débil y necesitado, a través de su lente.
Lo que comenzó como un juego, se convirtió en 10 A.M., una serie de imágenes que cuentan la historia de una de las personas más queridas para Padira.
“Mientras realizaba las fotografías, ganábamos más confianza uno con el otro, aunque al principio le molestara verme con la cámara mientras le cuidaba. Al final creo que cedió porque veía que su nieto estaba disfrutando haciendo eso con ella”.
Con su cámara, el gaditano buscaba que su abuela se olvidara de sus dolores y el encierro, quería alejarla de esas cuatro paredes que la enjaulaban y dejarla salir libre a través de una intimidad que se iba fraguando poco a poco.
Para trasladar esa sensación de agobio al espectador, Padira ha distribuido las 55 imágenes que componen 10 A.M. en 9x9cm sobre marcos de 13x18cm. Todas las fotografías están reveladas en blanco y negro y son analógicas.
“Abuela, gracias por hacerme crecer en este mundo de la fotografía y, sobre todo, por dejarme mantener este recuerdo para toda la vida.
Pablo Padira: Instagram
