Muere David Hockney: el artista británico que aprendió a pintar la alegría del mundo

Muere David Hockney: el artista británico que aprendió a pintar la alegría del mundo

Dicen que el mundo, en lo literal y en lo simbólico, está perdiendo color. Que la arquitectura, la moda, las formas que organizan nuestra vida cotidiana se van apagando poco a poco, como si alguien hubiera bajado la saturación del tiempo.

Hoy, esa intuición duele un poco más: ha muerto David Hockney a los 88 años, y con él se apaga una de las miradas más luminosas del arte contemporáneo, esa capacidad de mirar el mundo como si acabara de estrenarse.

David Hockney en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, picture alliance (via Getty Images).

Hockney ha sido y es una forma de resistencia contra la grisura. Un artista que convirtió la luz en argumento y el color en una ética. Su obra no describía el mundo: lo celebraba, lo interrogaba, lo abría en capas. Y quizá por eso su ausencia se siente como una pérdida doble, estética y vital.

Hockney fue una figura central de la revolución artística londinense de los años sesenta. Sus primeros pasos estuvieron marcados por el expresionismo abstracto, pero pronto viró hacia la figuración, hacia el cuerpo, la identidad, el deseo y también la política de lo íntimo.

Piscina con dos figuras: California Dreaming
Retrato del artista, David Hockney
Reino Unido, 1972

En 1961 participó en la exposición Young Contemporaries, uno de los síntomas más claros del cambio de época en la pintura británica. A partir de ahí, su serie Love empezó a llamar la atención de crítica y público, y su lenguaje se volvió cada vez más reconocible: imágenes atravesadas por palabras, signos, pequeñas fisuras narrativas que rompían la superficie del cuadro.

El gran giro llegó con Estados Unidos. Primero Nueva York, después Los Ángeles. Allí Hockney encontró no solo otra luz, más dura, más directa, casi insolente, sino también otra forma de vida. Las autopistas, las casas abiertas al exterior, las piscinas azules como promesas permanentes de verano. Todo eso entró en su obra y ya no salió. California se convirtió en un estado mental: una estética del deseo cotidiano, donde lo ordinario podía volverse icónico.

Esa misma obsesión por la luz y el tiempo es la que atraviesa una de las piezas más importantes que conserva la colección valenciana: The Four Seasons, Woldgate Woods. Una videocreación compuesta por 36 pantallas sincronizadas que registran el mismo bosque del este de Yorkshire en cuatro estaciones distintas.

Hockney utilizó un coche equipado con varias cámaras para capturar el paisaje en movimiento, como si el propio desplazamiento fuera una forma de pintura.

El resultado no es una imagen única, sino una experiencia simultánea: la primavera, el verano, el otoño y el invierno conviven en una misma mirada. No hay jerarquía entre estaciones, solo transformación. El paisaje no se representa: sucede.

En esa misma línea, sus trabajos realizados con iPad , como The Arrival of Spring in Woldgate— amplían esa investigación sobre la luz desde lo digital. Lejos de alejarlo de la pintura, la tecnología le permitió seguir dibujando el mundo con una inmediatez casi física. Capturar la variación mínima de un día, el cambio de un verde, la forma en que la primavera insiste en aparecer incluso cuando parece tarde.

También en Normandía, en obras como Autour de la maison, Été y Autour de la maison, Hiver, Hockney vuelve una y otra vez sobre la misma idea: mirar dos veces es ver distinto. El mismo lugar, dos estaciones, dos temperaturas emocionales. El cielo desaparece porque cambia demasiado rápido, pero el color lo sustituye todo. En esa sustitución hay una declaración de principios: la realidad no es fija, es perceptiva.

En todas estas obras, en Yorkshire, en California, en Normandía, hay una figura que no aparece pero sostiene todo: la del observador. Alguien que vuelve, que compara, que insiste en mirar. Esa insistencia es, quizá, la verdadera autobiografía de Hockney.

Y ahora que su mirada se apaga, queda la pregunta incómoda: qué pasa cuando uno de los grandes traductores de la alegría deja de traducir. Tal vez no desaparezca el color, pero sí esa forma de entenderlo como algo cotidiano, accesible, casi democrático.

Nos queda su legado para recordarnos que la realidad no está agotada, que todavía puede ser luminosa, que aún hay tiempo de volver a mirar como si todo estuviera empezando.

Suscríbete a nuestra newsletter

Únete a nuestra comunidad. Así podremos invitarte a los eventos que organizamos y estarás al tanto de convocatorias y concursos.