José María Cruz Novillo murió el 2 de mayo, a los 90 años. Se va alguien que ayudó a dibujar el paso de una España contenida a otra que empezaba a abrirse, a mirarse, a mostrarse.
Escultor, grabador, pintor y diseñador español...Cruz Novillo se inició en la pintura en su ciudad natal en 1950, y en 1958 se trasladó a Madrid. Novillo era, sobre todo, un artista con toda la fuerza y justicia de la palabra.
Durante décadas, su trabajo acompañó ese cambio. Sus formas, limpias y precisas, fueron entrando en la vida cotidiana hasta quedarse. Correos, Renfe, Repsol, el puño y la rosa del PSOE. Símbolos que acabaron formando parte del paisaje común, de la memoria compartida, de una identidad que se estaba construyendo casi en tiempo real.

En su manera de trabajar había algo esencial. Una búsqueda constante de lo que permanece cuando todo lo demás desaparece. Líneas que no sobraban, colores que sostenían significado, estructuras pensadas para durar.
Su mirada no se quedó en el diseño, también quiso habitar el espacio. El edificio del Instituto Nacional de Estadística en Madrid lleva su huella: una forma de entender la arquitectura desde el ritmo, la repetición, la armonía. Como si cada elemento estuviera en diálogo con el siguiente.

El cine fue otro de sus territorios. Su relación con Elías Querejeta dejó algunos de los carteles más reconocibles del cine español. El espíritu de la colmena, Cría cuervos, La prima Angélica. Imágenes que acompañaban a las películas sin invadirlas, creando una atmósfera que empezaba antes de entrar en la sala.
Cruz Novillo entendía el arte como un todo. Pintura, escultura, diseño, música. Su obra fue creciendo en capas, atravesando disciplinas, manteniendo siempre una misma coherencia interna.











Su legado sigue aquí, en lo cotidiano. En un sobre, en un tren, en una señal, en una imagen que se reconoce sin esfuerzo. En el diseño que hace mejor y más bonita nuestras vidas.
Gracias, Jose María.