La polarización como la nueva droga oculta que engancha, por la psicóloga Patricia Fernández Martín

Por Patricia Fernández Martín.

La consultora LLYC acaba de publicar un estudio llamado The Hidden Drug, "Un estudio sobre el poder adictivo de la polarización del debate público’” con conclusiones relevantes. Entre ellas, que a los españoles les gusta hablar de feminismo, empleo y cambio climático, temas en los que están más de acuerdo. Sin embargo, cuando la conversación gira en torno al racismo, el aborto o la inmigración, las opiniones se enfrentan y se polarizan. Definen la "polarización" como la nueva droga oculta que engancha.

Los expertos en el campo de la psicología social la describen como un proceso mediante el cual las diferencias de opinión entre dos o más grupos se hacen cada vez más grandes y extremas. La polarización afectiva se refiere a los fuertes sentimientos negativos hacia otras opiniones y al poco respeto o reconocimiento ante el interlocutor.

 

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Ilustración de Irene Rinaldi.

 

El peligro extremo de la polarización es que puede llegar a dividir a la sociedad en dos bandas rivales y enemigas.

El proceso de polarización es complejo. Necesita de la interacción entre factores individuales y sociales. Surge en un contexto de adversidad política, económica y social como, por ejemplo, la actual (pandemia, guerra en Ucrania, crisis energética…) y afecta principalmente a individuos con tendencia al pensamiento rígido.

Esta modalidad de distorsión cognitiva caracteriza a quienes simplifican de forma extrema la realidad y la perciben sin matices. Resumir la información en categorías simples les da cierto control sobre la situación. Normalmente, la realidad flexibiliza las creencias.

El problema actual es que estamos expuestos a lo que queremos ver o confirmar por lo que ese proceso de flexibilización queda interrumpido. El sesgo de confirmación al que nos someten las redes sociales hace que la gente con tendencia a la polarización se sienta en especial armonía o paz porque hay mucha gente que piensa así.

Jonathan Heidt habla de que las redes permiten agruparnos en cámaras de eco con audiencias similares en las que queremos reafirmarnos en su libro La mente de los justos. Aunque nadie está libre de polarizarse, hay personas más propensas a ello. Caracteriza a las personalidades con tendencia hacia la rigidez cognitiva, poca tolerancia a la frustración, miedos ante la incertidumbre y con una menor satisfacción con la vida.

 

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Ilustración de Irene Rinaldi.

 

La polarización llena enormes vacíos porque es una excusa para no pensar. Las personas polarizadas construyen buena parte de su identidad sobre estas clasificaciones contundentes. Aunque la realidad les demuestre que están equivocados, se resisten a abandonar sus ideas. Es como si se fusionaran con sus pensamientos porque la vida depende de lo que piensan. Además de ayudarles a construir su identidad, la polarización sirve para ser etiquetado como miembro de un grupo.

Varios experimentos de psicología social como los de Milgram o Zimbardo han demostrado que cuando se asignan los sujetos de manera aleatoria a algún grupo, determinadas personas son capaces de comportarse de manera extrema porque es lo que se espera de ellos. El deseo de pertenecer a un grupo hace que se nuble la realidad.

Las personas polarizadas no son conscientes de que lo están. Incluso piensan que los polarizados son los demás. La polarización puede llevar a tomar decisiones inadecuadas, poco prudentes y/o poco cívicas. A nivel emocional, afecta a la salud mental porque fomenta mayores sentimientos de hostilidad y/o ira que correlacionan con un bienestar más bajo y con un menor número de emociones positivas.

A nivel social, la polarización genera ruptura social. Provoca la división de la sociedad en grupos de valores enfrentados al apelar a que se tome partido o uno se coloque en posiciones extremas donde no existe una verdadera reflexión de hechos y de valores morales. Las narrativas actuales polarizadas fomentan el victimismo ya que las emociones justifican por sí mismas que el otro haya querido provocar daño o malestar.

 

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Ilustración de Irene Rinaldi.

 

Cuanto más polarizadas están las personas, más dispuestas se muestran a propagar desinformación. La exposición a esta clase de contenidos tóxicos engancha desde las emociones más básicas, como el miedo y la rabia. Las condiciones ambientales donde predomina el anonimato lo fomentan. A más radical sea el mensaje del polarizado, mejor queda posicionado su punto de vista.

Se convierte en un hábito de pensamiento y de comportamiento peligroso del que no resulta fácil librarse porque engancha. El polarizado disfruta de la gratificación inmediata pero no mide las consecuencias a largo plazo. Quiere huir de estados emocionales negativos como son los disgustos o las preocupaciones buscando un mensaje de aprobación para sentirse aceptado o reconocido.

Pero a largo plazo, puede invertir buena parte del tiempo en reconfirmar sus ideas produciendo interferencia en su vida familiar, social y laboral. Cuando no consume contenido polarizado, siente como un síndrome de abstinencia que le hace querer aumentar los tiempos de exposición y perder el control.

La polarización no aporta tranquilidad ni serenidad a la población. La salud mental poblacional se traduce en una sociedad bien articulada, con redes y lazos afectivos sanos entre las personas. Por tanto, es necesario reflexionar sobre las medidas para prevenirla y evitar que esta se extienda. La primero es creer que nadie es inmune a este proceso. Esto supone un enorme desafío porque obliga a desconfiar de la tribu y ver las cosas de manera gris.

El arte y la literatura aumentan también las posibilidades para la abstracción. Otra medida eficaz sería reducir los tiempos de exposición a las redes sociales, además de plantearse un uso consciente de ellas. Se puede reflexionar cuál es la motivación que hay antes de compartir contenido, además de desconfiar de las noticias que causen reacciones emocionales muy fuertes. También resulta útil leer fuentes de información diferentes y acercarse a personas con ideas distintas con curiosidad.

No nos olvidemos que a la mayoría de la gente les preocupa lo mismo, aunque se encarguen de hablar en nombre de un partido o de una sigla.

 

Patricia Fernández Martín es Psicóloga Clínica | Hospital Universitario Ramón y Cajal
Las afirmaciones y opiniones expresadas en este artículo son de la autora y no reflejan necesariamente el criterio del Hospital Universitario Ramón y Cajal.

 

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