Infodemia: exceso de información que en vez de aportar claridad, agrega confusión

A la pandemia del COVID-19 se agrega una epidemia de desinformación que se propaga más rápida y que, aunque no lo parezca, produce tanto o más daño que el virus mismo. Necesitamos medidas de higiene mental para que el alud de noticias no nos acabe intoxicando.

El filósofo y escritor José Miguel Valle comparte con nosotros un incisivo artículo a propósito de la sobreinformación que sufrimos estos días relacionada con la pandemia. Valle se dedica al estudio y análisis de la interacción humana.

Texto por José Miguel Valle

 

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Imagen: Beborah Estich

 

Estos días de pandemia y confinamiento han proliferado palabras y expresiones nuevas, o se han agregado con naturalidad a la conversación pública desde jergas especializadas, para poder así denotar realidades desprecintadas por vez primera en nuestras biografías.

Por el espacio compartido desfilan covid-19, desescalada, deshibernación del estado de alarma social, desconfinamiento, desconfinar, curva de contagio, gel hidroalcohólico, casos asintomáticos, EPI (equipo de protección individual), microgotículas, disnea, fluidificadores, prueba serológica, distanciamiento social, mascarillas FFP1, FFP2 y FFP3, teletrabajo, infoxicación, coronavirus.

La propia palabra coronavirus no figura en el diccionario, aunque la comunidad científica convive con ella desde hace unos años para referirse a una numerosa familia de virus.

Es paradójico que la palabra que no está acurrucada en ninguna de las páginas del diccionario de la Real Academia sea la que más veces abandona ahora nuestros labios.

De todas las nuevas palabras de este séquito mi favorita es el neologismo infodemia (infodemics en inglés). Significa una sobreabundancia de información que en vez de aportar claridad al asunto tratado le agrega confusión y desconcierto. La infodemia es una pandemia de infoxicación desplegada en tiempos víricos con finalidades muy dispares, pero tácticas homologadas siempre por los sesgos, la tergiversación y los bulos. En la Fundéu la definen como «epidemia nociva de rumores que se generan durante los brotes».

 

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Imagen: Champ Champ

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) la emplea desde hace unos años. Su uso ratifica que los que se dedican científicamente a la detección y gestión de pandemias saben perfectamente que detrás de un virus hay muchos virus que no tienen nada que ver con el virus originario. 

Igual que el virus se propala infecciosa y aceleradamente, la información hecha una amalgama de información y desinformación se contagia por el cuerpo social con similar celeridad epidemiológica.

Las infodemias son my difíciles de atajar, porque se parasitan en el miedo, la incertidumbre, la iracundia y la ansiedad consustanciales a la pandemia real. Aun así, la infodemia añade la estrategia de que cuanto mayor es el volumen de información, más se devalúa la propia información y más desavenencia y desorientación provoca.

La infodemia promociona fuentes fiables con fuentes sin crédito, mezcla información solvente con información fabulada, junta y revuelve información veraz con información malintencionada, democratiza la voz de los profanos con la voz de los expertos, iguala opiniones sin articulación con argumentación epistémica, articula el ensamblaje de ficciones con realidades, yuxtapone interpretaciones con hechos, reboza lo que admite falsabilidad con lo que es inverificable, atribuye malignidad al que desgrana ideas opuestas, se aprovecha de la posverdad y de la ingente cantidad de ciudadanos que anhelan encontrar algo que corrobore el contenido previo de sus emociones más viscerales para poder justificarlas.

Contemplar todo este paisaje es descorazonador. Las palabras se deterioran por el mal uso, pero enferman hasta morir por el abuso del mal uso.

 

infodemia cultura inquieta 2Imagen: Stck Files

 

La digitalización del mundo y la hiperconexión facilitan que todos seamos a la vez productores, consumidores, prescriptores y difusores de inflacionarias cantidades tanto de información como de desinformación, sin saber muy bien ni desde qué rol comunicativo actuamos, ni si es información o desinformación lo que estamos prosumiendo.

Hace unos días me reí un montón con una prescripción hilarante que sirve para refrendar lo que quiero decir y para explicar el momento exacto de nuestro confinamiento. Era la exhortación de un humorista que recordaba que «cerrar todo para frenar el virus también implica cerrar la boca». La había compartido un amigo lector al que le comenté que efectivamente hay muchos virus en esta pandemia. Rápidamente me contestó: «y la mayoría sin vacuna conocida desde que las personas son personas».

Creo que las únicas vacunas a nuestro alcance son ahora mismo el silencio, la cautela, la reserva, la conciencia crítica, el respeto a la bondad discursiva, la asunción de nuestro profundo desconocimiento. Wittgenstein escribió que «de lo que no se puede hablar, mejor es callar». A este célebre aserto se le puede dar perfectamente la vuelta en estos días de infatigable chismología: «de lo que nadie se puede callar, mejor es no hablar».

Recuerdo que cuando publiqué "La razón también tiene sentimientos", una pregunta recurrente en algunas de las entrevistas que me hicieron consistía en interrogarme qué me había motivado a escribir un libro así.  Para responder citaba el título del ensayo de Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio. Contestaba siempre del mismo modo: «Si lo pienso rápido, tengo más de diez respuestas posibles, y algunas muy buenas. Si lo pienso despacio, la única respuesta honesta que se me ocurre es no sé».

 

 

Artículo de José Miguel Valle

Filósofo y escritor, José Miguel Valle se dedica al estudio y análisis de la interacción humana. Su último ensayo es “El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo” (CulBuks, 2018)


Publicado originalmente en Espacio Suma NO Cero

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