Las mejores fiestas terminan en los fogones, en el ‘backstage’ de la casa, donde podemos ser nosotros mismos.
No importa si el encuentro en casa es con amigos o familiares que, por mucho que nos empeñemos en organizarlo todo para que estemos más cómodos en el salón, siempre terminamos en la cocina. Las conversaciones más profundas y puras se dan entre los fogones, alejados del ruido y la música de la sala de estar, cerca de donde sucede la magia, en el lugar donde ensuciar forma parte del diseño de la estancia.
Las cocinas son el backstage de los hogares, la zona donde experimentamos, nos manchamos, ensuciamos y creamos de la nada platos con todo el amor que guardamos para que llenen el estómago y el alma de aquellos que más nos importan.
Tampoco podemos olvidar el papel al que quedó relegada la mujer en 1960 como responsable única de los fogones. La esposa, la madre y la ama de casa se tiraba horas en este espacio, por lo que el resto de los convivientes terminaba haciéndole compañía, contándole cómo había ido su día, sus dramas y los de los vecinos…
En esta década, las cocinas experimentaron un rediseño en el que el color comenzaba a ser el protagonista, un cambio que hacía más acogedora una estancia central en el hogar.
Las mujeres son las protagonistas indiscutibles de estas antiguas fotografías en las que nos convertimos en un ojo indiscreto, nos adentramos en la intimidad de sus hogares y descubrimos cómo era la vida por entonces. Un tiempo en el que, al igual que ahora, el backstage particular de la casa nos infundaba la libertad de ser nosotros mismos.
















