La ouija de las mujeres olvidadas

«¿Estás preparada para escuchar a las mujeres que la historia decidió silenciar?», pregunté a la ouija cagada de miedo. Intuyo que hay varias almas haciendo cola, hartas de la sala de espera del olvido.

La plancheta se mueve sola. No hay truco, pero sí un temblor elegante, casi coreográfico.

Entonces aparece la primera invitada: Rosalind Franklin, química y cristalógrafa británica, con esa dignidad afilada de quien ha visto el secreto de la vida ampliado en placas de rayos X.

«Hola, gente. Sí, el ADN. Sí, yo lo vi primero. Y no, no me dieron el Nobel. Gracias por recordarlo».

Se me ponen los pelos como escarpias, como antenas captando una frecuencia antigua. El vaso continúa su danza con una gracia que no es de este mundo, eso está claro.

Aparece Ada Lovelace, con su cuaderno de algoritmos bajo el brazo y una ironía victoriana que corta como un bisturí.

«Sí, programé la primera computadora. No, no me dieron la subvención. Y no, no me llaméis la legítima de Byron. Mi cerebro no entiende de romanticismos, solo de belleza y de matemáticas».

La ouija tiembla. No de miedo, sino de rabia acumulada. Y entonces se materializa Camille Claudel, con las manos manchadas de barro. Suspira mirando mi cara de alelada, como si fuera una turista en su propio drama.

«Sí, trabajé con Rodin, sí, mi talento era enorme… y no, no soy solo su alumna. ¿Quieren ver mis esculturas o quieren escuchar otra vez la versión de él?».

Después es el turno de Catalina de Aragón y Ana Bolena, que se lanzas miradas de complicidad, hermanas en el cadalso simbólico de los manuales escolares.

«Perder la cabeza no es el resumen de nuestras vidas», dice Ana con una media sonrisa torcida.

«Yo no fui la ex loca y pesada. Fui reina legítima y sobreviví a sus dramas», añade Catalina.

Confiesan que, al morir y encontrarse en otro plano de existencia, son inseparables; almas gemelas.

La actriz e inventora autodidacta austríaca Hedy Lamarr.

La plancheta ya no descansa. Golpea letras como quien aporrea una puerta cerrada desde dentro: «No era histérica», «Era brillante», «No estaba loca», «Era incómoda». Lo repiten en bucle, como un mantra punk.

Y entonces aparece Hedy Lamarr, con planos de esquemas de frecuencia desplegándose como alas técnicas.

«Sí, inventé el WiFi. Sí, la historia lo olvidó porque era actriz. Gracias por invocarme, gracias a mí ahora estás enganchada como una posesa al móvil, lo siento».

Casi me da un infarto cuando emerge Mileva Marić, con una mirada que pesa más que cualquier ecuación.

«Sí, contribuí a la teoría de la relatividad. No, no soy la “esposa de”. Aprendan historia, jóvenes».

Una tras otra, cada vez con voces más nítidas, la energía se remueve como un huracán atrapado en una habitación de veinte metros cuadrados. Reclaman un lugar en un mundo que ya no les pertenece cronológicamente pero sí por méritos. Un mundo que es como es, en gran parte, gracias a ellas, aunque sus nombres no estén en las marquesinas.

«Abrimos la sesión a todas las almas errantes que quieran hablar», repito sin saber muy bien si soy médium o impostora, si estoy canalizando o simplemente recordando.

A partir de ahí, es una fuente infinita de canalización y mediumnidad. Me convierto en un cable pelado, en antena, en grieta. Por mí corren las verdades, los tabúes, los miedos, las heridas que no cerraron porque nadie les dio punto final.

Me siento en parte en paz con la historia y me acuerdo de Whoopi Goldberg en Ghost; por un momento, pienso en la tragicomedia que está siendo mi vida: yo aquí, hablando con fantasmas feministas mientras mañana tengo que madrugar para currar.

Sabía que tenía que invocarlas. Quizá para dejar estos mensajes depositados en algún lugar, como estrellas pesadas en un planeta recién conquistado.

Para empezar a cerrar el portal, digo tímidamente que si alguna alma errante más tiene algo que decir, que se manifieste, ya que estamos...

La bioquímica española, pionera en biología molecular Margarita Salas.

Entonces aparecen, en este orden, todas estas mujeres con un mensaje cada una:

Lola Anglada – «Ilustré sueños y cuentos, pero la historia del arte me dibujó en los márgenes».

María Blanchard – «Mi arte es cubismo y emociones. ¿Dónde están mis exposiciones en los libros?».

Isabel Zendal – «Viajé con la vacuna de la viruela. Nadie recuerda mi nombre, pero salvé vidas».

Concepción Arenal – «Escribí, abrí prisiones, luché. Y aun así, la historia me pone entre comillas».

Margarita Salas – «Descubrí cómo replicar ADN en el laboratorio y casi nadie lo sabe. Gracias por invocarme».

María Teresa Toral – «También jugué mi partida contra el sistema. Y no siempre salí en la casilla de salida».

Dolors Aleu – «Abrí la puerta de la medicina a las mujeres y nadie me aplaude».

Las últimas fueron mis dos abuelas. Luisa y María. No necesitaron entidad azul ni fecha entre paréntesis. Solo su voz, que me atravesó como una nana antigua.

«Hija, no cargues con todo lo que nosotras no pudimos resolver en vida, no te pertenece. Rompe con cualquier acuerdo subconsciente que no te permita ser. Eres libre, te damos nuestra bendición. Te queremos».

En ese momento, mis lágrimas se derraman por el tablero y se mezclan, con el hola, el sí, la muerte y la vida.

Y para cerrar, la ouija escribe un mensaje que congela el círculo y también el aire:

«No nos invoquéis. Leednos».

Silencio. La risa y el humor se mezclan con la emoción, como si alguien hubiera agitado una botella de champán y lágrimas a la vez.

Mujeres que trabajaron, crearon, amaron y lucharon, silenciadas por siglos, finalmente tienen voz. No porque las llamemos desde una mesa coja, sino porque decidimos abrir un libro, una hemeroteca, una conversación incómoda.

Reírse de los mitos está bien. Pero escucharlas y conocerlas es un acto de justicia. Y no olvidarlas, aunque el mundo insista en hacerlo, es un acto radical de amor y memoria.

Atención: Este es un relato de ficción. No he practicado la ouija ni animo a nadie a hacerlo. Es solo una excusa literaria, un truco poético, para intentar hacer justicia con palabras.

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