A pesar de que el término «nuevas masculinidades» se nos ha vendido como el penúltimo antídoto contra el heteropatriarcado, encierra un trasfondo que, de alguna manera, no deja de parecerme tramposo.
Recientemente leía una entrevista de José Ignacio Pichardo, profesor titular del Departamento de Antropología Social y Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, en el que diseccionaba este término que se ha puesto tan de moda en los últimos años.

Para él, el concepto de nuevas masculinidades tiene que ver con el deseo de muchos varones de crear y vivir en una sociedad igualitaria. Otras formas de ser hombre son necesarias y, para ello, saben que tienen que cambiar determinados elementos de la masculinidad tradicional. Algunos lo buscan a nivel individual o en pequeños grupos, pero todavía hay que conseguir que estas experiencias emergentes cristalicen en modelos reconocibles.
Pichardo, además insistía en la falta de referentes mediáticos y visibles sentenciando que necesitamos ejemplos o modelos de una nueva masculinidad valorada y respetada, que apueste por la horizontalidad y las relaciones entre iguales.

Hasta ahí estoy totalmente de acuerdo, porque es absolutamente necesario romper con ciertos esquemas mentales que imperaban décadas atrás y que están resurgiendo fuertemente entre las nuevas generaciones que creen con firmeza que se vivía mejor en los tiempos del Fary.
«Al hombre blandengue le detesto. Ese hombre de la bolsa de la compra y del carrito del niño», José Luis Cantero Rada, el Fary.
Pero el verdadero quid de la cuestión que encierra esta nueva corriente social está en la sentencia que José Ignacio hace sobre que el machismo es un instrumento del sistema sexo-género que genera desigualdades entre los seres humanos. Desigualdades entre hombres y mujeres, pero también desigualdades entre hombres.
Tras rumiar y reflexionar sobre las palabras de este psicólogo y antropólogo, llegue a una conclusión de lo más personal sin ningún tipo de rigor sociológico: el problema está en entender las nuevas masculinidades como algo extraordinario.
Sigue siendo noticia que Harry Styles haga portadas de revista vistiendo una falda, que Bad Bunny se pinte las uñas, que Messi declare que mea sentado o que David Bustamante llore en público. En muchas conversaciones distendidas con amigos y amigas, siguen oyéndose frases como que mi novio es un cielo porque ayuda en casa o que mi marido es un padrazo porque lleva a los niños al parque.

Es decir, la trampa está en alabar hechos que no deberían ser celebrados, porque simplemente deberían darse con normalidad.
En el momento que se aplauden y se reconocen esos hábitos, actos y acciones de los nuevos masculinos, lejos de reducir las desigualdades que existen entre géneros, las brechas se aumentan porque se produce un claro e injusto agravio comparativo en el que, para sorpresa de nadie, vuelven a salir perjudicadas las mujeres.


Yo mismo, he usado en muchas ocasiones la expresión «tengo mi lado femenino muy desarrollado» como algo positivo, como algo de lo que sentirme orgulloso. ¿Por qué? porque hago tareas domésticas, lloro viendo películas, me ponen los pelos de punta las canciones de Celine Dion o cuido de mis padres en su vejez. ¿Acaso la sensibilidad, la vulnerabilidad y la empatía son características exclusivas de las mujeres?
En la era en la que más tendencia hay por etiquetar y darle un nombre a todo, yo sería un claro caso de «mangina»: término que nace de la suma de los anglicismos man y vagina y hace referencia a ese tipo de hombres que no tienen los comportamientos que culturalmente, socialmente e históricamente se les ha atribuido a los hombres.

Lejos de ni siquiera querer insinuar que los hombres hemos sido víctimas del heteropatriarcado al mismo nivel que las mujeres, es cierto que, de alguna manera, también nos ha perjudicado. Los bozales emocionales son una clara consecuencia del machismo y el patriarcado más cavernarios. Pocos hombres se atreven a hablar de lo que sienten o a mostrarse vulnerables ante el resto de personas. Y mucho menos si es otro hombre el que tienen en frente.
«Es mucho lo que el hombre pierde cuando el mandato cultural nos limita cómo tenemos que ser y nos expone a conductas de riesgo, a una mayor exposición a la violencia física y una menor prevención y cuidado que hace que tengamos una menor esperanza de vida. Pero yo creo que el mayor precio que pagamos es el desapego afectivo, esa castración emocional a la que nos vemos abocados. Es cierto que cuando intentas romper con la masculinidad tradicional te sientes un poco cuestionado porque supone una pérdida de poder y de determinados privilegios, pero la contrapartida es que al final tienes la posibilidad de ser más tú mismo, de conectar con tu yo emocional y encontrar otras formas más sanas y más igualitarias de relacionarte con las mujeres y también con otros hombres», José Ignacio Pichardo.
Pero si en un acto de valentía kamikaze, hay hombres que cometen la heroicidad de despojarse de sus bozales emocionales y sus corsés testosterónicos, hay muchas personas que reconocen el hecho de que estos individuos «abracen su feminidad sin dejar de estar seguros de su masculinidad». Otra hecho en el que sí, los hombres vuelven a ser los beneficiados de la historia.

En definitiva, no estoy nada a favor del término nuevas masculinidades porque apela a características y comportamientos sociales que deberían darse sin celebrarse.
En todo caso, este nuevo concepto propondría renombrarlo por el de "nuevas menosculinidades", porque para mí, más que sumar sigue restando.