Diferencias entre proteger y controlar a los hijos

Diferencias entre proteger y controlar a los hijos

Viendo cómo está la sociedad actualmente, hay muchos padres y muchas madres que sienten terror ante el mundo al que van a enfrentarse sus hijos y sus hijas.

Es por eso que muchos progenitores en su afán porque sus pequeños y sus pequeñas crezcan siendo buenas personas y sufriendo lo menos posible, pueden caer en la trampa de controlar demasiado sus vidas en un afán natural por proteger.

Gracias a la psicóloga Macarena Liliana Núñez.

Imagen, vía Unsplash.

El bullying, las redes sociales, el acoso sexual y todas esa lacras que imperan en un sistema educativo que, en muchas ocasiones, está haciendo aguas, ha disparado el sistema de alerta de muchas personas que no pueden estar involucradas todo lo que quisieran en la crianza de sus descendientes.

Pero cuando la protección se convierte en un control excesivo, los hijos y las hijas pueden desarrollarse con problemas de ansiedad y baja autoestima. Puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Controlar en exceso, aunque provenga del amor, afecta la salud emocional de los niños y las niñas y dificulta su independencia.

¿Dónde termina el cuidado y empieza la sobreprotección?

Proteger significa ofrecer guía y herramientas para que los/as niños/as se enfrenten a los desafíos. La sobreprotección, en cambio, nace del miedo y la necesidad de evitar cualquier malestar. Una crianza sana permite que los/las hijos/as se equivoquen, enfrenten riesgos adecuados a su edad y aprendan de la experiencia.

Estudios recientes vinculan la sobreprotección con trastornos como ansiedad, baja autoestima y dificultades para resolver problemas de forma autónoma. De hecho, un trabajo divulgado en Progres Pendidikan reveló que el 61,9 % de los niños/as criados/as en entornos sobrecontrolados presentaban deficiencias en sus habilidades sociales y emocionales.

Proteger, en el mejor sentido, ayuda a los niños/as a fortalecerse. Pero si nos pasamos de la raya, les transmitimos el siguiente mensaje: “No confío en que puedas con esto”. Y, con el tiempo, eso limita su crecimiento emocional.

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¿Estás controlando de más sin darte cuenta?

Muchos padres y madres adoptan conductas de control sin saber que limitan la autonomía de sus hijos/as. Son actitudes que suelen pasar desapercibidas porque se confunden con responsabilidad, protección o cuidado:

  • Evitar todo riesgo: impedir que tu hijo/a explore, se equivoque o se enfrente a situaciones nuevas, limita su iniciativa y su capacidad de resolver por sí mismo/a.
  • Supervisar cada detalle: si constantemente tomas decisiones por tu hijo/a o corriges hasta sus errores más pequeños, le impides desarrollar criterio propio. A largo plazo, esto puede generar inseguridad y miedo a equivocarse.
  • Intervenir antes de tiempo: resolver sus problemas sin darle la oportunidad de intentarlo, transmite el mensaje de que no es capaz. Lo importante no es evitarle la frustración, sino ayudarlo a transitarla con herramientas propias.

Una investigación publicada en Jurnal BELAINDIKA evidenció que los niños/as con padres y madres sobreprotectores/as suelen aislarse, mostrar rigidez para adaptarse a nuevos entornos y tener una expresión emocional más limitada en grupo. Además, en contextos de salud crónica, este tipo de crianza agrava los problemas de conducta y regulación emocional.

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El impacto emocional del exceso de control

El sobrecontrol se asocia con síntomas de ansiedad y depresión. Muchos pequeños crecen creyendo que el mundo es hostil y no sabrán enfrentarlo. Según una revisión en Jurnal Pendidikan Dan Sosial Humaniora, los/las niños/as sobreprotegidos/as tienden a tener una autopercepción frágil, dificultad para manejar sus emociones y problemas para asumir la responsabilidad de sus actos. Estos patrones pueden continuar en la adolescencia e interferir con la formación de su identidad y su vida social.

Incluso, se ha demostrado que la sobreprotección debilita la autonomía conductual, lo que puede derivar en comportamientos problemáticos como la agresividad o la desobediencia.

Acompañar sin invadir: cómo lograrlo

Educar con equilibrio es encontrar ese punto medio en el que el niño/a se siente respaldado/a, pero también libre para probar, equivocarse y aprender. Acompañar de forma consciente implica estar presentes sin anular su voz ni su iniciativa. Estas estrategias pueden ayudarte a cultivar una relación más sana y autónoma con tu hijo/a:

  • Ofrece libertad acorde a su etapa: deja que enfrenten pequeños retos según su edad. Los desafíos cotidianos les ayudan a fortalecer su criterio y seguridad.
  • Fomenta que tome decisiones: elegir implica asumir consecuencias, aprender del resultado y desarrollar autonomía. Guíalo con preguntas que estimulen su pensamiento, en lugar de imponer soluciones.
  • Permite el error como parte del aprendizaje: cuando tu hijo/a se equivoque, resiste el impulso de corregirlo/a enseguida o de hacerlo por él o ella. Pregúntale qué aprendió de esa experiencia y cómo lo haría diferente la próxima vez.
  • Cuestiona tu propia ansiedad: a veces, el deseo de intervenir viene más del miedo del adulto que de una necesidad real del niño/a. Reconocer tu emoción no te hace menos madre o padre. Al contrario, te da la oportunidad de acompañar de una manera más consciente.
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Criar a un hijo/a es prepararlo para dar sus propios pasos con confianza. De este modo, el verdadero crecimiento ocurre cuando les damos espacio para explorar, equivocarse y aprender. Saber la diferencia entre protección y sobreprotección, cambiar el control por confianza, es regalarles herramientas para enfrentar el mundo con seguridad. Pregúntate con frecuencia: ¿los estoy preparando para la vida o protegiéndolos de ella?


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