Durante mi etapa escolar, el fútbol ocupaba el patio entero. Literalmente. En muchos colegios, las porterías y el espacio entre ellas bastaban para decidir quién tenía derecho a correr, a jugar, a estar: los chicos. Las chicas lo bordeaban. Aprendían, sin que nadie lo dijera explícitamente, que había contextos que no estaban pensados para ellas. Cuarenta años después, algo ha cambiado. Y no solo en los estadios.
En la Sierra de Madrid, en la fachada de un colegio, hay un mural con la cara de Alexia Putellas. Una de las mejores jugadoras del mundo mirando a las niñas que cada mañana entran a clase. Es un acto político, aunque no lo parezca. Es decirles, sin palabras, que ellas también pueden ocupar ese espacio.

Una frase que se repite en los estudios de género y que es completamente cierta es que lo que no se nombra no existe. Lo que no se ve, tampoco. Si no hay referentes, no hay inspiración. La ausencia se normaliza y deja de percibirse como injusticia.
Es indispensable, por tanto, que las niñas tengan referentes visibles. Un informe de Women in Sport en el Reino Unido concluyó que las niñas que consumen deporte femenino tienen más probabilidades de mantenerse vinculadas a la práctica deportiva y desarrollar mayor autoestima corporal y confianza personal.
Durante décadas, el fútbol femenino sobrevivió en una especie de penumbra cultural. Existía, sí, pero relegado a la periferia de la atención pública. Sin retransmisiones. Sin portadas. Sin conversación social.
Poco a poco, esa sombra se está disipando; se nota en la calle y se refleja de forma clarísima en las estadísticas. Los datos de hoy ayudan a entender la verdadera magnitud de este avance. La FIFA calcula que actualmente hay alrededor de 16,6 millones de mujeres y niñas federadas jugando al fútbol en el mundo, una cifra que prácticamente se ha duplicado en la última década. En España, según datos del Consejo Superior de Deportes y la Real Federación Española de Fútbol, las licencias femeninas pasaron de rondar las 42.000 en 2014 a superar las 120.000 antes del Mundial conquistado por la selección española en 2023. No se trata de una moda reciente. Hablamos de una realidad históricamente invisibilizada que por fin empieza a estar presente.
La reciente inclusión del fútbol femenino en la quiniela española ha generado, una vez más, ruido entre cierto sector de la población. Una medida puramente administrativa que, sin embargo, posee una fuerte carga simbólica al alterar el reparto histórico del reconocimiento. La reacción de rechazo de algunos sectores no es más que la incomodidad de ver cómo un espacio que consideraban exclusivo empieza, por fin, a ser compartido.

Existe una contradicción curiosa en nuestra época. Repetimos constantemente que vivimos en una sociedad igualitaria, pero cada pequeño avance femenino sigue despertando resistencias desproporcionadas. Como si la igualdad solo fuera aceptable mientras no modifique las costumbres, los privilegios o el relato dominante.
Por otro lado, el fútbol femenino ha sido juzgado durante años desde un prisma perverso: el de parecerse al masculino.
Hay muchísimos partidos masculinos tediosos. Jugadores que cometen errores grotescos. Fallos arbitrales absurdos. Pero se asumen como parte del juego bajo una premisa elemental: errar es una condición intrínsecamente humana. Sin embargo, cuando esos mismos errores ocurren en el fútbol femenino, ciertos sectores los utilizan para cuestionar, en bloque, la aptitud de las mujeres para este deporte. Como si cada fallo individual no fuera un lance del juego, sino una reválida constante sobre su legitimidad para estar en el campo. Es una exigencia cultural, no deportiva.
Y aun así, el fútbol femenino lleva años construyendo algo que el masculino parece haber ido perdiendo entre contratos millonarios, guerras televisivas y gradas convertidas en campos de batalla simbólicos.
Quizá el fútbol femenino no debería aspirar a convertirse en el reflejo del masculino. Quizá debería ocurrir justo al revés.
En muchos estadios de fútbol femenino todavía sobreviven cosas extrañamente revolucionarias: familias compartiendo grada sin miedo, niños y niñas mezclados entre camisetas rivales, ausencia de violencia organizada, respeto entre aficiones; una convivencia que recuerda más al deporte como celebración colectiva que al negocio identitario en el que a veces se ha convertido el fútbol masculino.
Esta cercanía se traduce también en su accesibilidad. Al margen de la hipermercantilización que ha devorado parte de la experiencia colectiva, las entradas se mantienen asequibles y el público continúa siendo transversal. Mientras el precio medio de muchos partidos de élite masculina resulta prohibitivo para una parte importante de la sociedad, numerosos clubes femeninos mantienen políticas de acceso muy económicas o incluso gratuitas en determinadas competiciones. El resultado es visible en las gradas: más diversidad generacional, más presencia infantil, menos hostilidad ambiental. Todavía existe una valiosa sensación de proximidad humana entre quienes juegan y quienes miran.

Las cifras sobre violencia también dibujan una diferencia evidente. En España, los incidentes catalogados como violentos, racistas, xenófobos o intolerantes vinculados al fútbol profesional masculino siguen acumulando cientos de registros anuales por parte de la Comisión Estatal contra la Violencia. En las gradas masculinas aún resuenan cánticos hostiles y degradantes hacia colectivos enteros. En el fútbol femenino, esos episodios son significativamente menores tanto en número como en gravedad. No porque el deporte femenino sea inmune a los conflictos, sino porque todavía conserva una cultura menos atravesada por las dinámicas ultras y por la tensión financiera contemporánea.
Donde el fútbol masculino sigue manteniendo un espeso tabú en torno a la diversidad sexual, el fútbol femenino ha consolidado un entorno de aceptación y normalidad. Mientras que en los vestuarios masculinos la homosexualidad permanece invisibilizada por el peso de los prejuicios y el temor a la hostilidad pública, el deporte femenino ha naturalizado la pluralidad afectiva sin que sea un motivo de conflicto. Esta capacidad para generar un entorno seguro sigue siendo, lamentablemente, una excepción en la élite del deporte masculino profesional, no solo del fútbol.
Tampoco es casual que muchas de sus figuras más visibles hayan mostrado además un compromiso social especialmente firme.
La estadounidense Megan Rapinoe se convirtió durante años en una de las voces más activas contra el racismo, la homofobia y las políticas de discriminación institucional. Su activismo la transformó en un referente político global que expandió el significado cultural del deporte más allá del marcador. El fútbol masculino, en cambio, suele optar por una calculada neutralidad o la complacencia ante el poder económico y político, priorizando la preservación de la marca personal sobre el impacto social.

Algo parecido ocurrió con las protestas de las jugadoras de la selección estadounidense por la brecha salarial. Tras años de litigios y presión pública, en 2022 la federación de fútbol de Estados Unidos firmó un acuerdo histórico de igualdad salarial entre las selecciones masculina y femenina. Un precedente prácticamente inédito en el fútbol mundial que no nació desde las instituciones, sino desde la presión organizada de las futbolistas.
En España, futbolistas como Jenni Hermoso terminaron situando en el centro del debate cuestiones que desbordaban el fútbol: consentimiento, poder, machismo estructural o protección institucional hacia las deportistas. El caso acabó convirtiéndose en una conversación internacional sobre algo mucho más grande que un gesto inadecuado. Hablaba de décadas enteras de silencios normalizados.

Toda esta trayectoria demuestra que el fútbol femenino no solo pelea por títulos. También pelea por transformar el relato cultural y por el derecho de las mujeres a ser narradas y tratadas desde la plena dignidad. Tal vez por eso genera tantas resistencias en algunos sectores: porque no solo cuestiona quién pisa el césped, sino cómo queremos convivir y qué valores decidimos proyectar en la sociedad.
Un mural. Una quiniela. Una niña caminando hacia un entrenamiento cualquiera. Gestos que parecen cotidianos pero que, en realidad, son los cimientos de una nueva normalidad. Es hora de educar para que las mujeres ocupen el centro de la imagen y no únicamente los márgenes. Y de recordar también a los hombres que compartir el espacio no significa perderlo, sino hacer del mundo un lugar más amable.