Es cierto que hay muchas personas que prefieren evitar el conflicto porque tienen la creencia que de que les genera paz, pero a veces es necesario enfrentarse a ciertas realidades.
Si nos pasamos la vida intentando no afrontar, nos pasamos la vida sin crecer y sin descubrir partes de nosotros y nosotras que tienen que ver con la capacidad de resolver, de superarnos y de pedir lo que necesitamos.
La psicóloga Regina Wohlmuth habla directamente de necesidad, afirma que las personas tendemos a evitar los enfrentamientos, pero que los necesitamos.

Remontándonos a épocas pasadas y desde un punto de vista evolutivo, el conflicto no era una cuestión de placer o de gusto, sino una necesidad.
Pelear por comida, territorio o pareja proporcionaba seguridad y estabilidad. Además, está demostrado que el conflicto genera estados de alerta y para algunas personas, la resolución de un conflicto o la victoria en una discusión libera dopamina, lo que puede volverse casi adictivo. ¿Has sentido alguna vez que cuando estás en una relación en la que siempre quieres tener la razón la sensación de ganar se experimenta como una micro recompensa?
Sobre identidad y pertenencia
A menudo usamos el conflicto para definir quiénes somos. El ser humano es una especie tribal. Crear un conflicto con un enemigo externo, refuerza la cohesión dentro de nuestro propio grupo. Nos hace sentir que pertenecemos a algo. Lo mismo sucede en las relaciones de familia con los conflictos de lealtades, no es necesario que sean luchas por cuestiones de ideología política, religiosa o cultural, una simple diferencia de opiniones en el entorno familiar se puede convertir en un campo ideal para batallas infinitas.
En las discusiones cotidianas, ganar un conflicto se siente como una validación de nuestra inteligencia o valores. En ocasiones si somos personas que no sabemos aceptar nuestros errores, vamos a querer tener la última palabra de una discusión aún cuando no tengamos la razón.
El conflicto como motor de cambio
Irónicamente, el ser humano también busca el conflicto porque le teme al estancamiento. Esto nos lleva a que si estamos siempre en nuestra zona de confort puede desencadenar querer algo más en algún punto. En ocasiones, nos sentimos estancados en sus vidas, trabajos, relaciones, etc. Ahí es cuando aparece el conflicto incluso con cosas que aparentemente marchan bien.
Tal vez te sientas identificado o identificada con expresiones como: «mi vida se ha vuelto aburrida», «a mi matrimonio se le fue la emoción» o «ya no siento la misma pasión por mi trabajo como solía sentir»; esto nos lleva a entrar en conflicto y nos mueve para poder encontrar o reencontrar el sentido de la vida. Esto no quiere decir que rompamos con todo a la primera de cambio y comencemos de cero, sino al contrario es buscar qué puedo hacer con esto que ya tengo para enderezar mi vida. Esos conflictos nos ayudan al progreso y a mejor o encontrar nuevas formas de crecimiento.
Sin conflicto no hay drama, y sin drama, muchas veces no hay progreso. En la literatura, el cine y la política, el conflicto es lo que mueve la narrativa hacia adelante. Es lo que comúnmente llamamos darle sabor a la vida. A nivel social, muchos avances (derechos humanos, revoluciones científicas) nacieron de un conflicto necesario contra el statu quo.

La paradoja vital: buscamos la paz, pero creamos la guerra
Aunque individualmente la mayoría de nosotros diría que odia el conflicto y prefiere la tranquilidad, colectivamente parecemos incapaces de evitarlo. No es que nos guste el dolor que causa, sino que nos atrae la intensidad y el significado que el conflicto le da a la vida.
Como decía el filósofo Heráclito: «La guerra es el padre de todas las cosas», sugiriendo que la tensión entre opuestos es lo que crea la realidad. Si vemos nuestra vida cotidiana, estamos en constante guerra con nosotros/as mismos/as. Desde una toma de decisión hasta estar inconformes con algunos rasgos de la vida de nuestro carácter o físico.
Es un punto de vista muy sólido y respaldado por muchas corrientes de la psicología y la sociología. La idea de que somos una una hoja en blanco al nacer sugiere que es el entorno el que escribe nuestras actitudes hacia la violencia o la paz. Si lo analizamos desde esa óptica, la sociedad nos enseña el conflicto de varias formas sutiles y no tan sutiles:

El sistema de recompensa
Desde pequeños, a menudo se nos enseña que ganar es lo único que importa. En la escuela, en los deportes y más tarde en el trabajo, el éxito suele medirse en comparación con los demás. Las calificaciones, los premios, etc. Nos hacen que con el tiempo seamos un ente competitivo. Si para que yo gane, otra persona tiene que perder, el conflicto se vuelve una herramienta necesaria para el éxito social.
La normalización del conflicto
Vivimos sumergidos en narrativas de confrontación. La mayoría de las películas, videojuegos y libros se basan en la derrota de un enemigo. Aprendemos que los problemas se resuelven mediante el enfrentamiento. El discurso público suele ser de nosotros contra ellos. Se nos entrena para ver al que piensa distinto como un adversario, no como un vecino con otra óptica u otra manera de entender la vida.
La falta de educación emocional
Irónicamente, la sociedad nos enseña a competir, pero rara vez nos enseña a gestionar la frustración o a negociar. El conflicto surge muchas veces no por maldad, sino por una incapacidad técnica de comunicar necesidades sin agredir.
Regina Wohlmuth concluye que si el conflicto es algo que se aprende, también es algo que se puede desaprender. Si cambiáramos los incentivos de la sociedad de la competencia feroz a la colaboración radical, nuestra naturaleza percibida cambiaría por completo. Como decía Nelson Mandela: «Nadie nace odiando a otra persona... la gente debe aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, se les puede enseñar a amar».
La historia nos recuerda constantemente que debemos estar en conflicto con otra sociedad con otro pensamiento y eso inconscientemente, detona una chispa de conflicto en nuestro interior, aún cuando no hayamos sufrido alguna agresión o alguna injusticia directas.

Además, existen factores que también influyen en el desarrollo de conflictos como pueden ser la envidia; que mal gestionada puede ser una lacra en nuestra mente y ponernos en contra de nosotros mismos o en contra de esos demonios internos con los que tenemos que lidiar para poder lograr algo.