Hace unos días, dando un paseo con una amiga, el olor de una primavera que está a punto de terminar, nos trajo a la cabeza esos veranos que empezaban cuándo guardábamos los libros y las mochilas del colegio en el trastero, ese cementerio que custodiaba las cosas que pensábamos que jamás volveríamos a usar.
La conversación giró en torno a la desazón que nos provocaba haber perdido la percepción del tiempo que teníamos de pequeños y pequeñas. Sentíamos tan eternas las vacaciones estivales, que llegábamos a septiembre hasta con unos centímetros más de altura. La vuelta al cole la hacíamos convertidos en otras personas por dentro y por fuera.
Le expliqué que en algún sitio leí que la ciencia llevaba siglos explorando la percepción del paso del tiempo y que se llegó a la conclusión de que el acelerón del tiempo mental era fruto de varios factores que hacían que sintiéramos que en la adultez, los días no sólo era fugaces, sino que además no parecían reseñables.
Así, el tiempo medible sería una invención humana, un intento de estructurar la memoria y organizar nuestro día a día porque el tiempo que atraviesa el cuerpo depende de factores como la física de nuestros sentidos y los ritmos biológicos del organismo. No es algo que la piel sienta como un calendario repleto de días, meses y años.
Además, se cree que cada persona recibe una serie de estímulos (en forma de piezas de información) que el cerebro se encarga de ordenar y dar sentido. Eso que llamamos tiempo, no es más que un reflejo de la realidad externa a nuestro cuerpo y, por tanto, está sujeta a diferentes influencias.
Por eso, muchos y muchas tenemos la impresión de que en la infancia y la juventud, la vida parece que dura más por la emoción que nos impregna el hecho de realizar muchas cosas por primera vez. Toda esa novedad se reduce con el paso de los años que hace que la cotidianidad se vuelve más rutinaria y menos emocionante.
En justo ahí donde radica una de las teorías más antiguas sobre la percepción del paso del tiempo y la edad: nuestro cerebro prioriza la novedad y por tanto, la atención incrementa su activación cuando el entorno es estimulante.
Entendiendo la atención como el proceso cognitivo encargado de transmitir la información crucial que el resto del cerebro convierte en recuerdos, a medida que transcurren los años, las sorpresas se reducen y la atención registra menos eventos. Por ello, la cantidad de recuerdos que actúan como punto de referencia en la memoria, disminuye creando la sensación de que el tiempo pasa más deprisa.
En conclusión, los recuerdos, en muchísimas ocasiones, van ligados a la intensidad que provoca descubrir cosas nuevas, experimentar por primera vez, saber cómo se sienten ciertos acontecimientos y notar cómo reacciona nuestra mente y nuestro corazón ante ellos.
Continuando con nuestra disertación, una vez que encontramos una explicación científica a la eternidad de esos días en los que éramos los dueños y las dueñas de todas las horas de luz, nos abandonamos a la forma más bella de tristeza que hay: la nostalgia.
Hablamos sobre los recuerdos que guardábamos de los días soleados en los que desarrollamos el súper poder de hacer que el tiempo se detuviera. Pensamos que la esencia del verano residía en un montón de lugares comunes a los que volvemos porque fuimos felices de una manera que no hemos vuelto a experimentar.
En ese punto, dejamos que muchas verdades flotaran en el aire que anunciaba la mejor época del año:
Verano era que tu madre te viera tirarte de cabeza en la piscina y que te esperara con la toalla abierta en el bordillo. Era andar todo el día descalzos y tener las rodillas negras hasta septiembre. Era tumbarte con los auriculares y descubrir que nada te emocionaba como esa canción.
Verano era llenar tu pistola y tus globos de agua para participar en las únicas guerras que deberían existir. Era sentir las primeras mariposas en el estómago mientras compartías un helado. Era tener en tu bicicleta y tu patinete tu patrimonio más preciado.
Verano era hacer la digestión durante dos horas para seguir descubriendo el mar. Era dormirte en dos sillas de bar mientras los adultos resolvían el mundo. Era que tu abuela te pelara la fruta mientras hablaba con la vecina a la fresca. Era soñar a lo grande cuando veías una estrella fugaz.
Verano era creer que eras astronauta en aquella atracción de feria. Era enamorarte y que te rompieran el corazón por primera vez. Era escuchar a Los Brincos en el coche de tu padre con las ventanillas bajadas. Era ser turista en en el pueblo que vio crecer a tus padres.
Verano era escribir en tu diario lo que no querías que supiera nadie. Era sellar amistades más fuertes que cualquier acorazado. Era recopilar conchas y construir castillos de arena y de nubes. Era tomar el sol entre confesiones brutales y flotar en el agua entre conversaciones trascendentales.
Verano era ver cómo las sábanas limpias bailaban en la cuerda del patio. Era descubrir una de las películas de tu vida en un autocine. Era que se te olvidaran las tablas de multiplicar y la sintaxis gramatical. Era el momento en el que descubrías que existía una posibilidad de ser infinito.
