Inventario de descubrimientos: una reflexión sobre las primeras veces

Inventario de descubrimientos: una reflexión sobre las primeras veces

La vida está llena de primeras veces porque su naturaleza cambiante hace que nuestras circunstancias sean distintas constantemente. Eso nos convierte en eternos principiantes.

Con los años, una de las cosas que he asimilado es que la felicidad está en creer que nunca es tarde para nada y que lo único que puede hacerme sentir vivo es pensar que siempre me queda algo por descubrir.

Creo que ser exploradores y exploradoras vitales es algo que tenemos intrínseco y aunque en muchas ocasiones nos resistamos a abandonar nuestras zonas de confort por miedo a lo desconocido, nuestros destinos nos empujan a seguir exponiéndonos a situaciones nuevas, situaciones que de entrada, pensábamos que no podríamos enfrentar.

Eso es lo que de verdad nos hace valientes.

Fotograma de la película Beginners.

Puede que el verdadero significado de la valentía reside en salir reforzado de cada situación adversa que transitamos y por eso estoy seguro de que fue un valiente o una valiente la primera persona en decir lo de que unas veces se gana y otras veces se aprende.

En un ejercicio por interiorizar esta verdad universal, un día me propuse hacer mentalmente un inventario de descubrimientos que llené con esas primeras veces que de alguna manera, han forjado la esencia del adulto que soy. Para profundizar aún más en esa máxima, decidí guardar mis debuts existenciales con los sentimientos, las heridas, las cicatrices, las alegrías y las tristezas que me provocaron tales vivencias.

Guardé la primera vez que me celebraron un logro. Conseguir montar en bicicleta me hizo sentir la grandeza y descubrir que era capaz de hacer muchas cosas. Luego entendí que el logro real fue haberlo intentado aunque hubiera sido un fracaso.

Fotograma de la película Los 400 golpes.

Guardé la primera vez que se rieron de mí y me insultaron en el patio del colegio. Me hizo entrar en conflicto conmigo mismo, pero entendí que no había que gustarle a todo el mundo y que tenía que tener alrededor a gente que construyera en lugar de destruir.

Guardé la primera vez que tuve un amor no correspondido. Me provocó uno de los dolores más intensos que he sentido, pero me hizo entender que no hay nada más importante que el amor por uno mismo y la capacidad de resiliencia.

Guardé la primera traición que sufrí. Me sentí totalmente incomprendido y vulnerable, pero entendí que cada persona guarda unos motivos detrás de sus actos, motivos que puede que nunca entendamos. No siempre hay que entenderlo todo. No todo tiene una explicación.

Guardé la primera vez que le fallé a mi madre y la primera vez que me falló ella a mí. Me sentí totalmente perdido, pero entendí que hay una cosa que se llama amor incondicional y otra que se llama perdón. Son más importantes que el oxígeno.

Fotograma de la película Mommy.

Guardé la primera vez que una sonrisa removió todo mi universo y que un abrazo se convirtió en mi refugio. Sentí que los pies se me despegaban del suelo y entendí el poder tan inmenso que pueden tener los gestos que en apariencia son ínfimos.

Guardé la primera vez que me fui de viaje con mis amigos y amigas. Sentí que la vida puede tener magia y entendí la confianza que mis padres depositaban en mí, que ya estaban preparados para que un día hiciera un viaje que sólo fuera de ida.

Guardé la primera vez que lloré delante de alguien y no sentí vergüenza de ello. Sentí que pesaba 30 kilos menos y que la humanidad y la fragilidad eran dos de las cosas que me hacían más fuerte y más valioso.

Guardé la primera vez que una canción me contó lo que me pasaba y que una película me hizo sentir mariposas en el estómago. Sentí que el arte me sacaría de muchos agujeros y de que sería una tabla de salvación a la que recurrir con mucha frecuencia.

Fotograma de la película A Ghost Story.

Guardé la primera vez que no pasé una entrevista de trabajo. Sentí que mis pensamientos intrusivos podían ser una arma de destrucción masiva, pero entendí que muchas veces no es ahí.

Guardé la primera vez que conseguí un trabajo. Sentí que se me daba una oportunidad de crecer y que de todo se puede sacar un valioso aprendizaje.

Guardé la primera vez que dejé que alguien me viera desnudo. Sentí que el pudor podía paralizarme, pero entendí que el pudor y el miedo compartidos pueden ser de las cosas más bellas del mundo.

Guardé la primera vez que me bañe en el mar y me dejé abrazar por su inmensidad. Entendí lo pequeño que era, pero también entendí la suerte y la tranquilidad que me daba sentir que formaba parte de algo con una belleza tan inconmensurable.

Fotograma de la película Moonlight.

Guardé la primera vez que perdí a un ser querido. La enfermedad y la muerte de mi padre me llenaron de preguntas sin respuesta, pero me hicieron entender que no le tengo miedo a morir. Mi miedo más profundo es mi sufrimiento y el de los míos.

Guardé la primera vez que cogí a mi sobrina en brazos. Sentí que guardaba un espacio infinito en el pecho dispuesto a ser ocupado por alguien. También que no hay nada más irracional que el amor a primera vista.

En mi particular inventario, guardé mil primeras veces, pero hoy sólo guardo la ilusión de tener mil primeras veces más y la creencia de que empezar a ser feliz puede ocurrir en cualquier momento.

Sólo tengo que dar ese salto al vacío que supone reconocer que nunca dejaré de ser un principiante.

Fotografía de portada de Robert Doisneau.

Por Luiki Alonso.

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