En el nombre del padre: una reflexión sobre la aventura de ser hijo

En el nombre del padre: una reflexión sobre la aventura de ser hijo

Mi padre no fue el más perfecto del mundo, pero todas sus imperfecciones las hice mías y las atesoro como uno de los bienes más preciados que poseo.

El día que murió y dejó una tierra que no le fue leve, empecé a entenderlo como persona. Lo despojé de su rol educador y protector para entender mis vivencias con él desde otra perspectiva: la de dos adultos que se podían haber encontrado y querido de otra manera, pero que se quisieron y se encontraron a su manera.

Los ciclos vitales son caprichosos y muchas veces, dolorosos. Cuando yo fui un niño feliz y un adolescente perdido, la figura de mi padre la forjé sobre los cimientos de la autoridad. Quería y respetaba a esa persona, y desde mi docilidad absoluta, la leía como el sujeto que tenía la última palabra en cualquier paso que iba a dar.

Qué carrera estudiar, cómo vivir, cuándo salir, cuándo entrar o qué comer. Todo era por mi bien, lo sé, pero nadie me preguntaba si muchas de esas cosas realmente me hacían bien. Si se asemejaban a lo que yo entendía como felicidad.

Entrado en la treintena, sentí que mi padre me empezaba a dejar coger el volante de mi vida. Ese gesto de confianza nacía del orgullo que sentía al observar que lo que había hecho, había quedado tal y como esperaba que quedara. Nunca me expresó su entusiasmo con palabras, pero no hizo falta.

Él, suelo pensar, perteneció a una generación de hombres a los que se les negó la vulnerabilidad. Se les negó llorar; se les negó abrazar; se les negó hablar de sus miedos; se les negó mostrar preocupación; se les negó decir «no puedo».

El paso del tiempo y su poder transformador está haciendo que ese legado férreo y generacional que empieza a erosionarse como las rocas que se enfrentan con la bravura del mar, dé síntomas de su desgaste a través de muchos de los nuevos padres de hoy que un día fueron hijos que no entendieron sus carencias.

Muchos de mis amigos son conscientes de términos como inteligencia emocional o responsabilidad afectiva. Son partidarios del diálogo y de mostrar sentimientos. De abrazar y de mostrarse humanos. De entender la crianza y la educación como algo en equipo. Asumen su poder para dar alas, no para cortarlas. Algo que nace de entender algo que no entendió mi padre: el derecho a equivocarse.

Si hay una cosa que creo que resume la experiencia de ser padre, es tener dos certezas: que vas a equivocarte y que durante un tiempo vas a ser el que enseñe hasta que empieces a ser el que aprenda. Mi padre se equivocó mil veces conmigo, pero creo que como casi todos los padres del mundo que lo hicieron cómo supieron, cómo pudieron... cómo les enseñaron.

Aún así, con todas las rarezas que tuvo, todos los silencios que lo caracterizaron y toda la inutilidad emocional que destiló, mi padre fue un buen padre y lo sé porque muchos días (tristemente ya no son todos) lo recuerdo con una sonrisa en la boca y ese amor tan irracional que le profesé en sus últimos días. Ese que sólo puede experimentarse con la intensidad que se siente cuando algo se acaba.

Por su parte, sé que hubo amor cuando me mecía la cama para que me durmiera. Cuando me ponía y me quitaba el termómetro cada tres minutos, si tenía fiebre. Cuando me hizo amar el cine y las películas en las excursiones al videoclub. Cuando atravesó el país en coche para llevarnos a Galicia el único verano que tuvo vacaciones.

Cuando se iba a currar a las 5 de la mañana para que no nos faltara nada. Cuando yo me desvelaba y me ponía los discos de Simon & Garfunkel para que me durmiera otra vez en el sofá. Cuando me daba dinero y sellábamos pactos secretos a espaldas de mi madre.

Cuando me llamaba y la conversación giraba en torno a lo que había comido y lo que iba a cenar. Cuando se sentaba toda la tarde conmigo para explicarme los algoritmos y la fórmula de la fuerza. Cuando nos hacía la cena con el abrigo puesto en aquella casa sin calefacción.

Cuando ponía la cara para que le diéramos el beso de buenas noches porque él no sabía darlos. Cuando me ponía su tímida mano en el hombro, si me veía llorar. Cuando se enfadaba, si alguien me hacía algo. Cuando recogía la cocina conmigo incluso cuando sus movimientos empezaron a ser más torpes. Cuando me recogía en la puerta del colegio.

Cuando me preguntaba qué tal me iba todo y enseguida cambiaba de tema. Cuando me enseñó a hacer el nudo de la corbata y a doblar los calcetines. Cuando me decía «pregúntale a tu madre». Cuando soltó la bicicleta sin ruedines para que volara solo. Cuando me decía que hablara yo con los médicos y los de la sala de quimio. Cuando yo salía por la puerta y me decía que me fuera tranquilo.

Hubo mucho amor el día que fui yo el que le dije que se fuera tranquilo. No he sentido más paz en mi vida.

A todos aquellos que estáis haciéndolo lo mejor que podéis. Lo estáis haciendo bien.

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