Hola, me llamo Luz y nací con una habilidad rarísima. Yo diría que, más que una habilidad, es una forma delicada de tortura. Nací con dos ojos, como casi todos, pero no dos ojos normales.
Mis ojos, cada vez que pestañean, hacen una foto. Inmortalizan lo que han capturado en ese instante mis córneas. Además de ver; recojo, aglutino imágenes; cada parpadeo es un fogonazo que convierte el momento en eternidad.
Teniendo en cuenta que una persona adulta promedio parpadea entre 14.000 y 19.000 veces al día, con una frecuencia de unas 15 a 20 veces por minuto, podría decirse que soy la cámara de fotos más productiva que existe en la Tierra. Un archivo infinito latiendo detrás de mis párpados.
De esto me di cuenta siendo muy pequeña. Cuando me iba a la cama y cerraba los ojos, ahí empezaba la fiesta, o la condena, del revelado en mi mente.
No podía dormir, tampoco soñar. Se iban desplegando, una a una, las casi veinte mil fotografías que habían atravesado mis retinas: unas más oscuras, otras más nítidas; fotos sin sentido, fotos que eran mi todo. Un desfile interminable de instantes que no pedí guardar.
Ante tal milagro, o anomalía, mis padres me llevaron al oftalmólogo. Tras pruebas, silencios y miradas que evitaban encontrarse, llegó el diagnóstico:
—Su hija no ve como los demás niños. Tiene un síndrome extraño. Posee una especie de sensor en el hipotálamo.
Y entonces lo explicó como quien describe un cuarto oscuro:
—Funciona como una cámara analógica. Su cerebro utiliza algo parecido a un carrete fotosensible: cada parpadeo impresiona una imagen en él. Tiene una sensibilidad variable, como un ISO emocional: hay días en los que todo se sobreexpone, y otros en los que apenas entra luz. Su mente mide la luz como un fotómetro invisible, decidiendo qué instantes pesan más.
Pero lo más particular es el revelado: no es inmediato. Ocurre después, en la oscuridad de los ojos cerrados, mediante un proceso lento, químico, íntimo. Y cuando el carrete se llena… se rebobina. No para borrar, sino para proteger lo que ya ha sido vivido.
Mis padres no entendieron nada. Yo tampoco. Pero aprendí a vivir con ello.
Pasaron los años, y me acostumbré a ver mi vida como un álbum interminable. Una película que se montaba sola, día tras día, mientras yo simplemente existía dentro de ella.
Mis primeros álbumes estaban llenos de lápices de colores, cuentas desordenadas, cuentos antes de dormir. Rodillas engrasadas de tierra, risas sin motivo, el mundo reducido al tamaño de un patio.
Luego llegaron otras imágenes. Encuentros más cercanos. Más íntimos. Fotografías donde el ruido empezaba a tener huecos, y en esos huecos se colaba el silencio. Mis álbumes se llenaron de miradas sostenidas, de manos que rozaban sin tocar, de despedidas que no sabían que lo eran. La adolescencia fue un carrete sobreexpuesto: demasiada luz, demasiado todo.
Después vinieron las ciudades. Las arquitecturas, los rostros desconocidos, las calles que se cruzaban como pensamientos. Durante un tiempo, mis imágenes se llenaron de gente, de ruido, de vida latiendo rápido.
Y entonces, de pronto, todo se redujo a un solo motivo.Un bebé.
Sus piernas redondas. Su cara aún sin memoria. Sus ojos hambrientos de leche y de amor. Durante años, mis párpados sólo quisieron fotografiar eso: su crecimiento, su respiración, la forma en que el tiempo empezaba a pasar fuera de mí para instalarse en otro cuerpo.
Fui madre, y mi archivo se volvió más tierno, más urgente. Como si supiera que esos instantes eran los únicos que realmente dolería perder. Y el tiempo, que nunca deja de revelar, siguió su curso.
Un día, rozando los setenta, noté que algo cambiaba. Mis fotografías ya no eran nítidas.
Los contornos se volvían blandos. Las luces se difuminaban. Como si el ISO de mi vida se hubiera agotado, como si el fotómetro hubiera dejado de entender la luz. Parpadeaba, pero las imágenes salían veladas, borrosas, como recuerdos que ya no encuentran dónde apoyarse.
Al cerrar los ojos por la noche, el revelado era distinto. Las imágenes llegaban incompletas. Algunas no llegaban. Otras aparecían mezcladas, superpuestas, como si los carretes se hubieran enredado dentro de mí.
Entonces entendí que el rebobinado había empezado. Pero esta vez no era para proteger las imágenes, sino para devolverlas. Como si la vida, paciente, fuera recogiendo sus fotografías una a una. Como si todo lo que había guardado estuviera siendo cuidadosamente desvelado hacia la nada.
Ahora, cuando parpadeo, ya no intento retener. Dejo que la luz pase. Porque he comprendido que nunca fui una cámara. Fui el instante.
Y el instante, como la luz, no está hecho para quedarse.
