«La llave»: una pequeña gran historia de amor

«La llave»: una pequeña gran historia de amor

Hace unos años, en plena pandemia, un amigo se saltó las prohibiciones y un par de comunidades autónomas para venir a verme. Aquello no estaba bien, pero él tampoco.

Texto de La Vermutera

Fotografía vía Pinterest.

Llevaba tiempo viéndose con una chica que no quería más de lo que ya tenían, y eso le volvía loco. Había encontrado en ella la horma de su zapato: una mujer independiente, aventurera, que sabía regular su temperatura emocional pero también ponerla al máximo cuando tocaba, de esas que no puedes decir si es más bella, interesante, curiosa o inteligente; un cúmulo de cualidades sin dueño ni manual de instrucciones que cualquiera querría tener para siempre junto a él.

Nada más llegar, fuimos a la playa y nos abrimos unas latas de cerveza. Era la única forma de abrazar la pena que circulaba por su garganta. Todo su cuerpo temblaba. Le agarré de la mano y le dije que no se la soltaría; ni ahora ni mañana ni por esto ni por cualquier otra diablura. Le entendía bien, el miedo es un terreno fácil de abonar.

Él me miró directo a los ojos, con el espíritu derrumbado pero con el corazón en fuego, y me dijo:
«¿Sabes? A lo largo de una vida puede que muchas mujeres abran la puerta, pero sólo una tiene la llave». La frase resonó en cada uno de mis mundos. Sólo una tiene la llave.

Desde entonces, he regresado a ella sin parar, casi como un mantra.

Fotografía de Marco James.

Con el tiempo, la idea del amor romántico se vuelve porosa. Sí, muchas mujeres han podido abrir la puerta, algunas con delicadeza, otras casi derribándola, otras simplemente dejándola entornada por si acaso.

Pero lo de la llave es otra cosa. No se trata de que la relación funcione, de limitarse a abrir, sino de penetrar. En absoluta simbiosis. Como si la moldura de esa llave encajara al milímetro en tu cerradura; como si esa persona emitiera la chispa exacta para que tu alma entre en combustión espontánea. Una presencia que te desarbola. Que te toca las teclas como si llevara impresa tu partitura en algún rincón de su piel. Que sabe leer tus huesos.

Fotografía vía Pinterest.

Que con cada gesto te hace ser consciente de que es inabarcable y que tiene tantas aristas como momentos y tantos momentos como hay en mil vidas.

Entonces la vi dibujada en la arena tal y como la veo ahora. No a aquella chica en concreto, sino a la certeza de que existe.

De que cada uno tiene a alguien que no es que sea sólo llave, es que conoce la casa, sus grietas, el lugar exacto donde cruje el suelo y también donde se descansa mejor.

Alguien que convierte la puerta en algo irrelevante porque deja de ser frontera. Y entonces entiendes que quizá se trate de elegir entre abrirla con maestría o quedarse.

Texto de La Vermutera

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