Últimamente, todo parece desembocar en un acto, el de "soltar”. Soltar ideas que pesan. Soltar emociones que incomodan. Soltar trabajos, vínculos, historias.
Por Jennifer Delgado Suárez.
La palabra aparece por todas partes: en redes, en tazas motivacionales, en cojines de decoración e incluso en las pizarras de los bares. Todo el mundo repite el mismo estribillo: “déjalo ir”, “fluye”, “no te agarres a nada”…

Pero, entre tanto flow emocional, parece que hemos olvidado algo esencial: no todo lo que duele debe soltarse, y no todo lo que pesa sobra. Quizá, esa obsesión por dejar ir nos está volviendo incapaces de sostener nada. Ni el dolor que nos ayuda a crecer, ni una mala racha y mucho menos un compromiso, como alertara el psicólogo Pepo Garrido.
No es desapego, es huida emocional
Pocas ideas se han popularizado tanto – y se han malinterpretado tanto – como la de “dejar ir”. Lo que nació como un principio básico del budismo y se extendió como una herramienta de equilibrio emocional, se ha convertido en una estrategia para no sentir demasiado. No comprometerse demasiado. No pensar demasiado. No vivir demasiado.
En el budismo, el apego se considera una fuente de sufrimiento, pero solo cuando no sabemos gestionarlo y lo confundimos con control. O sea, no es el apego en sí lo que nos daña, sino nuestra incapacidad para reconocer que las condiciones han cambiado y que debemos cambiar con ellas.
En la versión occidental de consumo rápido, el desapego se ha transformado en otra cosa: una excusa sofisticada para no implicarse demasiado o huir cuando las cosas se ponen difíciles. El discurso actual del “dejar ir” ha sido absorbido por la cultura de la inmediatez y del bienestar exprés. Así hemos acabado confundiendo el significado de fluir y soltar con la fuga emocional.
Y eso también se aplica a las relaciones. De hecho, el sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir una sociedad en la que todo es transitorio: los empleos, las identidades y, sobre todo, las relaciones. En las relaciones líquidas no se busca tanto construir como experimentar. Lo importante es que todo “fluya”, y si deja de hacerlo, se corta de raíz para pasar a la siguiente.
Ese modelo relacional ha generado una baja tolerancia a la frustración afectiva. Cuando el otro no cumple nuestras expectativas inmediatamente, en lugar de intentar reparar el vínculo, lo soltamos. A fin de cuentas, es más cómodo cambiar de persona que solucionar el conflicto. Pero esa lógica convierte las relaciones en productos: las consumimos, no las cultivamos.

La cultura del bienestar instantáneo y el miedo a sostener lo que incomoda
Detrás del imperativo de “soltar” también hay un mercado. El bienestar emocional se ha convertido en una industria multimillonaria abarrotada de apps de meditación, retiros espirituales, coaching motivacional y frases inspiradoras en cuanto producto se puedan imprimir. Todo diseñado para animarnos a aliviar el malestar sin atravesarlo.
Sin embargo, el bienestar no consiste en eliminar lo negativo, sino en integrar todas las emociones que experimentamos. Los estudios sobre la emodiversidad muestran que las personas capaces de experimentar una amplia gama de emociones, tanto positivas como negativas, tienen mejor salud mental.
Por otra parte, los investigadores también han observado que reprimir o evitar emociones incómodas se asocia con mayores niveles de ansiedad y menor satisfacción vital.
Paradójicamente, al obsesionarnos con soltar el dolor, lo prolongamos. Porque lo que se evita no se resuelve: se queda dando vueltas en la sombra, esperando otra oportunidad para salir. Y es que algunos procesos no existen para que los soltemos sin más, como si fueran una piedra incómoda en el zapato, sino para que los vivamos. Y en esa diferencia radica buena parte de nuestra madurez emocional.

Madurar en la incomodidad
La capacidad de sostener lo difícil – sin anestesiarlo ni eliminarlo – es uno de los pilares de la resiliencia. El psiquiatra Viktor Frankl explicaba que el sufrimiento puede ser una vía de transformación, siempre que lo enfrentemos con propósito.
Sin embargo, el mensaje de “dejar ir” nos empuja justo en la dirección contraria: a eliminar cualquier malestar antes de comprenderlo. En nombre de un supuesto “bienestar”, estamos creando una generación emocionalmente impaciente e inmadura.
Personas que confunden la serenidad con la indiferencia y la libertad con la desconexión. Atravesar lo que nos ocurre no significa quedarnos anclados en el dolor o la incomodidad, sino permitirnos vivirlo sin negarlo ni evitarlo. Es comprender que el malestar también tiene un ciclo, y que la única forma de salir de él es pasando por el centro.
No hay que luchar contra las emociones como si fueran un enemigo a someter, sino aprender a convivir con ellas. No se trata de soltar el dolor, sino de darle un lugar. Dejarlo existir mientras nos vamos recomponiendo. Por tanto, el problema no es querer soltar, sino hacerlo a destiempo, demasiado pronto.
Y es que para madurar emocionalmente necesitamos aprender a sostener una emoción incómoda sin dejarnos arrastrar ni intentar luchar contra ella para que desaparezca de inmediato. La capacidad de sostener algo, ya sea un proyecto, una relación o un duelo, requiere permanecer, aunque duela durante un tiempo.
Por supuesto, no se trata de acumular el dolor ni de convertir la vida en un ejercicio de resistencia masoquista, sino de recuperar la capacidad de atravesar lo que duele sin rendirnos ante el deseo de eliminar inmediatamente lo que molesta e incomoda. La madurez emocional no se mide solo por cuántas cosas logras soltar, sino por cuántas eres capaz de sostener sin perderte en ellas.
Por Jennifer Delgado Suárez.
El rincón de la Psicología