Hay un momento extraño que no suele salir en los manuales del duelo que es abrir el congelador.
¿Qué pasa después del entierro? ¿Qué ocurre cuando nos hemos quedado sin lágrimas al vaciar la casa en la que vivían esas personas a las que tanto amas y ya no están?
Porque queda otro trance por pasar: el de los tuppers apilados como una previsión amorosa. Como una forma de futuro que alguien dejó hecha para ti sin saber que no iba a estar.
Lentejas, caldo, croquetas, una caja de gambones… Comida congelada en el tiempo, ese que darías lo que fuera para que no pasase.
¿Qué se hace con eso? ¿Qué haces cuando sabes que esas croquetas son las últimas? ¿Las descongelas y te las comes como homenaje a las manos que las hicieron no hace tanto tiempo para ti? ¿Las dejas enmarcadas en hielo para mantener un sabor que ya no volverá jamás?
Hay familias que no se dicen las cosas. No saben. No les sale o les cuesta mucho. Pero cocinan. Cocinan como quien escribe una carta de amor diaria. Cocinan como quien te toca la cabeza para recordarte que está aquí, contigo.
Cocinan bien, además. De puta madre. Y en esa cocina va todo lo que no se dijo nunca: el «cuídate» el «me importas», el “«vas a comer bien mientras yo esté aquí».
Descongelar una de esas comida es aceptar algo que no estás preparado para aceptar. Que no habrá más. Que ese sabor concreto, ese punto exacto de sal, esa manera de cortar la verdura, ese toquecillo mágico y secreto, se termina ahí, se van con ellos a otro mundo. Que después vendrá el recuerdo, sí, pero no la repetición. Nunca más igual.
Comerlo es un acto íntimo y brutal. Estás masticando memoria. Estás llevando a la boca a todos tus ancestros y memorias. Estás aceptando que el amor, a pesar del duelo, no se acaba, como se acaba el cocido de una madre en un día frío de enero.
Y luego está la nevera. La última compra. Todo eso también duele, porque habla de planes pequeños: desayunos, cenas en la mesa camilla comentando lo loco que está el mundo, comidas ajetreadas y pucheros cocidos con el propósito de estar todos juntos, una vez más.
Quizá por eso la comida nos ancla. Nos fija a un lugar, a una casa, a un pueblo, a una mesa concreta donde alguien se sentaba siempre en la misma silla. Nos ata a un tiempo del que no podemos salir del todo.
Al menos hasta que no se acaban los congelados. Al menos hasta que el congelador queda vacío y hace ese ruido hueco, casi impersonal, de electrodoméstico que ya no guarda nada sagrado.
Entonces sí. Entonces empieza otra cosa. Pero mientras tanto, ahí seguimos. Abriendo y cerrando la puerta. Postergando. Diciéndonos que mañana. Porque mientras quede algo congelado, todavía queda alguien.
Pero la vida sigue su camino y en esa tristeza en la que nos vemos envueltos, siempre hay otras manos que siguen cocinando para nosotros cuando ni el estómago ni el alma quiere probar bocado. Ahí están sosteniéndonos con comida caliente, con una carta de amor en forma de sabores y olores que nos cuidan, aunque en ese momento no lo veamos ni sepamos apreciarlos.
Y quizá la comida sea eso: una forma humilde de trascender. De vincularnos sin darnos cuenta. De seguir cuidando cuando ya no estamos.
Un lenguaje para quienes no supieron hablar abiertamente sobre el amor, pero lo dejaron cocinado y congelado, pensando en cuando ya no estuvieran.
