Oda a la torpeza: todo eso que nos hace tan humanos

Oda a la torpeza: todo eso que nos hace tan humanos

Soy torpe, siempre lo he sido. Alma tras alma, reencarnación tras reencarnación, siempre empezando de cero: un cuerpo nuevo, unas manos escurridizas, unas piernas que se enredan solas, y unos pies que confunden el aire con el suelo.

Y ahí sigo, cayendo literalmente en el primer escalón, como Pepe Viyuela con la escalera, porque incluso los genios de la comedia tienen un maestro: la vida misma.

Caitlyn Grabenstein.

Y no, no estoy orgullosa de mi torpeza, me ha generado muy malos ratos, muchas caras coloradas, frustración e incluso me han frenado a avanzar como me hubiese gustado en muchas ocasiones, pero ¿qué le vamos a hacer? en el sorteo de características antes de venir al mundo, me tocó, entre otras cosas, la de ser un poco patosa.

Las personas que nos consideramos torpes, tropezamos con la alfombra del salón, con nuestras palabras, con nuestras expectativas. «La cagamos», repetidamente. Y sin embargo, hay algo hermoso en esa torpeza: es la prueba de que estamos viviendo esta experiencia humana de la mejor forma que sabemos y podemos.

No es una derrota. Confieso que he mejorado en mis niveles de ineptitud, pero también me ha dado cosas bonitas: he conocido a gente torpe como yo; nos reconocemos en un segundo al pedirnos perdón al mismo tiempo por la calle, al pisarnos en el metro, al cagarla juntos, en eso de ser inoportunos...

La torpeza nos persigue, pero también nos hace compañía. Nos recuerda que, por más que la vida nos haya dado mil cuerpos distintos, mil oportunidades, seguimos siendo los mismos: almas cansadas que tropiezan, que se equivocan, que caen… y que, cuando finalmente miran hacia atrás, pueden reír. Y eso, solo eso, nos salva.

Porque la torpeza lleva implícita una especie de suerte: saber reírse de una misma. Es como si Dios, el universo… llámalo X… quisiera compensarnos con algo que haga contrapeso a las desgracias cotidianas: el humor, lo mejor de esta vida para una persona torpe.

Voy a hacer un top 5 de mis mejores tipos de torpeza:

Torpeza dialéctica: La palabra inoportuna, en el peor momento posible. Hay que tener arte para cagarla así. Lo bueno es que sé pedir perdón con esa torpeza tierna que hace que te perdonen… a veces. Soy torpe, pero también buena gente.

Torpeza tecnológica: Si algo funciona, mi misión es romperlo. Soy la persona que pasa por debajo de las farolas y… ¡pum! Se apagan. Abro la nevera y las luces se rebelan. Muevo el ratón y desaparece ese texto que llevas montando dos días de un plumazo. Si un aparato parece indestructible, conmigo no lo es.

Torpeza deportiva: Educación física era mi kryptonita desde los 12 años. Mis rodillas crujían como palomitas en microondas y levantar un pie parecía una hazaña olímpica. Ver un gimnasio me provoca urticaria emocional. Saltar más de cinco centímetros es ciencia ficción. Eso sí, si me ponen buena música, soy capaz de levitar.

Torpeza culinaria: La presentación de los platos no es lo mío. Hago lo que puedo. Los fogones conspiran contra mi persona. Aun así, mis elaboraciones sencillas salen con amor...a veces crudas, a veces quemadas, pero con amor.

Torpeza emocional: Pierdo llaves, olvidos fechas importantes, confundo nombres y, a veces, me enamoro en el momento menos oportuno. Tropiezo con las emociones propias y ajenas, derramo sentimientos como café caliente, y aun así, sigo intentándolo.

Linda McCartney, The Polaroid Diaries.

Y, al final, hay una grandeza secreta en todo esto: en reconocer nuestra torpeza, en mirarnos al espejo y admitir que nos equivocamos, que tropezamos, que decimos la palabra equivocada o derramamos el café en el momento menos oportuno. Esa risa con nosotros mismos, nos hace inmensos de una manera silenciosa y maravillosa.

Porque nadie es realmente torpe. No somos etiquetas, no somos categorías. Somos personas, con momentos desmañados y otros luminosos; con pasos que se enredan y palabras que se pierden, pero también con manos capaces de crear, abrazar, sostener; con corazones capaces de amar, emocionarse y perdonar.

Reconocer nuestra torpeza es, en realidad, reconocernos humanos. Y eso nos convierte en seres llenos de belleza, de humor, de vulnerabilidad… y de luz. Una luz que brilla incluso mientras caemos, porque caer, tropezar y reírnos de nosotros mismos es la manera más auténtica de vivir.

Ser torpe no es una limitación, sino un recordatorio tierno y poderoso de que estamos aquí, presentes, imperfectos y absolutamente maravillosos. Y en esa maravillosa imperfección, está nuestra verdadera grandeza.

Por Silvia García.

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