Pensar en quiénes hubiéramos sido si hubiéramos nacido en otro lugar, o si hubiéramos tenido otros amigos y amigas, o si le hubiéramos dado una oportunidad a esa persona, o si no hubiéramos rechazado una oferta laboral o si hubiéramos estudiado otra carrera, es igual de frustrante que de inevitable.
Todas las personas en algún momento de su vida, sienten nostalgia de lo no vivido, nostalgia de lo que pudo ser y no ha sido y nostalgia por aquello que no sucedió y quizás, estuvo en nuestra mano que sucediera.
En algunas ocasiones, lo que no ha ocurrido puede depender de nosotros y nosotras, pero en otras muchas, se escapa a nuestro control porque hay cosas que nos vienen dadas sin tener la opción de elegirlas.
Sea como sea, los pensamientos intrusivos que nacen a raíz de dar vueltas sobre esos escenarios posibles que no llegaron nunca a materializarse, nos pueden invadir y nos pueden frustrar con bastante frecuencia.
«Y si...» pueden ser dos de las palabras que más dolor nos produzcan.
Plantearnos todas estas cuestiones no es malo siempre y cuando no condicionen el presente que tenemos, no nos hagan dudar de quiénes somos y no nos provoquen la comparación constante con personas que tomaron otras decisiones distintas a las nuestras.
La psicóloga Regina López Riego asegura en un contenido titulado El duelo por la vida que no vivimos: ¿por qué imaginamos cómo habría sido todo si hubiéramos elegido diferente?, que la vida que pudo ser también ocupa espacio en nuestra mente. Lo importante es que no ocupe más del sanamente necesario.
El problema no está en preguntarnos qué habría pasado, sino en quedarnos atrapados en una versión alternativa de nuestra historia que utilizamos constantemente para evaluar la vida presente.
López Riego añade que el pensamiento contrafactual es la capacidad de imaginar alternativas a lo que ha ocurrido. Es decir, partimos de un hecho, cambiamos una decisión o una circunstancia y pensamos en otro desenlace: qué habría pasado si hubiéramos hablado antes, elegido otros estudios o decidido quedarnos en lugar de marcharnos.
Esta capacidad tiene una utilidad ya que, revisar una decisión nos permite aprender de nuestros errores, considerar sus consecuencias y plantearnos cómo actuar en una situación parecida. Imaginar otra respuesta es ventajoso porque puede ayudarnos a preparar la siguiente, aunque ya no podamos cambiar la anterior.
Pero, ¿qué ocurre cuando revisar el pasado se convierte en juzgar el presente?
La dificultad no está en hacernos esas preguntas, sino en convertir una respuesta imaginada en la medida de nuestra vida actual. No es lo mismo pensar que podríamos haber valorado mejor una oferta que concluir que, de haberla aceptado, hoy seríamos más felices. En el primer caso estamos revisando una elección. En el segundo, estamos atribuyendo a una historia desconocida un resultado que no podemos comprobar.
Podemos acabar haciendo algo parecido con una relación que terminó, una mudanza que descartamos o un proyecto que no llegamos a empezar.
Esa alternativa empieza a reunir justo lo que echamos de menos: compañía, tranquilidad, satisfacción o tiempo. Así, deja de ser una posibilidad entre otras y se convierte en el lugar imaginario donde nuestros problemas parecen estar resueltos mientras que la vida presente sigue teniendo días difíciles, decisiones incómodas y asuntos pendientes. Esta comparación, aparte de irreal, es desequilibrada e injusta.
Lo que conocemos y lo que imaginamos
De la vida que hemos vivido conocemos las dificultades y las contradicciones. Sabemos qué nos ha costado una decisión y qué consecuencias ha tenido. De la otra, en cambio, solo podemos construir una versión.
En esa versión es fácil prestar atención a las posibles ventajas dejando mucho menos definidos los inconvenientes. Podemos imaginar la satisfacción de aquel empleo sin saber qué exigencias habría traído; pensar en lo que nos habría ofrecido otra ciudad sin conocer las dificultades que habríamos encontrado para adaptarnos a ella.
Esto ni demuestra que el camino descartado hubiera sido peor, ni nos obliga a considerar acertadas todas nuestras decisiones.
La diferencia está en no confundir lo que lamentamos con lo que sabemos. Podemos desear haber elegido de otra manera sin convertir ese deseo en una certeza sobre cómo habría sido nuestra vida. Quizá aquella decisión habría traído algo bueno, pero lo que no podemos saber es qué más habría traído el hecho de haberla tomado.
La vida que no elegimos: ¿habría sido mejor?
Pensar en lo que no elegimos no tiene por qué ser una reflexión inútil. En ocasiones, permite reconocer una necesidad que hasta entonces no habíamos atendido.
Por ejemplo, si recordamos una afición abandonada, tal vez echemos de menos el espacio que ocupaba en nuestra vida o si imaginamos otro tipo de relación, esa comparación puede ayudarnos a entender qué necesitamos en las relaciones que tengamos futuras o en los vínculos que disfrutamos en nuestros presentes.
En estos casos, lo importante no es demostrar que antes nos equivocamos. Es comprender qué expresa hoy ese deseo. Es decir, echar de menos una actividad puede hablarnos de las ganas de recuperarla, pero no demuestra que abandonarla fuera determinante para todo lo que vino después.
Mirar atrás también puede servir para reconocer consecuencias que nos duelen. Hay decisiones cuyos efectos nos gustaría modificar, oportunidades que lamentamos haber dejado pasar y elecciones que ahora haríamos de otra manera.
Entre las consecuencias y las suposiciones
Podemos identificar aspectos de nuestra historia que influyen en cómo vivimos ahora. Lo que no podemos hacer es conocer el resultado completo de una historia que nunca ocurrió.
La posibilidad de que las cosas hubieran ido mejor existe, pero no equivale a una certeza.
Cuando atribuimos todo nuestro malestar a una única decisión, corremos el riesgo de confundir ambas cosas. El descontento de hoy parece convertirse en la prueba de que aquel otro camino era el correcto. Sin embargo, que algo nos pese ahora no demuestra que la haber elegido otro camino hubiera resultado mejor.
Podemos comprender nuestra historia sin resolver esa comparación imposible. También podemos lamentar una elección sin convertirla en una explicación para todo lo que no nos satisface.
Quizá la pregunta por aquella otra vida no tenga una respuesta definitiva. La que se refiere a esta puede ser más concreta: qué nos falta, qué queremos recuperar o qué desearíamos cambiar.
El duelo por lo que pudo ser
Al hablar de duelo solemos pensar en un familiar que hemos perdido, en una relación que zanjamos o en una etapa que se cierra. Pero también podemos lamentar algo que nunca llegó a suceder: una posibilidad que tuvo importancia para nosotros y nosotras y que ya no forma parte de nuestro porvenir.
La palabra duelo en este contexto, sirve para describir esa experiencia emocional, no para establecer un diagnóstico ni dar por hecho que todas las personas la atraviesan de la misma manera. Este duelo nos sirve para reconocer una dificultad comprensible, la de aceptar que no podremos vivir todo lo que alguna vez deseamos.
Quizá aún podamos estudiar aquella carrera que nos interesaba, pero ya no en las circunstancias en las que imaginábamos hacerlo. La posibilidad puede seguir ahí y, sin embargo, algo ha cambiado: el tiempo disponible, las prioridades o la etapa de la vida en la que nos habría gustado vivir esa experiencia.
El contexto que influye a nuestras decisiones
El tiempo que dedicamos a una trayectoria profesional no puede destinarse, a la vez, a todos los demás caminos que nos atraen. Comprometernos con una relación implica renunciar a otras historias posibles.
Esas renuncias no siempre resultan igual de visibles. Podemos tomar una decisión convencidos de ella y sentir, más adelante, tristeza por lo que quedó fuera. Ambas cosas pueden convivir: valorar lo que hemos elegido y reconocer que había otras experiencias que también nos habría gustado tener.
El paso del tiempo puede hacer más evidente ese límite. No es lo mismo plantearse un proyecto en un momento que en otro, ni recuperar el contacto con alguien equivale a recuperar la relación tal como era. Lo que echamos de menos puede ser tanto una experiencia como la oportunidad de vivirla entonces, con las circunstancias de aquel momento.
Pero sentir pena por una posibilidad perdida no demuestra, por sí solo, que nos equivocáramos. Tampoco nos obliga a despreciar lo que sí forma parte de nuestra vida. Podemos estar satisfechos con un camino y sentir tristeza por otro que no recorrimos.
Nuestra historia contiene decisiones, límites y experiencias que no llegaron a ocurrir. Podemos reconocer estas últimas sin convertirlas en la medida de todo lo vivido. Lo que pudo ser merece un lugar, pero no tiene por qué ocupar la historia entera.
A modo de conclusión, no necesitamos demostrar continuamente que tomamos las decisiones correctas para poder reafirmarnos en nuestras elecciones y continuar sin dudas de que lo estamos haciendo bien.
Debemos aprender del pasado sin exigirnos la certeza de que existía un único camino correcto.
Porque una vida satisfactoria no es necesariamente aquella en la que elegimos siempre bien, sino aquella en la que podemos seguir construyendo algo significativo con las decisiones que hemos tomado y las posibilidades que todavía tenemos.
