La celebración de la mayor competición deportiva a nivel mundial cuenta con una banda sonora basada en un poema griego, un canto a la gloria, un alegato a la paz.

Hay que remontarse a más de 2.000 años atrás en el tiempo para encontrar la primera constancia de la celebración de los Juegos Olímpicos. Fue en el año 766 a.C., en Grecia, como una festividad en honor al dios Zeus.
Desde entonces, las Olimpiadas son una de las mayores gestas deportivas imaginables, un evento en el que todas las naciones aúnan fuerzas, dejan de lado sus diferencias y se preparan para demostrar de lo que es capaz el ser humano cuando está a su máximo nivel.
Una competición de tal nivel merecía, como no podía ser de otra forma, un himno propio que pudiera resumir la magnitud del deporte en su máxima expresión. Hubo que esperar hasta 1896 para escuchar el Himno Olímpico por primera vez, en Atenas, y hasta 1958 para que el Comité Olímpico Internacional (COI) lo reconociera oficialmente como la música que, desde entonces, marca el inicio y el fin de los juegos.

El compositor griego Spyridon Samaras, inspirado por la letra de un poema de su compatriota Kostis Palmas, creó el acompañamiento musical en su lengua natal, inglés y francés, aunque se ha cantado en numerosos idiomas, dependiendo del país anfitrión de cada Olimpiada.
La valentía, la nobleza, el espíritu competitivo, la esperanza y el sentimiento de unión están presentes en el Himno Olímpico. Cualidades que resuenan cada vez que se inician y cierran las competiciones.
Himno Olímpico
Espíritu inmortal de la antigüedad, Padre de lo verdadero,
lo hermoso y lo bueno.
Desciende, preséntate, Derrámanos tu luz sobre esta tierra y bajo este cielo,
Que fue el primer testigo de tu imperecedera fama.
Dad vida y vivacidad a esos nobles juegos
Arrojad, guirnaldas de flores que no palidecen.
¡A los victoriosos en la carrera y en la contienda!
¡Crea, en nuestros pechos, corazones de acero!
En tus ligeras llanuras, montañas y mares
Brillan en un matiz roseo y forman un enorme templo
En el que todas las naciones se reúnen para adorarte,
¡Oh espíritu inmortal de la antigüedad!