María Elena Walsh fue una artista que entendió que el juego puede ser una forma seria de pensamiento y que la imaginación opera como una manera de desmontar el lenguaje para volver a armar el mundo desde otra lógica.
Quienes la trataron, y como confirman sus primeros libros, coinciden en que fue una inteligencia temprana y exigente, poco inclinada al ruido y muy atenta al detalle. Desde joven mostró una relación con la palabra marcada por la precisión y el sentido del ritmo.
Nació en 1930, en Villa Sarmiento, en una casa donde la música y los libros formaban parte de la vida cotidiana. Su padre, de origen británico, tocaba el piano; su madre alentó una educación sin rigideces. Ese entorno explica, en parte, una curiosidad amplia que la acompañaría siempre. A los quince años publicó su primer poema en la revista El Hogar. En 1948, con 18 años, publicó Otoño imperdonable, un libro que sorprendió por su madurez y que fue leído con atención por escritores como Borges, Neruda o Alberti.
Walsh nunca se conformó con los márgenes disponibles. A finales de los años cuarenta viajó a Estados Unidos invitada por Juan Ramón Jiménez, una experiencia decisiva en su formación literaria. Poco después se instaló en París junto a Leda Valladares. La música apareció como una prolongación natural de su trabajo con el ritmo, la oralidad y la tradición popular. Con Leda comenzó a cantar folklore argentino en universidades y pequeños escenarios. Además de pareja artística, Leda Valladares se convirtió en uno de sus grandes amores.
En los camerinos de los pequeños escenarios europeos, entre una canción y otra, comenzaron a surgir los primeros versos destinados al público infantil, un giro que luego consolidaría como una poética propia. Esos poemas y juegos de palabras escritos en París germinarían años después en Tutú Marambá (1960), su primer libro para la infancia, cuando ya de regreso en Argentina empezaba a imaginar la literatura infantil como un espacio de libertad creativa y de revolución estética.
La literatura infantil cambió con María Elena Walsh, aunque ella nunca habló de ruptura. Simplemente escribió sin subestimar al público infantil. Manuelita la tortuga, La reina batata, Tutú Marambá, El reino del revés… confían en la capacidad de las niñas y los niños para entender el juego verbal, el absurdo y la ironía.
El disparate funciona como herramienta de pensamiento. Sus personajes desajustan el sentido común, alteran el orden lógico y ponen en crisis el lenguaje mismo. Esa manera de escribir marcó a generaciones enteras y redefinió el lugar de la infancia dentro de la cultura argentina.
Aunque su obra para niños la hizo universal, María Elena Walsh nunca dejó de escribir para adultos. Durante los años sesenta y setenta, en un país atravesado por la censura, escribió canciones que se convirtieron en himnos contra la represión. Su obra se articula en torno a una idea central: la persistencia de la voz, la memoria y la dignidad incluso en condiciones adversas. Como la cigarra nació tras un periodo de silencio impuesto.
Mercedes Sosa, Jairo o Joan Manuel Serrat encontraron en su obra una escritura de una solidez excepcional. Walsh entendía la canción como un espacio literario pleno, trabajado con precisión extrema, lo que explica que sus textos sigan activos y legibles fuera del momento histórico que los vio nacer.
Walsh fue una figura incómoda para las etiquetas. Comprometida con la autonomía intelectual y vital de las mujeres en un contexto que apenas admitía ese debate, cuestionó en artículos y ensayos, con ironía y lucidez, los mandatos impuestos a las mujeres, la maternidad obligatoria y la domesticación del talento femenino.
Vivió durante décadas con la fotógrafa Sara Facio, su compañera de vida. En una época marcada por el silencio y la censura de la homosexualidad, eligió una vida coherente, vivida con naturalidad y sin ocultamientos, en consonancia con una obra que nunca separó pensamiento, ética y forma de estar en el mundo.
Murió el 10 de enero de 2011, en Buenos Aires. Su legado está en las canciones que siguen cantándose y en los libros que continúan leyéndose sin necesidad de actualización, en una forma de entender la cultura como espacio de libertad, responsabilidad y conciencia.
