Las redes, de vez en cuando, nos llevan a lugares que no existían antes de que el algoritmo nos acercaran a ellos. Me ha pasado con Salvador Albadalejo, un artista alicantino al que internet, el amor de su hija y la justicia poética, le han devuelto las ganas de pintar y de vivir.
Salvador nació en Cartagena en 1945 y lleva más de 70 años pintando. Siete décadas de pinceles, lienzos, acuarelas y silencios. De una vida entera dedicada al arte sin focos, sin grandes campañas, sin ruido. Solo trabajo, constancia y una necesidad profunda de crear.
Estudió delineación de proyectos de construcción, aunque apenas ejerció un año. Lo suyo estaba en otra parte: en la pintura. Se formó en la Real Sociedad de Amigos del País de Cartagena y en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid.
Después llegaron los viajes, exposiciones por Europa y Estados Unidos, premios y reconocimientos en distintos certámenes nacionales.
Pero, sobre todo, llegó una vida entera pintando. Su obra ha transitado por el retrato, el impresionismo y el abstracto. Hoy, con 80 años, Salva sigue creando desde el lenguaje que más le representa ahora: composiciones abstractas sobre lienzo o papel, muchas de ellas en acuarela, llenas de intuición, color y libertad.
Durante años vivió como tantos artistas han vivido siempre: vendiendo sus propias obras. Bajaba al paseo marítimo de Villajoyosa a hacer caricaturas mientras mostraba sus cuadros. Intentaba moverse entre galerías, tiendas, encargos.
Hacía lo que podía para seguir sosteniendo una vocación que nunca abandonó pero el tiempo pesa, y también también lo hace la falta de oportunidades y de ojos que aprecien lo que tiene un corazón lleno de arte tiene que contar.
Este invierno tuvo que dejar la casa donde vivía desde hacía más de veinte años porque iba a convertirse en alquiler vacacional. No encontró nada asumible en la zona y terminó mudándose a Orxeta, un pequeño pueblo de montaña aislado. Sin transporte regular. Lejos de todo.
Allí su salud empezó a resentirse. Perdió siete kilos en Navidad y pasó más de tres meses delicado. Y entonces ocurrió algo bonito. Su hija Paula decidió ayudarle; ella trabaja en el mundo del yoga y las redes sociales, y pensó que si había logrado construir una comunidad alrededor del bienestar, también podía hacerlo para la obra de su padre.
Abrió una cuenta. Compartió sus cuadros. Contó su historia y en en solo un mes, vendieron muchísimas obras.
Pero lo importante, además de las ventas, fue lo que volvió con ellas: la ilusión, las ganas de levantarse cada mañana a pintar, la energía, la dignidad. Incluso pudieron comprarle un audífono y, después de toda una vida, Salva volvió a escuchar bien. Literalmente, volvió a abrir sus oídos, y todo su ser, a la vida.
Hoy es feliz sabiendo que sus cuadros habitan hogares, paredes y familias. Que después de tantos años creando en silencio, su arte por fin encuentra nuevas miradas. Pienso, que en este mundo doloroso, lo viral debería ser esto.
La historia de alguien que nunca dejó de pintar. Y que, con 80 años, por fin empieza a ser visto.
