Hace unos días volví a ver La Tortuga Roja: esa obra maestra de la animación que en poco menos de hora y media te hace reflexionar sobre el dolor y la belleza de los ciclos vitales.
Dirigida por Michael Dudok de Wit en 2016, esta fábula que mezcla realidad y fantasía, cuenta la historia de un náufrago en una isla desierta que conoce a un ser mágico (mitad tortuga, mitad mujer) que se convierte en su compañera de vida. La cinta francesa es la única producción que Studio Ghibli ha realizado fuera de Japón.

Con unas imágenes poderosísimas y una banda sonora prodigiosa, asistes de una manera sutil e íntima a lo que es la esencia de la vida en su total plenitud.
Mientras me emocionaba con las alegrías y las desgracias de la familia que el náufrago y su compañera forman, iba pensando en lo irremediablemente dura e injusta que es la existencia en muchas ocasiones.
En la aventura de crecer y madurar, la mayoría formamos un hogar a través de ese acto totalmente altruista que es cuidar y querer, pero sabemos que un día debemos dejar volar tal y como un día nos dejaron volar a nosotros y a nosotras.

Y es justo en ese momento de renunciar, donde se encuentran la belleza, el dolor y la tristeza que supone envejecer sin poder "exigir" que se inviertan los roles, sin poder exigir que un día te devuelvan lo que tú entregaste en su momento.
El frenético ritmo de vida en el que todos y todas nos vemos inmersos e inmersas, nos empuja a olvidarnos de lo que de verdad importa: la familia.
Y piensas: llegado ese momento vital en el que tus hijos e hijas empiezan a volar, también te enfrentes al hecho de no poder atender a las personas que te hicieron el regalo de ser hijo o hija a ti».

Es, sin duda, la encrucijada existencial más dura que existe, una que disfrazamos con el convencimiento de que es un proceso natural que no sirve de consuelo, que no sirve para apagar el ruido que sentimos en la cabeza y en el pecho.
La vida nos pasa por encima quitándonos el bien más preciado que tenemos: el tiempo. Un tiempo que nunca va a volver, que jamás recuperaremos y que, la mayor parte de nuestros días, no usamos como deberíamos, como de verdad querríamos.
Es una realidad aplastante que el destino y las circunstancias nos llevan muchas veces por caminos que nos obligan a alejarnos de nuestros seres queridos, que tenemos que conformarnos con llamadas de teléfono, mensajes de texto y fiestas de guardar para seguir creando los recuerdos imborrables que serán el verdadero legado tras nuestro efímero paso por la Tierra.
Nadie dijo que en la belleza que existe en crecer y envejecer no hubiera dolor. Ese dolor que causaremos con nuestras partidas, el mismo que sufriremos con las partidas de otros.