Andamos tan metidos en lo que creemos que es urgente, que nos olvidamos muchas veces de lo que es realmente importante. Dejamos para después esa llamada, esa visita, esa presencia...como si el tiempo fuese infinito, como si siempre existiera un mañana.
De esto va «Un regalo para la abuela», el corto que nos ha tocado la fibra y que habla de la soledad y de los pequeños gestos que ayudan a disuadirla.
Dos miradas, una misma sensibilidad
Detrás de la pieza audiovisual están David M. Mateo y David Mora, dos creadores que llegan al cine desde lugares distintos, pero con una sensibilidad común: contar lo íntimo para hablar de lo universal.
David M. Mateo aterriza en el cine desde la Criminología. Tras mudarse a Madrid para seguir una vocación más intuitiva que académica, debuta como director y productor con The Restoration, un largometraje de ficción de bajo presupuesto y gran ambición estética. Un thriller psicológico donde imagen, sonido y memoria se entrelazan para explorar la identidad, la ausencia y el peso del recuerdo. Una obra que ya deja clara una constante en su mirada: el arte como puente entre tiempos y emociones.
David Mora, guionista y director, concibe el cine como un ejercicio de introspección y honestidad radical. “El guion más difícil de escribir e interpretar es la propia vida”, defiende. Sus historias nacen de la experiencia, de la observación y de la fragilidad humana, buscando siempre conectar desde la verdad emocional y no desde el artificio.
Hemos hablado con ambos sobre el proceso y la creación de esta preciosa pieza audiovisual.
¿En qué momento sentiste la necesidad de rodar Un regalo para la abuela? ¿Hubo una experiencia personal o una imagen concreta que encendiera la chispa del corto?
Creo que cuando somos más jóvenes, vemos la vejez tan lejos que no somos conscientes de que los problemas de nuestros mayores algún día serán los nuestros. La soledad no deseada es muy dura, y todos podemos hacer pequeños gestos para mejorar la vida de nuestros abuelos.
Por eso, cuando grabamos el corto nos pusimos en contacto con Adopta un Abuelo, expertos
en esta materia.
Decís que el mejor regalo es el tiempo. ¿Por qué creéis que nos cuesta tanto regalarlo, incluso a quienes más queremos?
Porque a veces nosotros mismos nos creemos la mentira de que no tenemos tiempo.
Confundimos estar ocupados con “ser importantes”. Vivimos metidos en una inercia de prisa constante que nos hace creer que no podemos parar. Pero hay que parar. Priorizar las cosas. El tiempo es lo único que no vuelve. Todos podemos quitarnos media hora que “perdemos” en redes sociales viendo la vida de otras personas, y regalarle esos minutos a los que tenemos alrededor.
Existe muy poca consciencia sobre lo limitado que es el tiempo que tenemos. Vi un vídeo en el que calculaban cuántos días reales les quedaban a varias personas para pasar con sus padres antes de que murieran.
Muchos pensaban que aún quedaban diez, veinte o treinta años, pero al contar los días que realmente convivían con ellos, en muchos casos no llegaban ni a veinte. Ahora imagina el mismo cálculo con tus abuelos, para quienes aún los tenemos.
El corto apela a la emoción sin caer en el golpe fácil.
¿Qué importancia tenía para vosotros tratar este tema con delicadeza y verdad?
Para mí era fundamental, tanto desde el guion como a la hora de grabarlo, transmitir esa cercanía, esa familiaridad que requería el corto. Por eso, hicimos un casting donde se buscaba la verdad, la sencillez.
Lograr plasmar un momento que todos hemos podido vivir y con el que pudiéramos sentirnos rápidamente identificados. Queríamos entretener, emocionar, pero también conseguir que el mensaje se compartiera y llegara a mucha gente, por lo que el humor también está presente.
¿Cómo surge la colaboración con “Adopta un abuelo” y qué os aportó trabajar junto a ellos?
¿Cambió vuestra mirada sobre la vejez después de conocer su labor de cerca?
La colaboración surgió de forma muy natural. Muchos de los que participamos en el cortometraje ya seguíamos su trabajo y nos inspiraba su forma de dignificar la vejez, así que les propusimos unir fuerzas.
Trabajar con ellos nos enseñó que la compañía no es solo presencia: es escucha, es cariño, es constancia. Te das cuenta de que un mayor no es “otro”, es tú dentro de unos años.
Lo que más me sorprendió de ellos fue la cercanía de Alberto y su equipo. El cariño que ponen en lo que hacen y lo importante que es para ellos que el mensaje sea consecuente con lo que quieren transmitir.
Más allá del corto, ¿qué gestos cotidianos creéis que pueden ayudar a concienciar a la sociedad sobre la soledad de nuestros mayores?
Un simple acto como preguntarle a una persona mayor cómo está cuando te la cruces en el ascensor, en la parada del autobús… puede marcar la diferencia.
Pararnos un segundo y ser empáticos, quizá para ellos eres la única persona con la que interactúan ese día. Además, escuchar a nuestros abuelos, no es “un favor que les hacemos”, es una fuente de aprendizaje infinita para nosotros. Un aprender de la madurez y la experiencia. Deberíamos preguntar más a nuestros mayores y menos a ChatGPT.
Los que tengamos la suerte de llegar a la tercera edad, nos vamos a encontrar con las mismas dificultades que ellos afrontan en la actualidad. Nuestros mayores son tan válidos como nosotros y muchos solo tienen una falta de acceso a las herramientas actuales. Debemos tener más empatía y más paciencia.
Vivimos en una sociedad cada vez más acelerada e individualista. ¿Cómo imagináis el futuro de nuestros mayores y qué responsabilidad creéis que tenemos como comunidad para que ese futuro sea más digno y humano?
Me gustaría imaginar un futuro donde la vejez no se viva como una carga, sino como una etapa llena de valor. Pero para conseguir eso, la responsabilidad es nuestra. Como comunidad tenemos que volver a mirar a los mayores como lo que son: memoria, experiencia, un nosotros del futuro.
El futuro de nuestros mayores es nuestro futuro, aunque estemos acostumbrados a tratar la vejez como algo ajeno.
Como comunidad, deberíamos exigirnos avanzar todos juntos y al mismo tiempo, y procurar que la tercera edad no sea la edad rezagada y olvidada. Si les privamos de las ventajas de vivir en la sociedad actual, ¿cómo esperamos que no nos ocurra lo mismo a nosotros?
Si este corto pudiera llegar a una sola persona y provocar un cambio real, ¿qué os gustaría que hiciera después de verlo?
Que coja el teléfono en ese mismo instante y llame a sus abuelos, o a aquella persona mayor que tenga cerca. Sin postergarlo. Que vaya a comer con ellos, dejando el móvil en modo avión. Si logramos eso con una sola persona, el corto ya tiene sentido.
Guardar el móvil y mirar a su alrededor. Quizá tenga al lado a su abuela o abuelo, o a sus padres. Alguien que quiera ser escuchado y tener una conexión real.
Después de rodarlo ¿qué es lo que ya no podéis mirar igual cuando pensáis en vuestros propios mayores?
La verdad es que me ha hecho cuestionarme a mí mismo porque no veo más a mi abuela. Si de verdad le doy todo el tiempo que podría, y cómo cambiarlo. La teoría nos la sabemos todos, pero en este caso, más que nunca, tenemos que llevarla a la práctica. No por nuestros mayores, sino por nosotros mismos.
Sobre todo, he visto lo real y necesario que es. Cuando terminé el primer montaje y se lo enseñé a mi familia, todos se emocionaron. Estuvieran en el lado de “dar” tiempo o en el de recibirlo, entendieron al instante lo valioso que es hoy en día.
La soledad no deseada es dura. Y silenciosa. Por eso, durante el proceso, el equipo se puso en contacto con la ONG Adopta un Abuelo, expertos en acompañar, escuchar y dignificar esta etapa de la vida. Porque este corto no quería hablar sobre los mayores, sino con ellos.
«Un regalo para la abuela» no habla solo de la vejez. Habla del presente. De lo que aplazamos. De a quién dejamos para después. Nos recuerda que el tiempo se esfuma y que no es reversible. Y que, al final, lo único que permanece de verdad no es lo que hicimos, sino el amor que supimos dar.
