«Se vacían casas»: una reflexión sobre lo que queda cuando ya no queda nada

«Se vacían casas»: una reflexión sobre lo que queda cuando ya no queda nada

Ayer, una semana después del fallecimiento de mi vecina Aurora, de más de noventa años, un camión destartalado interrumpió mi paso por la acera. En él se leía un mensaje que me heló el alma: «Se vacían casas».

Mi corazón se paró y se partió al mismo tiempo al ver cómo dos mozos fuertes sacaban muebles, ropa, libros, lámparas y un sinfín de cajas mal cerradas de mi amiga Aurora.

Ejecutaban la orden de un sistema que parece enfermo. No sienten, solo cargan, trasladan, apilan. Vacían una vida entera y la reducen a cinco metros cuadrados, silenciando 90 años de existencia plena.

Aurora ya no tenía a nadie en este mundo. No tuvo hijos, sus hermanos habían muerto, y quedaba alguna línea sucesoria de la que nunca me habló. Sin embargo, los mozos vaciaban su casa y, con ella, de algún modo, se vaciaba su historia.

© Matt Wilson.

Se vacían casas. Se vacían personas. Se vacía la estela de alguien que amó, que vivió guerras y hambrunas, que soñó y perdió a toda su gente, y aun así siempre tuvo un espacio para el cariño.

Su último lugar y sus cosas ahora estaban apiladas en un camión frío, duro como las guerras. Me pregunto: ¿a dónde irán? ¿Qué harán con sus cosas? Solo son cosas, pero eran las suyas. Lo único que nos queda de Aurora en este mundo donde lo material parece tener valor, cuando en realidad no lo tiene.

Se vacían casas, es grave, pero es mucho peor que se nos vacíen los recuerdos, el amor y todo lo que ella dejó. Y me pregunto: ¿qué sentido tiene aferrarse a los recuerdos cuando ya nadie nos recordará? ¿Por qué pasamos la vida apilando enseres, comprando, coleccionando cárceles?

© yaz_zmu

¿No sería mejor tener menos cosas y vivir más, imaginando animales en las nubes, plantando tomates, paseando por senderos, amando y regalando lo más valioso: nuestro tiempo?

Aurora ya no está. Sus cosas tampoco. Y sin embargo, mientras el camión se alejaba, tuve una visión: cada objeto, cada libro y cada lámpara que una vez fue suyo se transformaba en algo ligero, como hojas llevadas por el viento. Flotaban sobre la ciudad, brillando al sol, y en cada rayo se sentía su risa, su cuidado, su mirada amable. No se perdieron.

No nos dejaron. Se convirtieron en cometas que bailan en el aire, recordándonos que lo que somos no cabe en muebles ni cajas, sino en la memoria viva de quienes tuvimos el privilegio de quererla.

Suscríbete a nuestra newsletter

Únete a nuestra comunidad. Así podremos invitarte a los eventos que organizamos y estarás al tanto de convocatorias y concursos.