Las veces que el sentido del humor me ha salvado la vida

Las veces que el sentido del humor me ha salvado la vida

Recuerdo el funeral de mi abuela materna como se recuerdan algunas escenas que no deberían haber sido graciosas, pero lo fueron, como si el dolor, de repente, se descolocara y dejara pasar otra cosa por una rendija mínima.

En mitad de la misa, mi madre y mis dos tías dijeron una frase tan dolorosa y, al mismo tiempo, tan torpemente humana, que algo dentro de mí se rompió en risa. No una risa bonita, ni educada. Una de esas risas que que te traicionan justo donde se supone que tienes que estar entera. Tuve que salir de la iglesia casi sin aire, con la sensación de estar cometiendo una falta imperdonable contra la tristeza.

Fotografía vía Pinterest.

Horas después, como si la vida supiera exactamente cómo recolocar lo irrecolocable, acabamos todos los primos y la familia en un restaurante chino de Jaén. Nadie lo decidió del todo, simplemente ocurrió, como ocurren las cosas importantes. Pedimos arroz tres delicias y platos diferentes, como declaración de intenciones, las de seguir vivos y descubriendo sabores, ya sin ella.

Y allí, entre platos exóticos y servilletas de papel, empezamos a hablar de mi abuela Luisa como si aún estuviera en la mesa, como si el duelo necesitara primero disfrazarse de memoria para poder respirarse. Sus frases, sus manías, sus pequeñas repeticiones domésticas… todo empezó a aparecer como escenas sueltas, casi cómicas, casi tiernas, como si la vida hubiera sido también un sketch que ahora podíamos volver a ver sin miedo.

Reíamos y llorábamos a la vez, sin jerarquía posible entre una cosa y la otra. Como si el cuerpo, por fin, hubiera dejado de intentar decidir qué era lo correcto.

Fotografía vía Pinterest.

De pequeña me pasaba constantemente. Desde la comunión, la misa de los domingos era un ejercicio de contención que nunca me salía del todo bien. Yo intentaba ser una niña formal, de las que se sientan rectas y miran al frente con devoción.

Pero siempre había algo mínimo que lo desordenaba todo: un silencio demasiado largo, un “amén” dicho con una solemnidad exagerada, una señora que tosía como si estuviera improvisando percusión en mitad del Evangelio.

Yo lo intentaba de verdad. Pero el humor encontraba siempre una rendija.

Y cuando algo está prohibido, la risa se vuelve más física, más urgente, más imposible de esconder. Me salía en oleadas pequeñas, traicioneras, y acababa con dolor de barriga y lágrimas en los ojos, sin saber si había sobrevivido a la misa o a mí misma.

Luego pasaba por el confesionario y decía, muy seria:

—Perdóneme, padre, porque me he reído de todo Dios en su santa casa. Y de usted el primero. Creo que he nacido un poco payasa.

El cura me miraba como si no existiera un sacramento suficiente para eso.

Con el tiempo entendí que no era un fallo, sino una forma rudimentaria de cuidado. Un mecanismo torpe, sí, pero eficaz.

Empecé a usar el humor antes de que las cosas dolieran del todo. Como si reírme primero fuera una manera de ablandar el golpe. Si convierto lo torpe en relato, deja de ser amenaza. Si me río de mí misma, el mundo pierde un poco de dureza.

Jack Lemmon, Shirley MacLaine y Billy Wilder comiendo durante el rodaje de la película "El apartamento", la que para muchos es la obra cumbre del cineasta. Foto: Getty Images.

Y así el humor se fue colando en todo, como si me existencia fuera parecida a un película de Billy Wilder. Hasta día de hoy que me rescata en los peores momentos, ¡qué tipo tan listo! Tantas veces me ha salvado y me sigue salvando:

Me salva cuando mi dislexia convierte las palabras en pequeños accidentes domésticos, sacando las risas de los que me rodean, pues mira, muy bien.

Me salva cuando me equivoco de autobús y, en vez de perder el día, descubro otra versión de mí que tampoco estaba tan mal pensada. He llegado a conocer sitios maravillosos.

Me salva cuando la vida se vuelve improvisación pura, sin guión ni ensayo, y aun así hay que seguir entrando en escena.

Me salva cuando comparto códigos diminutos con los míos: frases que no significan nada fuera, pero que dentro construyen universos infinitos.

Me salva cuando todo se oscurece un poco y aparece algo ridículo, un nombre mal dicho, un gesto absurdo, una asociación imposible, y ese mínimo desvío devuelve el aire.

Me salva cuando mi hijo me mira en mitad del caos y nos reímos sin saber por qué, como si la risa fuera un idioma anterior a todos los idiomas.

Me salva cuando hablo con absoluta seguridad… y descubro que estaba equivocada desde el principio. Y entonces la única salida digna es reírme, aceptar que la he cagado, once more time.

Me salva cuando saludo a una persona que no era esa persona. Pues mira, una es educada y saluda a desconocidos también, ¿por qué no?

Me salva cuando la tecnología me traiciona: audios enviados como dardos a quien no debo, autocorrectores punkis que dicen palabrotas, memes tan inoportunos como reírte el día de funeral o llorar en un bautizo de un sobrino, sin sentido alguno.

Me salva cuando tropiezo sin motivo, y además, le pido perdón al suelo y permiso para seguir mi camino. Con la dignidad justa.

Me salva cuando digo algo mal y, en vez de romperse, el sentido se vuelve compartido. Y de pronto el error me hace vulnerable y un poco más humana.

Me salva cuando el día está demasiado lleno y una tontería mínima abre una grieta por donde entra la luz.

Me salva cuando me miro exagerando todo en mi cabeza y el humor me baja la intensidad con una ternura casi cansada: “no es tan grave, todo pasa.

Me salva cuando comparto mis errores con los míos y dejan de ser fallos para convertirse en escenas repetibles, casi queridas.

Me salva cuando me he equivocado con alguien que quiero y soy capaz de pedirle perdón y de hacer una broma que acaba en abrazo.

Me salva cuando la vida no sale bien pero, aun así, se deja contar.

Pero también hay algo importante en todo esto: el humor no es inocente. No todo lo que hace reír es humor.

Hay una línea muy clara entre el humor que acompaña y el que hiere. Entre el que abre espacio y el que lo cierra. Cuando la risa se usa para señalar, para humillar, para dejar a alguien fuera, deja de ser refugio y se convierte en otra cosa más vieja, más dura.

El humor que salva no necesita víctimas. No se construye desde la superioridad. Se reconoce porque nos deja a todos un poco más cerca de la misma fragilidad.

Y supongo que por eso me he quedado con él, con este humor raro, con mis cosicas absurdas. Porque hay días en los que no arregla nada, pero evita que todo se caiga del todo. Y otros en los que hace algo más misterioso: no cambia lo que pasa, pero me cambia a mí dentro de ello.

Al final, uno no se salva del todo. Pero en ese acompañamiento, entre la risa que se escapa donde no debería y la ternura que aparece sin aviso, hay una forma profundamente honesta y luminosa de habitar este planeta.

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