El don de la ternura o cómo sobrevivir en un mundo que duele

El don de la ternura o cómo sobrevivir en un mundo que duele

Cuando llega la desgracia lo hace como una hostia con la mano abierta. El drama ajeno se te mete dentro y de pronto el dolor se filtra por las grietas en forma de algo inesperado: ternura. Jodida ternura.

A veces llega en forma de personas que sueltan lo que tienen en las manos para rescatar cuerpos de almas que no conocen todavía. O en forma de una organización impecable de recursos y fuerzas, sin tregua, sin fisuras. Ternura volcada en mantas, comida y abrazos. Y eso en un momento durísimo, salva.

Fotografía de Gerard Gibson.

La ternura es una trampa evolutiva. Nacemos tiernos por pura estrategia: huesos blandos, músculos fofos, piel de melocotón, el cerebro en beta. Somos croquetas humanas. Animales abiertos en canal a la buena voluntad de otros, sobre todo de esa figura mítica y agotada que responde al nombre de madre, padre o persona que no duerme desde hace seis meses. La ternura es supervivencia: “no me abandones”, “no me comas”, “no me tires a la basura”.

Lo mismo pasa con los cachorros, con los gatitos, con las plantas que brotan frágiles como una promesa que todavía no sabe que va a romperse. Y por eso, cuando estás hundida, un perro desconocido se te acerca y apoya la cabeza en tu rodilla como si entendiera perfectamente el peso del mundo. No lo entiende, o sí. Pero se queda. Y eso también salva.

Todo lo vivo empieza tierno porque empezar duro sería un suicidio. Somos proyectos vírgenes, contadores a cero, futuras decepciones envueltas en olor a bebé.

Pero claro, la vida pasa. Y la ternura, esa sustancia blanda, se va evaporando. Nos la quitamos a base de sarcasmo, de cinismo aprendido, de golpes contra paredes que no sabíamos que estaban ahí.

Unos se hacen adolescentes afilados como cuchillas para sobrevivir en un entorno hostil, otras, viejas cascarrabias que odian el mundo antes de que el mundo vuelva a odiarlas, otros, adultos que buscan su sitio a codazos, como si la felicidad fuese un taburete alto en un bar de barrio un domingo de derby. 

Y aun así, la ternura insiste. Aparece cuando alguien te cede el asiento justo el día que no puedes más. Cuando un amigo, que nunca abraza, te abraza mal, rígido, incómodo, pero te abraza. Cuando te partes de risa cuando no procede y durante cinco segundos la muerte pierde autoridad. La ternura también es eso: reírse donde no toca y seguir adelante con culpa, pero seguir.

Fotografía de Anita Stoica.

Y entonces, cuando todo parece perdido, cuando la realidad se pone tan negra que ni el humor negro funciona, la ternura vuelve, como una fuerza cósmica.

Como una ley universal tipo gravedad, pero que te abraza. Te recuerda que en la oscuridad siempre hay luz, aunque sea una bombilla fundida parpadeando; que la desesperación lleva esperanza de contrabando; que lo de arriba es abajo y lo de la tierra también está en el cielo, aunque nos cueste levantar el cuello.

La ternura como idioma secreto, como canto antiguo. Nacho Vegas lo sabe, claro que lo sabe. Porque la ternura también es política, es resistencia, es una señora mayor diciéndote “come, hija” cuando el mundo se ha derrumbado y tú no tienes hambre ni futuro.

Fotografía de Rachel Tylor.

Vivimos en una Matrix emocional, un videojuego espiritual mal diseñado y el planeta Tierra, probablemente el peor lugar posible para reencarnarse. Y yo me pregunto ¿Por qué no volver como nebulosa a la Vía Láctea? ¿Por qué no volver a sentir esto de estar vivos en el Kepler-186f? Pues no, mira. Aquí estamos. Porque somos unos inconscientes o porque nos va la marcha.

O porque alguien, en algún plano astral, pensó: “tranquilos, que os dejo la música, el amor, la belleza… y las patatas fritas”. Y el chocolate cuando ya no queda fe. Y los bebés rollizos que te reconcilian con la especie. Y los gatos que te miran como si fueras idiota, pero se quedan a dormir contigo igual. Y los perros que celebran tu existencia aunque tú no la celebres.

La ternura nos reconoce en el otro. Nos baja los brazos. Nos obliga a rendirnos ante la vida sin condiciones. Nos vuelve blandos en un mundo que premia lo duro. Nos ensancha el corazón como si fuera un universo en expansión y de repente te importa todo: la gente, el pasado, lo que aún no existe.

La ternura no niega la muerte ni el shock ni el dolor. Convive con ellos. Es un café compartido a las siete de la mañana cuando no has dormido. Es una mano que no suelta. Es seguir respirando cuando no sabes por qué.

La ternura te agarra de la mano y te dice: “vale, seguimos”.

Y seguimos. Un poco rotos, un poco más humanos, un poco mejores. Aunque sea solo hoy.

*Dedicado con todo mi amor al pueblo de Adamuz, a las personas que se han quedado en el camino y a las que tienen ahora mismo el el corazón roto.

«El síntoma más poderoso de amor es una ternura casi insuperable».

Victor Hugo

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